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Inicio / Cuenteros Locales / Crisss / \"Sombras Extrañas. Capítulo II: Tres Meses Después\"

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CAPÍTULO II
Tres meses después

EL TIEMPO PASABA MUY DEPRISA para la pareja. Se encontraban en septiembre de 1992 y todavía no habían tenido noticias de Javier. Pese a esto, Lorena no conseguía apartarlo de su mente, ni siquiera cuando estaba al lado de Marcos, y eso era algo que le dolía demasiado al empresario, ya que lo que él deseaba era conseguir que ella olvidara.

ES VIERNES POR LA MAÑANA y la pareja se encuentra en la puerta de la tienda para abrirla un día más, pero al parecer no estaban como siempre. Marcos pensó que el hacer juntos algo diferente podría cambiar la rutina que les había rodeado durante toda la semana, pero a la diseñadora no le entusiasmaba demasiado la idea, e incluso ello produjo una discusión:

- Me gustaría que me acompañaras…
- Sabes que no me gusta el teatro… - decía Loren mientras quitaba el candado de la puerta para abrirla.
- ¿Bromeas? ¿Y por qué recuerdo que alguna vez has ido con tu marido?
- Precisamente por eso es por lo que no me gusta Marcos…
- No lo entiendo. ¡Vas a ir conmigo! – admiraba.
- Lo siento pero no quiero seguir con esta conversación. - Loren movió la corredera de la tienda hacia arriba y accedió al establecimiento indignada. Acto seguido caminó hacia su pequeño espacio para comenzar a trabajar. Se acomodó frente a la máquina de coser y cogió un pantalón que había dejado el día anterior sin terminar para continuar con él. Marcos siguió sus pasos.

- Loren no me hagas esto… - él se sentó frente a ella para replicarle.
- ¿Qué no te haga el qué? No me lo hagas tú a mí…
- No entiendo por qué te pones así.
- Y yo no entiendo por qué tengo que explicártelo todo si sabes lo que pasa.

Marcos se levantó de la silla, la colocó en su sitio y salió al mostrador por si venían clientes. No le dijo nada más a la diseñadora aquella mañana sobre el tema y Lorena tampoco se lo nombró. El poder sonreír con total naturalidad era un gesto que ella sólo hacía en su lugar de trabajo, junto a Marcos, pero aquella mañana no pudo ser así. Tampoco sonrió haciendo lo que más le gustaba. La relación que tuvieron entonces sólo estaba relacionada con el trabajo; ni una mirada dulce, una simple caricia, ni siquiera una sola palabra de cariño pronunció la pareja.

A LA HORA DE COMER, cuando los propietarios cerraban la tienda, volvieron a mirarse a la cara, pero eso no arregló demasiado la situación. La diseñadora estaba colocándose el mismo gorro de todos los días sobre su cabeza y el pelo le ayudaba a volver a tapar gran parte de su rostro:

- ¿Tienes que ponértelo para ir de aquí al aparcamiento? – le preguntaba todavía irritado al observarla.
- Tengo frío, ¿de acuerdo? – mentía.
- No te creo…
- Deja el tema, ¿quieres?

AMBOS SE DIRIGÍAN HACIA EL COCHE para marcharse a casa. Acostumbraban a ir al bar más solitario de la ciudad cada día después de cerrar para tomar un vermú, el cual se encontraba a unos metros de la tienda, pero, aquella discusión hizo que cambiara su rutina.
Iban caminando por la calle y Marcos no podía evitar mirarla de arriba abajo con ira y desesperación. Comenzó a hacerle preguntas irritantes, como si creyera que iba a sacar algo con ello:

- Estoy harto de que lleves ese gorro… Loren, si tu marido nos ve va a saber que somos nosotros, vayas tapada o no, ¿olvidas que sabe quién soy?
- Él no sabe que estoy contigo.
- Muy bien, sigue engañándote a ti misma… ¿crees que engañas a alguien más?
- Deja de hablarme en ese tono. – exhibió enfadada.
- De acuerdo… - Marcos agachó la cabeza y seguidamente le pidió disculpas por la disputa que habían tenido por la mañana. - …Por cierto, lo del teatro creía que podría ser buena idea para hacer algo diferente los dos juntos, pero, me he equivocado, lo siento. Entiendo que no hayas aceptado, Javier no sabía invitarte a ir a ningún otro sitio.

