Alguien me regaló una cajita. Una cajita de cerillas que brillaba por su ausencia. Una cajita vacía. O al menos eso me dijo cuando me la dio...
La misma tarde en que me la regaló la guardé en El Cajón. El Cajón es donde guardo, bien al fondo, todas esas cosas que no tienen sentido “ni valor”. Allí se conservan una cuña de madera roída y medio pintada de rojo, una pequeña bola naranja, un imperdible, una figurita con forma de gnomo, una pegatina que ya no pega,... Relegué la cajita con todos estos absurdos. Y, como pasó con el resto, me olvidé de ella: era una de tantas cosas inútiles que tanto molestan a mi padre. Lo cierto es que no suelo abrir El Cajón, tan sólo cuando no encuentro mi corazón (la primera vez que lo perdí tardé días en dar con él. Ahora ha tomado por costumbre refugiarse allí...). Y así encontré de nuevo mi olvidada cajita de cerillas.
La cogí intentando recordar quién y por qué me la regaló... ¿Quién? Creo que ese es un dato irrelevante, tan sólo un amante de la locura que quería deshacerse de la caja, o que pensó que, por algún motivo que desconozco, era lo más precioso que podía regalarme en un día cualquiera. ¿Por qué? Bueno, más bien, ¿por qué no? Al fin y al cabo, las cerillas son muy útiles, sobre todo ahora que fumo... A demás, él siempre supo que adoro el aroma que impregna el aire cuando el fósforo se apaga. Lo curioso es que me la había regalado vacía... Aunque, la verdad, nunca, hasta ayer, me paré a comprobarlo...
La observé con atención. No era nada del otro mundo (¿qué esperaba de una vieja caja de cerillas?). El raspador estaba casi nuevo. Deslicé mi dedo por el interior con la certeza de no hallar nada. La sorpresa fue mayúscula al encontrarlo todo. Su nombre estaba escrito con letra temblorosa en el fondo de mi cajita. Su nombre y todo lo que implicaba: miles de recuerdos de juegos imposibles, de carcajadas de auténtica felicidad, de secretos inconfesables, de sueños infantiles, de aventuras imaginarias, de promesas de apoyo incondicional,... Incluso la canción que me escribió formaba parte de su nombre... Ayer me di cuenta de lo mucho que le echaba de menos, de cuánto le necesitaba a mi lado, de lo mucho que recuerdo en sueños esos actos de complicidad extrema y enfermiza.
Entonces lo tuve claro: mi cajita de cerillas no brillaba por su ausencia, sino por los millones de estrellas que guardaba en su interior y las cerillas que un día iluminaron la mayor de las amistades.
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