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Inicio / Cuenteros Locales / Katya / Ahora quién tendrá la culpa-Memoria a dos voces

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- Me voy a morir- me dijo.
- Yo me estoy quedando ciega, que es igual a morir.
- ¿Quieres de verdad que hagamos esto?
- Hagámoslo.


Querida Julia:
A las seis de la tarde, el sábado, la ciudad se viste de milagros. En la avenida Aviación, pareciera que los vehículos tuvieran alas. Los verdes y rojos de los buses desfilan maduros como manzanas caídas. Los chinos lanzan al aire sus serpentinos fideos de arroz y aprendices de comensales se apiñan en la puerta de los chifas para ver las acrobacias de la harina, olfatear las ollas humeantes y creer, por un instante de instantes, que les alcanzan las monedas, que cuentan y recuentan, de envalentonados a entristecidos. Luego agachan la cabeza, empujan primero a los hijos y ellos los siguen, arrastrando los pies. Detrás de ellos, más chinos gesticulan y sus niños se ríen con las bocas anchas, los pelos parados, los polos con figuras que nadie entiende. Los mendigos, estatuas de sal durante horas, sacuden sus manos salpicadas de pimienta, se levantan y se arreglan las ropas de loco. Caminan unos pasos, recobran la dignidad del día festivo y se pierden entre los cuadrados del cemento. En los jardines de las bermas los niños de la calle forman montículos de risas, se muestran unos a otros las monedas, llegaron a la cantidad exigida por semana y vuelven a ser niños otra vez. Al frente siempre está la cruz. No importa dónde me pare, sé que al frente del cerro con la gran cruz, está mi casa. Sé también que cuando ya no la vea, las cataratas habrán culminado su invasión. ¿No te parece demasiado nombre para tanta maldad? En un ratito encenderán la cruz, el patíbulo con neón. Y yo estoy a esta hora, esperando que el sol se despida en mi ventana y se me haga el milagro de un instante sin sombras.


Querida Ana:
Hoy el muelle estuvo lleno de gente. Nunca había visto a tanta gente vestida de blanco, en vez de un muelle parecía un campo de golf. El griterío se escuchaba hasta el cuarto y Juan me sacó a empujones de la cama (bueno, estoy exagerando). Abrió las cortinas, sacó la mano y dijo: - Mira, allí están las gaviotas que andabas buscando. Arrastró el atril hacia mí, limpió los pinceles, dispuso el lienzo. - Ni siquiera necesitas música para inspirarte. Te juro que saludé su sarcasmo. Tenía razón. La imagen del cuadro perfecto. No necesitaba gaviotas en el muelle, eran las personas las que alzaban vuelo. Sabría dios por qué estaban tan contentas, o por qué estaban allí, pero se agitaban como si les pesara su cuerpo en tierra, saludaban, se abrazaban y de seguro no partían ni venían todas de la misma fiesta. La cosa es que yo las necesitaba. Pinté, por supuesto que pinté. Primero lento, cuidando los trazos, después, arremetí a pincelazos, brochazos casi, pero algo hice, sí, supongo que muy intenso, que Juan sonrió como no lo hacía desde hacía meses, se me acercó, intentó abrazarme y recordó. Creí que podría hacerlo, pero no. Fue a la cocina, llenó un vaso con agua y dejó la pastilla en la mesa. Me entró una rabia... Dejé que se fuera en camino directo hacia la puerta. Maldita pastilla (o algo así dije). Me la pasé, muy obedientemente como si hubiera tenido a Juan de testigo, empujándola a través de mi garganta, pero el agua... Cómo te cuento que lancé el vaso contra la pintura, y los colores se hicieron uno solo, sin predominio del marrón del muelle ni del blanco de los hombres-gaviota. Buen efecto qué conseguí eh, y ya ves que sin querer... Bueno pues, ya lo sabes entonces, así como tú escribes para recordar los colores, yo pinto para ponerle colores a las palabras.