EL SILENCIO LES ACOMPAÑÓ hasta que llegaron a los coches. Durante el trayecto, Lorena estuvo pensando en su ex-marido. Recordó que una vez sí que la invitó a ir a otro lugar. De eso hacía mucho tiempo; llevaban un par de años casados. Aquella noche iba a ser perfecta. Javier había preparado una estupenda mesa con velas y el mejor champán, mientras ella se estaba cambiando en la habitación. Después irían a pasear bajo las estrellas hasta casi media noche, entonces empezaba una película romántica en el cine y la verían entre besos y abrazos.
En cambio, cuando Loren salió de su cuarto y fue a sentarse con su marido para cenar, éste cambió de humor en un instante y todos los planes de aquella noche fueron cancelados:

- Supongo que no pretenderás que vaya así contigo por la calle…

La diseñadora se había puesto un vestido de palabra de honor muy ajustado. Estaba preciosa. Se podían apreciar todas y cada una de las curvas que componían su cuerpo. Sus piernas eran muy largas y ese vestido le caía por encima de las rodillas.

- Lo compré ayer por la mañana. Creía que te gustaría…
- ¿Qué? ¡Pareces una furcia!

Lorena sintió como si miles de puñales se clavaran en su pecho. Casi no lo reconocía. Había cambiado en tan poco tiempo… Se había vuelto en un celoso manipulador. La diseñadora muy decepcionada se echó a llorar y se marchó corriendo a cambiarse de nuevo. Javier no temía el decir cosas que la hicieran daño, sus cambios de humor le afectaban en su modo de actuar y no hacía nada por controlarlo. Tan pronto le daba besos como una bofetada.

LA LLEGADA AL APARCAMIENTO detuvo los pensamientos de la modista y centró sus ojos en aquella situación. Marcos había montado en su coche sin despedirse de ella. Acto seguido, Loren se acercó al auto de su compañero y comenzó a observarle detenidamente las ruedas.

- ¿Pasa algo? – preguntaba Marcos desde la ventanilla de su BMW.
- Monta en mi coche, es peligroso que vayas en el tuyo, tienes pinchadas las ruedas de delante.
- ¿Bromeas? – éste bajó de su vehículo y comprobó lo que la diseñadora le había advertido. Lorena comenzó a ponerse muy nerviosa, no paraba de mirar a su alrededor mientras su compañero echaba un vistazo al coche. – Podemos ir al taller que está a unas manzanas y comprar un par de ruedas. En el maletero sólo llevo la de recambio…

- ¿Pretendes cambiarlas tú?
- Sí, no es complicado…
- ¿Estás loco? Nos encontramos solos en este aparcamiento y lo que menos deseo es que permanezcamos aquí mucho más tiempo. Puede entrar cualquiera, no hay nadie en la puerta…
- …¿Me estás diciendo que tienes miedo? ¿Vives en las afueras de la ciudad, rodeada de arbustos, frente a un bar al cual sólo acude gente de fuera, y me quieres hacer creer que te sientes insegura aquí, en este aparcamiento, donde sólo estamos tú y yo? No te entiendo, perdona que te lo diga pero no te entiendo…
- Esto está muy oscuro… Estas luces son escasas y aquella puerta está a la disposición de cualquiera. En mi casa sólo estoy yo y ese bar de carretera está bastante lejos de donde vivo aunque pueda verlo desde la ventana. El terreno que me rodea en bastante ancho y nadie podría ni imaginarse que yo vivo allí…
- Tus teorías cada día me sorprenden más… - decía muy serio. – Vamos, te llevo a casa y ya iré al taller después.

En ese momento empezó a sonar el móvil de la diseñadora. Lorena se puso mucho más nerviosa de lo que ya estaba y no podía ni abrir su bolso.

- ¿Quieres que te ayude? – preguntaba extendiendo una de sus manos hacia Loren para que colocara su bolso en ella.
- No puedo creer que estés tan tranquilo, - decía enfadada mientras se lo daba a Marcos bruscamente.
- Sólo es un teléfono sonando.

Cuando el empresario cogió el móvil y fue a contestar, el aparato dejó de sonar. No pudieron saber quién llamó porque en la pantalla sólo ponía “desconocido”.

- ¿Esperabas alguna llamada que no quisieras que supiera o se habrán confundido? – le preguntó con ironía.
- Marcos por favor, larguémonos de aquí… - pidió muy seria.
- Está bien, lo siento, - después de que éste se acercara a abrazar a la diseñadora y se dieran un dulce beso montaron en el coche de ella.

