De súbito me doy vuelta al sentir aquella presencia en pos de mis pasos.
Nada.
Aparentemente, la idea de ser observado en una sociedad tan celosa de su propio “metro cuadrado” es anacrónica a mi estado de alerta casi rayando en la paranoia. Seguido desde que pongo un pie fuera de mi territorio, a saber mi dulce hogar, soy víctima de la esta absurda idea. Camino tranquilamente por el centro de mi ciudad y me mezclo entre el gentío como un individuo más conformando el complejo acto rutinario de otro día de vida social, sin embargo.
Perpetrado entre las sombras el ojo electrónico me vigila. Atento a cada movimiento de manera milimétrica, acusa mi presencia y arroja la información a una base de datos, la cual demanda mi búsqueda inmediata entre los anales posibles de mi registro.
Un simple individuo más. Yo.
Invisible. Porto el cartel de “sujeto llamativo”. Sospechoso de conducta inusual. Bajo perfil. Gorro con visera a media altura. Camisa de media manga, color blanco. Pantalón ajustado de mezclilla. Lentes oscuros. Y mi cigarro, mi infaltable cigarro.
Me aparezco tras el humo del tabaco observando los transeúntes pasar a mi lado. Quizás mi vestimenta le grita a su conciencia que soy algo tangible para ellos, pero no represento mayor amenaza mientras mantenga la distancia precisa de sus recelos. Bajan la mirada absortos en sus propios problemas, mientras sigo esquivándolos me dirijo hasta la placilla a refugiarme del inclemente calor, adyacente a sus inmediaciones, encuentro el bar del cual disfrutamos mis amigos y yo, mientras podamos.
Compartimos unos tragos cortos, muy amenamente. Sé que el ojo electrónico no ha dejado de seguirme, pero la idea se va diluyendo en mi mente cada vez que bebo con ansias el líquido depositado en mi agobiada conciencia. Ese exquisito sabor que pone fin a mi estúpida persecución. Sé perfectamente que me están observando y hasta ya tienen los detalles de mi conducta, por lo cual saben que en aproximadamente 10 minutos desalojaré raudo a la calle. Y me perderé en otra esquina más.
A mi espalda vienen dos tipos de negro siguiéndome a todos lados. Pero mi manera de andar no representa ni una intención oculta. De hecho me detengo por unos breves instantes a ver los matutinos en el kiosco de la esquina. Pido un ejemplar sin alzar mucho la voz y pasar desapercibido ante los curiosos que no despegan la mirada de mi persona, impaciente le dejo el vuelto al dependiente y me largo lo más rápido posible.
Misión cumplida.
Miro atrás, a mi espalda y vislumbro la silueta de mis merodeadores confundiéndose con la gente. Pienso. Si corro, ellos también correrán para cercarme en cualquier callejón sin salida. Así que flirteo en un pasillo y doblo en otra esquina a manera de atajo improvisado en dirección a mi casa.
Ya casi llego, solo unos pasos más.
Si, ahí está mi hogar, mi dulce hogar.
Pero los dos sujetos siguen pegados como la sombra de mi paranoia. Y sus pasos, como los míos, ya se vuelven frenéticos en mi busca. Ya no sirve aparentar que soy un simple ciudadano más. Ya me tienen acorralado. Y corro. Corro por mi vida. Sin embargo, me detiene el enorme candado interpuesto en la reja, entre mi bienestar y esos tipos que ya están demasiado cerca mío. Ya no hay a donde correr. Demasiado tarde...
Me veo terriblemente acorralado y uno de ellos saca un pseudo aparato color negro mostrándome el ojo electrónico. Me apunta directo a los ojos y hasta refleja el pánico perpetrado en mi cara. Ni siquiera me pide la típica sonrisa y a quemarropa dispara emitiendo esos destellos cegadores, pero por más que me tapo soy mortalmente herido en mi intimidad. El flash del ojo electrónico, de la cámara fotográfica me captura, mi imagen despavorida, fuera de mis cabales lanzando golpes ciegos a la nada en contra de los tipos de negro, mientras el candado ya casi cede ante mi arremetida.
¡Por fin!
Ya estoy adentro de mi hogar. ¡A salvo!
Me llevo una mano al pecho, visiblemente agitado. Debo prepararme un trago, pienso. Claro, en la despensa hay wisky de la mejor cepa. Ah, que vida esta, ¿no? Ya más relajado dispongo de mi sillón favorito, sus suaves fibras acariciando, absorbiendo mis preocupaciones ya fijas en el diario que he comprado con gran maestría sorteando los obstáculos.
¡Soy feliz!
Echo un vistazo a la sección de espectáculos. Medito un rato. Claro, ahí esta lady Di. Bella, elegante como siempre Y pensar que su foto luce tan quieta, demasiado quieta diría yo. Ahora la puedo ver en paz, esa paz que yo aún no conozco. Muerta.
Dicen que la gente llora por ella, pero es la misma que compra aquellas revistas inflando el marketing de manera insospechada para la plebe. Perdería mi tiempo en tratar de explicarlo, pero es así el morbo de la gente por averiguar la vida privada de los demás. Ya no hay donde escapar y hasta lo más rutinario es una epopeya digna de una película.
Extraño mundo, ¿no?
En realidad mi nombre no importa. Ya se imaginan quien les habla. Esperen un momento más, mañana cuando compren el diario, con seguridad me verán.
Hasta entonces, quizás a Ud. ya lo están apuntando. No, no sé de vuelta. Será demasiado tarde.
Clic.
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