Querida Julia:
Es verdad, qué complicadas somos las mujeres. Un ex novio me dijo que deberíamos venir con manual de instrucciones. Yo no creo ser muy difícil, pero tampoco soy simple. Es que no me gustan las medias tintas y suelo ser una extremista de mierda. No te asustes tampoco, ah. Que perro que ladra, mientras ladra, no muerde. Al menos eso es cierto. Será quizás que he sido catequista y cuando me dijeron que dios escupe a los tibios de su boca, me entró un miedo, que hasta ahora me tiene impresionada aunque no crea más en dios (Marco dice que dios se escribe con mayúscula, pero no es nombre propio, sino de mucha gente). Todo es blanco, o todo es negro. De las gamas de colores, de eso escribo. No se puede extrañar lo que nunca se ha tenido, pero yo, que siempre he tenido a los colores, cómo no anticiparme a la nostalgia. Eso es lo único que me molesta realmente de esto. Pero nada, no quiero profundizar en el tema, que de ahí me pongo pesada y quién me aguanta. Te lo dije antes no, ando sola por ahora. Aunque a veces viene Marco y pasan cosas, tú sabes, y se puede quedar horas besándome el antebrazo, y yo... ensimismada con el celeste del techo, que ambos pintamos cuando me mudé, queriendo conservar ese pedacito de cielo, el único que me pertenece, para siempre en mi memoria. Ahora duerme a mi lado, y procuro no tipear tan fuerte, no hace ruido alguno... Eso adoro de él, su capacidad innata para saber – aún dormido - que debe mantenerse en silencio, una maravillosa cualidad que debería contagiarse por ósmosis a ciertas mujeres creo yo. En su mesa de noche están nuestros vasos de vino, me he dispuesto a tomar el último sorbo, pero no queda más que una gota morada exangüe al fondo, inamovible, una pupila de tinto y cómo duele saber que existe. La circundan unos puntitos morados que se hacen cada vez más inexpresivos. Así quedarán mis ojos –pienso-, vacíos de certezas. Marco estira los brazos, vuelvo en un rato mujer.


Querida Ana:
Ha llamado mi madre y qué miedo me ha dado. Quiere mudarse unas semanas conmigo para cuidarme. Le he dicho que no tiene que venir, que está Juan, que me cuida de buena gana y sin reclamos en voz alta. – Juan – ha ladrado ella. - Qué tiene ese tipo de especial, yo te he parido. Le colgué. Qué manera de cobrárselo todo desde la placenta. Pero digo, si quiere venir, que venga, que no lo anuncie tanto o es que no tiene ganas de hacerlo. Juan sabe que será avisada cuando llegue el momento, sólo tiene que esperar, como todos nosotros. La muerte no llegará de día. Estoy segura. Vendrá con la luna en cualquiera de sus manifestaciones, me explico, habrá luz de luna colándose por la ventana y la veremos Juan y yo. Él me ha pedido que le pinte ese momento. Lleva ya diez horas en el café, el más caro de toda la bahía. - Eso es bueno para las propinas, pero malo para la salud- le contesté cuando nos dijo, en su uniforme de mozo o buen mozo en este caso, en esa mesa para ocho, hace dos años, que le disculpáramos la vaciada de café sobre el ciabatta, agachándose con su cerquillo infantil cubriéndole la cara, llevaba de nueve a nueve sirviendo el mismo café pasado, la tortilla española, las tapas de prosciutto y pasas. Daba igual. Eso malogró el cumpleaños de Mónica y con su histeria tan venida a más y rayana en colectiva, cualquier cosa podía echárselo a perder. La disculpé a la salida, en realidad, cuando me pasó su número de teléfono en la servilleta, rozándome la mano que devolvía finalmente el cuchillo al plato. Me da risa recordar, lo llamé al día siguiente, curiosa, ávida de escucharlo de nuevo decir que lo sentía, pero hubo, más bien, una invitación a cenar al café más barato de la playa. Esa noche le dio duro a Sting en la rocola, every move she made. Me hice su chica en un par de semanas, supongo que por su manera tan suya de darle personalidad a las cosas y su capacidad para sacarle espuma al capuchino. A lo que iba... Llamó mi madre, y no me da la gana de escucharla decir que soy una caprichosa, aunque hubo una época, en esos años de la infancia, en que gritaba su nombre por toda la casa y me quedaba en silencio cuando me contestaba. Siguiendo mi voz, me atrapó una vez llegando al tercer piso y debí confesarle que estaba practicando para cuando no la pudiera oír más.