LA PAREJA DECIDIÓ TOMARSE aquella tarde libre y pasarla solos viendo la televisión en casa de la modista. Lorena estaba demasiado asustada como para volver al aparcamiento y Marcos hizo lo que ella le dijo: decidió volver al día siguiente a cambiar las ruedas cuando aquello estuviera rodeado de gente y no tan solitario.
Lorena lo llevó a casa para que cogiera su otro coche para no tener que llevarse el de la diseñadora cuando por la noche tuviera que marcharse a su domicilio. Era un precioso Audi de color azul.

CUANDO LLEGÓ LA NOCHE, Marcos le pidió a su compañera cenar en compañía y éste salió a comprar unos bocadillos para llevarlos a casa de Loren. Ella se encargó de tener lista la mesa para su regreso. Había colocado una botella de vino en el centro, junto a un par de platos que contenían jamón y, al lado, una botella de agua. Su marido acostumbraba a beber champán y es por eso por lo que ella puso aquel vino tinto en la mesa:

- Te he hecho un regalo. Espero que lo aceptes… - Marcos estaba de vuelta con la cena y sostenía un paquete en la mano.
- No deberías haberte molestado.
- No es molestia.

Lorena abrió la caja que el empresario le había entregado y observó un vestido precioso de color negro. A Lorena le resultaba familiar, pues uno parecido a aquel había estado dibujando hacía unos días para diseñarlo.

- No me lo puedo creer, es el verdadero de Elio Berhanyer…
- Se que llevas idea de confeccionar algo similar y, ¿qué mejor modelo que tú?
- Es increíble… ¿Cómo lo has conseguido?
- Bueno el otro día estuve con bastante gente importante y me ofrecieron comprar una indumentaria completa. Claro que les dije que mi compañera entiende mucho más que yo y que deberían conocerte. Me dieron su teléfono para cualquier cosa que quieras preguntarles. Elegí este modelo pero tienen muchos más…
- No puedo creerlo.
- Pues escucha lo mejor. He conseguido hablar con las editoras de la revista Glamour. Van a llamarte. Les comenté que tienes mucho talento y prometo que van a darte una oportunidad.
- Todo esto es como un sueño…
- ¡Te equivocas! Es la sorpresa que te tenía preparada… Te lo iba a decir después del teatro pero, ya que no me ha salido bien, he considerado que este momento sería apropiado para darte el vestido y pedirte que me acompañes…
- ¿Acompañarte? ¿Dónde?
- Mañana por la noche voy a llevarte a cenar a un lugar que te encantará. Allí todo el mundo viste de forma muy elegante y podrás conocer a muchas personas de negocios, gran parte de ellas están interesadas en trabajar conmigo. – Le informaba muy orgulloso. – Loren, no llamarás la atención si eso es lo que te preocupa, sino que te sentirás como el resto de la gente… Hace tiempo que deseo que te consideres así.
- Pero Marcos no puedo ponérmelo, es muy provocativo…
- Solo quiero que te sientas como una reina… - decía con una sonrisa.
- Sabes que jamás he salido así a la calle…
- Porque hasta ahora no te lo han permitido… - susurraba muy bajito mirándola a los ojos. - …Pero, yo quiero que lo lleves.
- Te lo agradezco, pero, preferiría que…
- Póntelo ahora para mí, - dijo mientras le tapaba la boca con su mano.

La diseñadora, sin contestar a la invitación que le había propuesto su compañero, se levantó y aceptó ponérselo. Fue a la habitación y en menos de dos minutos salió al comedor como un ángel. El vestido llevaba unos pequeños diamantes que relucían por todo su cuerpo. El pelo le caía desenfadado sobre los hombros con una raya en el lado, y su cara era natural, ni una gota de maquillaje necesitaba para estar hermosa. Después, Marcos también se levantó para acercarse a la mesa y comenzar a cenar. Lorena no dejaba de pensar en aquella cena de negocios, pero sobre todo imaginaba a un montón de personas contemplándola de arriba abajo como si fuera un ser extraño, lo que su marido le había hecho considerarse. Ella era guapa, alta y esbelta, pero, no podía ver la realidad, puesto que Javier había conseguido que se menospreciara así misma considerándose inferior al resto de las mujeres. Aquella noche estaba muy bonita. Marcos volvió a enamorarse de su perfección y ambos se sentaron en la mesa, uno frente al otro:
- Estás preciosa… - pronunció el empresario muy despacio.
Lorena no creyó sus palabras y decidió cenar sin decir nada.
- No quiero que pienses tonterías. Estás muy bella y pareces una princesa.

