Decidido tomo el vaso servido en la mesa y vierto su contenido, el sabor del líquido blanco cristal, a través de mi garganta hasta el fondo, bien al fondo, mientras mi mente se va alejando en un letargo exquisito en el olvido.
Entonces dejo mi brazo caer y espero un momento, en plena calma dejo transcurrir los segundos hasta que el alcohol surja efecto.
Pero ella sigue allí, frente a mis ojos. Igual que ayer, igual que hoy. Junto a sus recuerdos al interior de mi memoria, sentada al lado de mi mesa en aquel bar de Santiago, ubicado en la calle San Antonio pasos a la Alameda, justo unos días después que la viera por última vez. Mi niña.
Jenny era su nombre, pero ahora ya está un poco más borroso su recuerdo. Su eterna sonrisa, desdibujada, en esa sensación de abandono.
Cuando una gota rodó por mi mejilla, salada, solitaria, a los pies de la mesera de turno, atenta, esperando alguna petición de último momento.
- La cuenta, señor- pide en tono suave, cediéndome la siguiente palabra, el turno de actuar.
- Aun no. Tráiganme otra cerveza y algo de comer, ese plato de 1700 pesos- Replico, mientras dirijo mi mirada a la calle sin prestarle mucha atención, perdido en las luces de los vehículos, en el frenesí de la ciudad en el apogeo de la noche de otro fin de semana, y de vuelta a sus ojos café claro, lindos, pero firmes y algo molestos.
- El cliente siempre tiene la razón- dice en tono irónico. Y se marcha a la otra mesa a atender a una pareja de novios.
Pero no recibe respuesta de mi parte, solo un silencio preciso, seco; amenizado por la música que sonaba de fondo tocando una canción porque si, por tocar algo, rebotando en el eco de los oídos indiferentes de la gente sin hogar, de los amigos hablando de faldas, o de aquel señor gordo absorto en el partido de fútbol.
Tomo mi vaso y brindo por su tristeza, por la mía también. Y de una bocanada floja suelto el humo del cigarro esparciéndose en el aire, en pequeños círculos ondulantes, tapando por unos instantes la panorámica de la calle en la puerta de acceso frente a mi mesa.
Observo una niña tomada de la mano de un viejo con barba, hablar unos segundos, indecisos a entrar al local. Ella, con un ramo de flores baratas, ofreciendo su negocio a quienes estaban comiendo placidamente, encogiendo sus hombros en signo de no tener un peso que dar, o agachando la mirada por el camino fácil de la indiferencia, llega a mi mesa y se sienta a mi lado, ya sin mucha esperanza por mi seño fruncido.
- Buenas noches, señor. Que le aproveche- me dice con las manos detrás de su espalda, humildemente.
Esperé a que continuara:
- ¿Cuantas flores puede comprarme?- me increpa directamente, a lo que suelto una risotada por su atrevimiento.
- ¿Que te hace suponer que te compraré una flor? – Le digo desafiante.
- Bueno, si tiene dinero para beber y emborracharse, de seguro que tiene algo de sobra para un lindo gesto como un regalo, una flor por ejemplo.
Me quedé callado. Aunque me molestó su arrogancia, era verdad que mi tono lucía bastante distorsionado por el licor. A lo que obvie el tema accediendo a su juego. En su astucia, logró llamar mi atención.
- Dime, ¿el dinero es para ti o para ese viejo parado allá afuera? No suelo auspiciar el negocio de maleantes que explotan a los niños.
A lo que la niña arguyó acercándose a mi oído:
- Es para mí, señor, pero él no sabe nada. Yo le enseñé las matemáticas. ¿Se imagina el trato que tenemos?
Entonces no pude evitar reírme más fuerte. Sorprendido por su locuacidad, digna de alguien que se cría en la calle. Parecía tan ingenua, tan frágil y en dos ocasiones me dejo casi sin palabras. Cuando la mesera volvió con mi cerveza, espumosa, fría, y un plato de comida humeante, recién hecho. Quise probar a la niña una vez más, intrigado por su capacidad.
- La verdad que no puedo comprarte la flor, lamentablemente, no tengo a quien regalársela- dije un tanto cómplice, esperando su respuesta, que no demoró mucho por cierto.
- Toda mujer gusta de una flor si se precia de ser un caballero, ¿no es así, señorita?
