LA LEY DE LA GRAVEDAD por Thelma
No nos había resultado muy difícil llevarle hasta allí.
El señor Alcaide era un tipejo bajito y regordete que no tenía ni media hostia y cuya única arma conocida era la dialéctica. Pero una vez privado de ella- merced a la mordaza con la que Núñez le tapó la boca y a la gruesa soga con la que lo maniató- se le veía bien poca cosa.
Lo del cloroformo fue cosa mía. Un pequeño frasco de cristal no se echaría nunca a faltar entre la marabunta de medicamentos de la farmacia de mi padre. Beltrán, por su parte, hizo lo necesario para proporcionarnos un transporte, cogiendo prestada la vieja furgoneta de su hermano.
La decisión la habíamos tomado cuatro años atrás, cuando Beltrán y yo éramos todavía unos críos canijos y Núñez aún no había dado el estirón que lo convertiría en la viva imagen de un gladiador.
A mí me lo había hecho en quinto. Yo andaba bastante inmersa en mi mundo por aquel entonces, así que cualquier excusa resultaba creíble para castigarme sin recreo o para hacerme quedar más rato, copiando una lección, al final de las clases. La primera vez me dijo que me enseñaría algo que habitualmente no se aprendía en la escuela pero que podría resultarme de gran utilidad en mi vida de adulta. Su lengua caliente en mi boca me hizo pensar en las babosas que mi hermano y yo desenterrábamos en el huerto de casa los días de lluvia.
Tuve la ocasión de evocar esa imagen muchas tardes aquel invierno.
Núnez nos dijo que él sólo podía pensar en culebras cuando el señor Alcaide deslizaba la mano por el interior de sus pantalones. Él siempre había sido algo lento de entendederas, así que su padre y el persuasivo maestro habían acordado que sexto era un curso decisivo para su desarrollo escolar y que unas cuantas clases de refuerzo no le irían nada mal.
El señor Alcaide siempre estaba dispuesto a echar una mano, cuando hacía falta. Ese era su lema.
La perdición de Beltrán vino de la mano de su inteligencia. El recién llegado alumno de la clase de séptimo era demasiado brillante para pasar desapercibido y el señor Alcaide decidió tomarlo bajo su tutela con la intención de prepararlo a conciencia para aspirar a una de las escasísimas becas que la exclusiva escuela Inglesa concedía anualmente a las mentes más brillantes. Beltrán nos confesó que de seis a siete, los martes y jueves de aquel interminable curso había descubierto dónde estaban los 206 huesos del cuerpo humano. El señor Alcaide que siempre fue un experto en anatomía, se encargó de demostrárselo.
No nos habíamos vuelto a reunir desde que terminamos la escuela pero, aquella misma tarde, un simple cruce de miradas nos había bastado a los tres para recordar nuestra promesa.
Ya era de noche cuando iniciamos el trayecto de ascensión hasta la antigua mina de cobre. El señor Alcaide no era más que un bulto inerte que se zarandeaba en la parte trasera de la furgoneta al ritmo de los vaivenes provocados por el tortuoso trazado de la vieja carretera. Los efectos del anestésico le conferían una expresión de bendito que hacía imposible identificarlo con el tipo aficionado a jugar a los médicos con sus alumnos.
Beltrán detuvo la furgoneta al llegar a la explanada que conducía a la mina. Como si se tratase de una pluma, Núnez cogió al maestro y cargó con él hasta la boca del cráter, depositándolo en el suelo. Al borde del precipicio.
Cuando todo estuvo dispuesto sólo nos quedó esperar en silencio a que recobrara el conocimiento. El señor Alcaide tardó todavía una hora en volver en sí, y cuando lo hizo, nos miró con los ojos del que no recuerda a qué mundo pertenece.
Me pregunté si recordaría quienes éramos. Porque nosotros tres no habíamos podido olvidarle.
Beltrán y Nuñez le ayudaron a incorporarse. A la luz de los faros de la furgoneta su rostro se veía amarillento y ajado. El rostro de un viejo.
Conteniendo el aliento me acerqué a él y le quité la mordaza. No dijo nada, el hombre más locuaz del mundo, permaneció callado y no hizo preguntas. Su silencio nos confirmó que conocía las respuestas.
Tal como habíamos acordado, Beltrán, Núñez y yo nos colocamos frente a él, y mirándolo siempre a los ojos le propinamos un único empujón que lo hizo precipitarse al interior de la mina.
En su caída al vacío, el viejo profesor nos dio su última lección magistral haciéndonos comprender por fin, en qué consistía la ley de la gravedad.
Y es que todo termina cayendo por su propio peso.
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