FRÍO por Thelma
Frío, tengo frío, una helada sacudida eléctrica recorre mi espinazo. Me acurruco una vez más bajo las sábanas buscando una posición fetal. Asomo la nariz por encima del edredón, está empezando a amanecer y los primeros rayos de luz se cuelan por la ventana de mi habitación. La escarcha de la madrugada me observa desde el otro lado del cristal, su visión me produce una nueva sacudida de hielo que me obliga a cambiar de postura; los dedos de mis pies se lamentan entumecidos, esta vez los calcetines de lana no me han ayudado a entrar en calor.
Estiro la mano derecha y cojo el despertador, entre guiños luminosos puedo leer que marca las 06:55, aún falta más de media hora para que se active la alarma y el boletín informativo de la radio me recuerde que tengo que levantarme. No hará falta, sin pensarlo, salto de la cama y me planto rígido frente al espejo, el mordisco de las baldosas me recuerda que estoy descalzo así que me encamino hacia el armario en busca de unas zapatillas. Abro la primer hoja, en su interior varias perchas vacías tintinean su soledad.
Esperanza se marchó hace una semana, se llevó toda su ropa, nuestro juego de maletas Samsonite... y mi calor.
Giro sobre mis pasos y vuelvo a la cama, las sábanas me reciben con un abrazo helado, me envuelvo con ellas y noto una efímera sensación de confort.
Creo que hoy no voy a ir a trabajar, les diré que he cogido frío.
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