Sintiéndose muy coqueta con una sonrisa natural, la mesera deja la orden en la mesa y espera una respuesta mía, pero solo me dedico a observar a esa sorprendente niña. Pude comprender que la niña había captado la idea, lo cual era digno de elogio. Le hago un gesto para que se siente conmigo a comer, pero se muestra reticente señalándome la calle. La hora.
- No como con extraños, lo siento, señor- explica cortante, sin tomárselo como excusa, sino como una afirmación.
- Me llamo Ariel, ¿ves? Ahora ya conoces algo de mi persona.
Mi nombre es Lorena- Acotó, mientras disponía de la silla ubicada en mi mesa, lista a saborear el delicioso plato, no son antes enfriarlo soplando suavemente la cubierta, sin prestarme mucha atención.
- Lindo nombre...
Otro silencio. Me miró a los ojos, directamente, quizás encontró algo en mi.
- Dime Ariel, ¿por qué estas triste?
Me sonreí mirándome en el reflejo del cristal llevándome la palma de la mano por debajo del mentón, con el codo apoyado sobre la mesa, inclinado a ella, pensativo. Sorprendentemente, en unos cuantos segundos me vi comentándole mi vida, mi secreto.
- La verdad, es triste beber sin compañía, pero más triste es cuando no puedes olvidar esa compañía que tanto hace falta. ¿Comprendes? – Tomé un respiro y proseguí- Lo que sucede es que mi novia me dejó y ya no volverá jamás. De hecho, la última vez que la vi, estaba precisamente en esa silla que estas usando.
- Ya veo, pero nada esta perdido hasta que renuncias, Ariel. Aún puedes luchar.
- Ella esta muerta... se suicidó- Y tomo un trago largo, bien largo de cerveza. Y me quedo esperando alguna respuesta, pero solo obtengo un silencio y un gesto típico de comprensión. Cambio el tema de súbito- Prométeme que esto que te daré le darás un buen uso, es un regalo que nunca pude entregarle. Creo que tu te lo mereces. ¿Es un trato?
- ¡Claro! Siempre cumplo mis promesas.
Dicho esto deposito un collar con una cruz en su bolsillo y 200 pesos en su mano. Fuertemente apretados a su palma, en signo de mi sentimiento, fuerte, algo emocionado. Y la dejó ir.
- Es un gusto saber que aún hay personas como tú. Cuídate.
Y se marcha rauda a la calle con una sonrisa de oreja a oreja. Luego de que dejara su plato a medio comer, comprendí entonces que su idea era entablar conversación conmigo. Un lindo gesto de desinterés.
Observo a la niña al otro lado de la calle conversar algo con el viejo, y de pronto se pierde tras la figura de un autobús estorbando mi perspectiva. Me paro en el acto de mi asiento y dejo unos billetes en el mesón, a manera de paga. Camino decidido a conversar con el mendigo sentado en las escaleras del teatro frente al local. Sostenía un vaso de metal, haciendo sonar unas monedas. Le pregunto:
- Buenas noches, señor. ¿Es Ud. padre de la niña con la que acaba de hablar?- Un tanto inquieto, luzco.
- ¡Lorena! ¡Esa niña! Ya quisiera que fuera mi hija. Pero no, siempre ronda estos lugares, la verdad nadie sabe de donde es, desaparece como si nada. Me gustaría poder ver su rostro angelical, pero no puedo: yo soy ciego.
Me quedé mudo. Sin poder articular una sola palabra. Cuando miro al interior de su vaso la cantidad de 200 pesos, los mismos que le acaba de pasar a la niña del bar. De lo poco que le había pasado, todo lo regaló.
- Ella, Lorena, me dijo que le enseñó las matemáticas, ¿no es así?
- Es verdad, señor. Ella misma me enseñó hace mucho tiempo.
- ¿Sabe? Tengo una duda: ¿Cuánto es 1 +1? – A lo que el viejo hizo un silencio breve, y contestó.
- La única respuesta es 1, desde luego. Los pobres nunca lo olvidamos.
- Que extraño, lo había olvidado. Gracias, señor.
Y entonces me pierdo en otra esquina. Solo, pero acompañado a la vez. Por tu recuerdo.
Jenny. Mi niña.
27 de Noviembre de 1999, Santiago de Chile.
En tu memoria este relato.
Sugerencias o consultas.
maestrodelasmarionetas22@hotmail.com
|