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Inicio / Cuenteros Locales / maestrodelasmarionetas / El orgullo, la ignorancia y un voto

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Muchas veces cuando empiezan las elecciones en el país, traen los nuevos vientos de cambios y prosperidad para todos. Llenos de pancartas y publicidad rayan las paredes del barrio para que se sienta su apoyo a la ciudadanía, llamando a la conciencia y a la necesidad de expresarse en una sola voz.
El pueblo para el pueblo, según dicen las voces ausentes durante cuatro años al menos en terreno, en estos días reaparecen para llamarnos como parte de un sistema que surge, que se moderniza con el transcurrir de los años; un sistema con un enfoque más humano, más personal para obtener el preciado voto.
Nuestro voto. El de todos nosotros que participamos, querámoslo o no, para el bienestar colectivo en pos del común. En ese mar de opiniones, de debates, donde se ven ahogadas las minorías o el bien propio, la esencia de un individuo como persona a acatar lo que dicta la mayoría de una manera mas bien necesaria, sin embargo.
El mal menor, quizás.
Entonces la gente comienza a salir de sus casas dejando de lado las tareas cotidianas para atender a sus obligaciones y cumplir con el deber nacional. Se siente en el ambiente cierta expectación por lo que vendrá, una sensación extraña de alegría vieja, de ilusiones postergadas. Un sabor agridulce masticando las palabras añejas de estos tipos de corbata y terno, con calzados sucios, llenos de ese mismo polvo situadas en calles donde vivo, las cuales prometieron alguna vez pavimentar. Cuando el sol se esconde y la sombra de un centenar de personas aparece por los pasillos, con pancartas y cánticos aclamando al nuevo candidato.
Desde una esquina lo observo acercarse a mí, junto a mi familia, con el semblante desformado por esa sonrisa de triunfador, luego se aleja para establecerse en la pequeña plaza del barrio, sitio perfecto para su eje como centro de atención.
Los rincones se agolpan de gente parsimoniosa, mientras suena la voz del hombre de corbata, henchido de santo gozo justiciero, parado frente al pulpito llamando a la masa a unirse al baile, con cánticos y fuerza. Habla del futuro como un hecho concreto, más real que estar pateando piedras o juntando monedas en las salidas del metro. Un futuro prominente donde todos, tu y yo, somos indispensables para inclinar la balanza entre el “bien” y el “mal”, como ellos quieren hacerlo sentir.
Niños jugando a los alrededores con sus madres a su cuidado, jóvenes tomados de la mano o ancianos observan a este viejo conocido que esta parado en el escenario. Enérgico, mueve los brazos y las manos, golpeando de vez en cuando la mesa. Clama al derecho de expresión, llama a la gente a depositar su confianza en un futuro que esta por venir.
Cuando besa a algún niño entre sus brazos o saluda a las dueñas de casa quienes le prometen la típica cazuela para amenizar la aburrida tarde de ciertos pobladores, su mirada trasluce una intención poco confiable. El flash de las cámaras fotográficas aparece desde todos lados y una multitud que clama con sus palmas al candidato. Luce fuerte, soberbio, con una mirada penetrante, da seguridad a quienes estamos, supuestamente, desprovistos de ayuda o recursos para surgir y ser alguien en la vida. Segregados del sistema por nuestras convicciones o por sus eventuales ataques, descalificaciones unos contra otros, de izquierda a derecha, tironeándonos como individuos “no pensantes”, terminan por destrozar algo más que nuestra fe en ellos.
En las masas siempre es el mismo efecto: sigue el ejemplo de quien esta más cerca y si bien este ríe o vitorea al hombre de corbata, el de más allá también lo hará. Sabe perfectamente manejar a la multitud y ya los tiene en su bolsillo, aunque en muchos casos sólo obtiene el rebote de quien cree entender su eterno cantinfleo, de esos pintorescos personajes que hablan mucho y no dicen nada.
Entonces el hombre de corbata pone sus brazos en alto, a manera de victoria. Y la energía las transmite a los demás con un discurso electrizante y una retórica digna de sus estudios, ahora el ambiente es de euforia, mientras se anuncian con más fuerza los vientos de cambios y promesas. Un grupo de jóvenes sale para dar su apoyo como testimonio de lo que habla el hombre de corbata, mientras las palmas se agitan al ritmo de una pegajosa canción.
En esta ocasión, los jóvenes, un grupo no superior a las 20 personas, se dirigen a los distinto puntos para dar su testimonio, las propuestas en sí del mentado candidato. De hecho, se anticipa a la maniobra y promete estar presente en los días venideros.
Ya todo es alegría, aparentemente.
Como momento culmine llegan los camiones con la mercadería, bebestibles, lácteos para los presentes, como una pequeña muestra de lo que esta por venir. Y un pequeño folleto al interior de la caja, dice: “A manera de gratitud. Una pequeña ayuda para su gran voto. Atte. El hombre de corbata.”
Familias enteras se sienten felices pues tendrán algo más que pan duro para echarle a la boca, taparla con comida para no alzar la voz a la bofetada que le acaban de propinar. El insulto de rebajar su conciencia al mismo nivel de unos cuantos productos, de un pollo asado, una bebida o un simple dulce. Tragándose con ello lo poco de dignidad que les quedaba en sus vidas, se entregan a sus apetitos carnales en desmedro del intelectual, del social, o como diablos quieran llamarle los historiadores pasado los años.
La verdad, es deprimente el espectáculo. Si bien existen los mentirosos, es porque los ingenuos se lo permiten. Y hasta se acostumbraron a coexistir en paz con cierto sosiego resignado.
Miro los ojos grandes de mi pequeña hermana, con esa felicidad bendita de los niños, muy lejos de mis palabras aburridas, de mi vano discurso, comer con ansias el pedacito de pollo asado que le toca y me ofrece un poco. Le acaricio la cabecita y le recomiendo aprovechar la ocasión, porque sea dicho, tendrán que pasar otros cuatro años para que vuelva a darse la ocasión de este regalo.
Hasta entonces, procurare comer de mi propia mano, claro está.


Texto agregado el 14-03-2005, y leído por 25 visitantes. (0 votos)


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