CUANDO TERMINARON DE CENAR, Loren no soportaba llevar ese vestido ni un minuto más y fue a cambiarse de nuevo. Seguidamente la pareja se sentó en el sillón y Marcos comenzó a acariciarla. Lorena se mostraba fría, y poco a poco comenzaba a ponerse más nerviosa:

- ¿Sucede algo? – preguntaba Marcos extrañado.
- Preferiría que te marcharas… - decía mientras se levantaba del sillón.
- ¿Por qué? ¿Qué es lo que he hecho mal?
- Nada, ya sabes como soy, - decía mientras se recogía el pelo en una coleta.
- Pues no, creo que todavía no lo sé. Estamos solos, Loren, ¿qué pasa?
- Estoy pensando en tu regalo…
- ¿Qué le ocurre? ¿No te gusta el color?
- No es eso… - Lorena comenzaba a tener un sudor muy frío por todo su cuerpo.
- ¿Estás bien? – el empresario se acercó y la abrazó.
- Sí, sólo un poco mareada, - informaba tocándose la cabeza.
- No puedes seguir así… Estoy aquí contigo, ¿de acuerdo? Me gustaría que me contaras cada cosa que pase por tu mente, te ayudará a desahogarte.
- Ahora quiero descansar, - decía apartándose de él.
- Muy bien, me marcho si es lo que quieres. Espero que puedas dormir... – Marcos la observó detenidamente, - ¿de verdad que no quieres que me quede?
- No. Mejor nos vemos mañana, - precisó muy seria cruzándose de brazos.

Las palabras de Loren fueron directas al corazón de Marcos. Por primera vez junto a ella se sintió inútil. No supo cómo ayudarla para que cambiara su rostro y conseguir una sonrisa. Creyó que aquella cena iba a unirlos y lo único que deseaba la modista era terminar para acostarse en su cama sin ninguna clase de compañía.
Marcos salió por la puerta muy triste, intentando olvidar lo segura que había estado Lorena cuando le estaba diciendo que no lo necesitaba a su lado aquella noche.

A LA MAÑANA SIGUIENTE, Marcos fue a visitar a la diseñadora pero cuando llegó, ella no se encontraba en casa. El empresario decidió entrar, ya que él tenía otra llave, y sobre la mesa del comedor encontró un papel en el que le decía que se había ido a la tienda, pese a que los sábados no trabajaban.

- Hola Loren… - Marcos se encontró a la modista en el pequeño cuarto de la tienda, confeccionando un nuevo modelo.
- Hola, veo que has leído la nota… - ella ni siquiera lo miró.
- ¿Por qué no me has llamado? Hubiera venido contigo.
- Llevo aquí desde muy temprano. No quería despertarte.
- ¿Por qué?
- No podía dormir y he decidido venir a trabajar.
- ¿Por algo en especial? ¿Anoche hice algo que te molestara?
- No, no es por ti… - la diseñadora levantó la vista y lo miró. - Verás, ayer hiciste que pensara en Javier…
- ¿Qué? Lo único que pretendía es que te sintieras bien.
- Bueno, pues, me hiciste recordar lo que odia él los vestidos y, sobre todo, la de tiempo que yo perdía haciéndolos y lo poco que le costaba a él deshacerlos porque los consideraba demasiado atrevidos…
- Entiendo que no puedas dejar de pensar en todo aquello que te hizo tanto daño, pero pensando en él me haces daño a mí y me ayudas a creer que no sirve de nada que esté a tu lado.
- Eso no es cierto. Sé que la culpa es mía y… - Marcos la interrumpió y siguió hablando:
- Lorena, lo único que intento cada día es ayudarte y creo que aún no te has dado cuenta de eso… Si hubiera sabido que te pones así te regalo otra cosa. Ya no sé como acertar contigo… - suspiraba. - …Lo siento, creía que te haría ilusión.
- Sé que lo hiciste con la mejor intención pero…
- Pero todo es poco para darte, ¿verdad? - Marcos comenzó a alterarse. - Siempre esperas otra cosa. Ni siquiera sabes lo que quieres pero por supuesto no es nada de lo que yo te doy. Lo que más me duele es que por alguna extraña razón sé que nunca dejarás de pensar en él. Es como si escondieras algo que no quisieras que sepa…
- Tienes que entenderme, Marcos… Lo pasé muy mal.
- Estoy harto de esa frase, ¿recuerdas quién estuvo a tu lado cuando estabas sufriendo tanto? Creo que deberías recapacitar y valorar lo que tienes ahora.
- No puedo creer que me lo eches en cara, ¡nadie te pidió que lo hicieras!
- Sí. El amor que siento por ti ha sido el que me ha estado diciendo lo que debía realizar para hacerte feliz, o al menos demostrarte de alguna manera que te quiero, e intentar que te des cuenta de lo que he hecho todo este tiempo. – Marcos clavó sus ojos en la mirada fría de la diseñadora y prosiguió. - Desde que vinimos aquí sólo he hecho las cosas pensando en ti, en tu felicidad… Todo para que empezaras a vivir, Loren, y no he recibido nada a cambio. Ni siquiera un abrazo o una sonrisa…
- ¿Qué me estás intentando decir?
- Que mi paciencia tiene un límite… - inspiró y siguió hablando, - ¿cuánto tiempo piensas seguir así?
- El que crea conveniente, - decía con un tono de superioridad.
- Muy bien, pues quizás deba plantearme el no querer aguantar esto mucho más... – exhibió muy serio, - Volveré para recogerte e irnos a la cena. Espero que para entonces estés de otro humor, no quiero tener otra discusión como esta. – Lorena no dijo nada y este se marchó furioso.