Querida Julia:
Marco me ha dado una sorpresa. Ha traído a su abuelo en su reliquia de Volkswagen. El abuelo quiso bajarse solo del auto, sosteniendo a la vez el sombrero y el bastón. Es un amor este hombre que para Marco lo es todo desde que murieron sus padres en el accidente. Se ha bajado, dando pasitos, todos muy seguros, robándole valiosos minutos a los choferes que hacen fila detrás del escarabajo y que por alguna extraña razón, no tocan el claxon. Uno, dos, avanza hasta la puerta de mi casa, tres, cuatro, sin detenerse. Marco lo mira subyugado, tanto como yo, dejándolo venir. Sí, es sabia la naturaleza, más que el reloj. El abuelo llega a la puerta y me da un abrazo. – Hola guapa – me dice - siempre tan bella... y esos ojazos encantadores. Así se burla de mí. Sabe bien que me estoy quedando ciega, que voy a entrar a su mundo por la puerta grande, aunque no por diabetes, como él. – Igualmente – le respondo, está muy guapo hoy, le quedan muy bien esos lentes de poto de botella. Sonreímos y me permite tomarlo del brazo. Es verdad, somos iguales. Marco vuelve al auto, dice que se olvidó la botella de vino del abuelo. Sé que nos da la espalda para que no lo veamos llorar, nosotros, los que nos estamos quedando ciegos, podemos reconocer las lágrimas a metros de distancia, pero no porque las distingamos, sino porque las olemos. La cháchara con el abuelo ha sido espléndida. Ha saludado todo el tiempo la comida que encargamos por teléfono, se ha bebido el vino insaciablemente, nos ha dado palmotazos, pero qué digo, si en realidad él tiene treinta años, y está de nuevo cultivando sus chacras, recién llegado de Pinzolo y los cholos lo quieren, porque es como ellos, toca la tierra con sus manazas y la huele cuando la rompe con la pala y recuerda los viñedos que abandonó en la huida, cuando el padre le dio su parte de la herencia y le dijo vete lejos, al sur, donde parlen spagnol y no haya fascistas ni comunistas, ni Mussolinis colgados de los huevos. Quiero sacarle todas las historias a Guillermo o Guglielmo, transformarlas en cuentos, cultivarlas, para que recupere su pasado y no tenga recuerdos irreconciliables. Felizmente aprendí a tiempo a tipear sin mirar las teclas, te confieso que uso toda la mano izquierda, pero de la derecha solo el índice, su huella ya está gastada, supongo que es un error de aprendizaje, pero me gusta tocarme ahí donde mi dedo raspa y tocarle a Marco la cara, solo con ese dedo, quizás porque es la única parte de mi cuerpo que sabe hacer su trabajo a la perfección. El abuelo se ha ido – no te preocupes – me dijo al partir – los ojos claros ven mejor en la oscuridad. He tenido todas las ganas de darle la mano, o más bien ese dedo envuelto en celofán, en vez del hasta luego que le di.

