Lágrimas...
Como era su extraña costumbre, desde en el interior del armario, Hans permanecía absorto frente al reloj, como ambas manecillas giraban lentamente por cada grito provenir de la otra habitación. A través del espacio de la rendija, contemplaba aquellas sombras moverse con vehemencia, semejantes a un baile siniestro, sentía como las piernas se le recogían acurrucándose más todavía en un rincón víctima del miedo más intenso. Aún cuando se sentía a gusto en aquella inmediación al ver tales escenas.
Ya sabía que la puerta rechinaría. Y acto seguido vería la figura de su madre tendida en el suelo impotente frente a su padre, quien poseído en una espiral de ira rompía todas las figuritas de aquella mujer, sostenidas en las repisas de la tienda, sosteniendo un enorme libro negro el cual siempre llevaba consigo. Hasta que poco a poco se calmaba, tomaba una que otra figura en buen estado y salía a venderlas, mientras la mujer volvía a rehacer su trabajo sin derramar una sola lágrima.
Entonces el niño aprovechaba, mientras su madre tarareaba esa linda canción de cuna, espiarla y consolarla con el pensamiento. De abrazarla a la distancia, producto de su gran introversión. Solo miraba el gesto afable de aquella mujer, incansable en su afán hasta que el sol se acostaba en el horizonte y el dueño de la tienda, su padre, volvía del trabajo.
Hans se encerraba a sí mismo por inercia, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar oscuro; tranquilamente seguía escuchando aquella melodía de su madre al hacer sus figuras. Esta vez al crear un muñeco de mayor envergadura, hecha como todas las anteriores de cera. Su "gran creación", muy parecida a la de su padre, quizás simbolizando lo que ambos nunca habían tenido: aquel hombre de rostro afable y de sonrisa eterna. Hans quiso imaginar por algunos segundos ese gran momento en que por fin pudiera poseer una familia feliz, lejos de los insultos, muy lejos en un sueño hermoso.
Durmió.
Quizás por horas, hasta que un golpe similar al de un cuerpo pesado en contacto con el suelo, le despertó. No escuchó la melodía de su madre, ni los gritos acostumbrados. Solo un silencio que le hizo imaginar lo peor. Quiso sentir un indicio de vida que lo sacara de ese trance, aguantando incluso la respiración, como de la otra habitación se escuchaba un gemido, el de una mujer. Trémulas las articulaciones, Hans abrió la puerta y observo el cuerpo de su madre llorando frente a la cama. Le llamo la atención encontrar todo en orden y un rastro de cera conducirlo justo a las rodillas de Mama. Cuando se asomó por la baranda de la cama destapo el cuerpo tendido en el colchón, aún sabiendo lo que encontraría en aquel bulto un tanto familiar al destapar la manta blanca que lo cubría. Así es, ese miedo hasta en cierta medida reconfortante, el cuerpo de su Padre con los ojos y bocas abiertas mirando el techo, muerto aparentemente por asfixia, aún sosteniendo ese libro negro en sus manos...
- Acabas de matar a mi Padre- dijo el niño aún choqueado.
- He matado a nuestro Padre, nuestro único Padre...
Cuando el libro resbaló de las manos del hombre muerto, Hans lo tomó y le echó un vistazo a la cubierta con la siguiente inscripción: "MAGIA NEGRA"... y a la mujer con una expresión de tristeza incontenible... por primera vez ambos lloraron y se abrazaron... cuando un escozor quemó levemente el brazo de Hans con la lágrima cicatrizar en cosa de segundos... de las mejillas de su Madre brotar una especie de esperma caliente, igual a la de sus ojos. Cera, sin duda.
Algo asustó a Hans en lo más hondo de su ser, pero luego comprendió todo una vez más claro. El armario, el reloj, la soledad, el estoicismo de su madre. Todo.
Cuando sintió una tabla rechinar y luego otra.
Entonces una mano muy familiar tocó el hombro de Hans, sentir el frío de su contextura. Voltio y pudo ver aquella sonrisa eterna... de ese rostro afable.
Dedicado a ese trozo humano que aún conservamos.
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