Cuando me dieron mi primer beso en la boca,
me dieron antes tres en el cachete derecho.
El tenía doce, yo ocho.
O sea, hace veinte años.
Pero lo recuerdo como si fuera hoy.
Tanto temblaron mis piernas en ese amar precoz.
Cuando había acabado el tercer beso,
cómo esperaba el cuarto,
no crean que haciendo piquito
como polluelo que espera al gusanito,
no, nada de eso.
Lo esperé con la boca abierta,
porque la suya olía a beso.
Era un aroma turbador,
potente, embriagante,
o sea, mi primera borrachera,
también precoz, fue por
sangría de feromonas.
Cuando llegó a la boca,
me tomó la cabeza
y la movió
de derecha a izquierda,
y luego me dio su lengua,
allí, allí fue exactamente
cuando me comenzaron
a temblar las piernas.
Como sentí que me iba a caer
(estaba en puntillas)
me separé un poquito
para tomar aire y mirarlo
de cerca sin bizquear.
Estábamos en el segundo piso
del club italiano,
cerca del busto del Dante sangrante
que nadie quería,
y un partido de básket
entre equipos con los mismos shorts.
Mi beso en la boca y hubo canasta,
encestaron, encestaron, gritaron todos
(felizmente no por nosotros).
Franco me abrazó,
me dijo mi niña,
(por Dios que era una criatura),
yo quería hablarle pero no podía,
tenía anestesia en la lengua,
y una mariposa desatada en la panza
(que quería salirse, pero no sabía cómo).
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