Querida Ana:
Te contaré un secreto. Hoy quemé todos mis álbumes de fotos, decidí que no los necesito. Primero comenzaron a quemarse los abrazos, luego las puestas de sol y las vacaciones y finalmente, todas las sonrisas se fueron poniendo negras. Juan se ha burlado de las feroces caries que les iban saliendo a todos. Según esas fotos que mamá ordenó y que Antonio recortó tan convenientemente, estamos felices los cuatro, papá, mamá, Antonio y yo, con las excepciones de aquellas fotos luego de que la cometa se perdiera o en los entierros o en los nacimientos o en la casa cuando ya nos quedaba pequeña. Corrimos un buen rato tras las cenizas, atrapando algunas al vuelo, deshaciéndose ellas al instante. Sólo quedábamos Juan y yo y la playa. Le busqué los pies en la arena húmeda y se los besé. Él me quitó el pañuelo y me besó en la cabeza, me dijo que me quedaba mejor así, que se veían los pelitos crecer con fuerza, sobre todo en la nuca. Jugó con mi calva, le dije que le iba a adivinar el futuro si seguía tocándome la cabeza en redondo. Me dio un beso, muy suave, pero suficiente para que sintiera su olor a beso. Me pidió que no dijera nada. No había futuro que adivinar. Nos capturó el silencio. - ¿Qué harás ahora con tus recuerdos? Me preguntó de pasada una gaviota. - Nada, ya repartimos mis cenizas en tu mar.

Querida Julia:
Te estoy escribiendo con los ojos vendados. Estoy practicando y lo mejor de todo es que es recomendación del oculista. Claro que si Marco me viera ahorita, se me muere aquí el pobre. Voy a releer esto y estoy segura de que habrá algunas partes mal escritas, errores de sintaxis por supuesto y no de ortografía, así que sin venda o con ella, será mi culpa. Qué tentación de quitarme esta tela recetada, es negra, sabes, tiene que serlo para anular todos los colores. Es raro. Es raro no ver nada y sólo sentir. Las teclas están frías. Y qué larga que es la mesa. No saqué el florero, debo manejarme con cuidado para no botarlo. El vaso de vino está a mi derecha y el de agua a la izquierda, sobre sus respectivos posavasos. Brindo doble: por mi primer experimento de ceguera y porque puedo hacerlo sola. Tengo que recordar qué he puesto a la derecha y qué a la izquierda. Son vasos, me digo, no importa su contenido. Todo se mezcla en la panza, aseguraba mi madre. Es tarde ya. Tengo mucho sueño, pero quería escribirte que te dedico mi primer intento de confiar en las sombras. Te iba a pedir que me mandaras una foto por esta vía, pero las has quemado todas. No importa, podré siempre imaginarte. En tu nombre escojo los colores secundarios y brindando a tu salud, me despido por hoy.

Querida Ana: Cuando pinto me libero de todas las vendas. Aunque he intentado pintar con los ojos cerrados y el corazón abierto…
¿Te conté que tenemos gatos? Milo y Venus aprovechan la ausencia de Juan para venir a estorbar, moviendo sus colas pinceladas, rozándome, anunciándose desde allí, mimosos y desenfrenados. Me observan sin adormilarse, Milo sigue a Venus. Saltan por sobre los pomos, el sofá rojo, ronronean a mis pies, frotándose a dos cuerpos. Me muestran las panzas de cojín, así son estos gatos castrados al amor, confiados en exceso. Estoy tentada a lanzarlos de cabeza por la ventana. – Ea – me diría el verdulero de abajo, ya desaté el toldo, suelte esos bichos de una vez, que nadie mira. No puedo hacerlo. Huelen intensamente a Juan y llevan el negro de sus cabellos sobre sus lomos. Pero no es por eso que no puedo hacerlo. Quiero que huelan a mí cuando Juan se quede solo en casa. No entiendo, de verdad que no consigo descifrar cómo hace el gato para dibujar el símbolo del infinito cuando deambula entre mis pantorrillas.

Texto agregado el 14-03-2005, y leído por 139 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2005-11-09 19:57:06 Me ha gustado muchisismo. Un excelnete desarrollo de ambas protagonistas. Un trabajo muy pulcro. blitzkrieg
2005-03-14 21:27:06 Espero. orlandoteran< /a>
2005-03-14 15:18:04 escribes muy bien haces magia con las letras... agradable lectura y excelente bio...... placebo
2005-03-14 13:55:31 Me gustó muchísimo, espero la continuación. Magda gmmagdalena
 
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