El empresario recordó que tenía que ir al taller a comprar un par de ruedas para ir al aparcamiento donde todavía estaba su coche. Hizo él mismo de mecánico y cuando su vehículo estuvo listo lo llevó a casa. Después cogió el autobús para volver a por el otro y no salió de su domicilio hasta que anocheció. Marcos no paró de pensar en Lorena durante todo el tiempo que estuvo solo aquella tarde tumbado en el sillón. No podía evitar el sentirse mal por todo lo que le había dicho aunque lo pensara de verdad, y tenía que arreglarlo, ya que no soportaba estar así con alguien que tanto quería.

A LAS NUEVE Y MEDIA DE LA NOCHE, la llave estaba entrando en la cerradura, podía oírse una respiración familiar y unos pasos de alguien conocido. Marcos entró en casa de la modista sigilosamente con un ramo de flores rojas en la mano. Caminó el largo pasillo que conducía a la cocina, las puso en agua y después fue al comedor. Observó una copa de vino sobre la mesa, al lado del papel del regalo que le había hecho el día anterior. Sobre la silla el vestido negro. Dio media vuelta y vio a Loren tumbada en el sillón.

- ¿Todavía no te has cambiado? Cinco minutos y salimos.
- Ve tú. No me encuentro muy bien.
- ¿Estás borracha?
- No, tranquilo. Sólo me he servido un par de copas… - aseguró mientras se incorporaba para sentarse.
- ¿Esperas que te deje aquí sola sin más? No quedamos en esto Loren…
- ¿Yo te dije que iría? Creo recordar que no fue afirmativa mi respuesta. – La modista se levantó del sillón y cogió su copa de vino.
- Yo soy un hombre de palabra. Les he dicho que iríamos.
- No me va a pasar nada, puedes ir a esa cena tan importante tú solo.
- No voy a quedarme de brazos cruzados mientras veo como vas volviéndote loca.
- Yo no estoy loca.
- Vives obsesionada, Loren. No soporto seguir así.
- No tienes por qué soportar nada… - susurró mientras le daba la espalda a su compañero. Seguidamente tomó un sorbo de vino.
- Antes todo era mucho más fácil... – la diseñadora dio vuelta a la cara y lo miró. - Por lo menos en Barcelona tomábamos juntos el café cada mañana y me dedicabas tu sonrisa; ahora ni siquiera me miras a la cara sin observar antes a tu alrededor… - Lorena guardaba silencio sin tan siquiera añadir una palabra a lo que su compañero le estaba diciendo. Marcos sin dejar de mirarla prosiguió. - No paro de preguntarme si fue un error el pedirte que me dejaras huir contigo…

La cara de Loren cambió de inmediato. Sus ojos se cubrieron de lágrimas y apenas podía mirarlo. Marcos se dio cuenta de que aquella frase la había hecho daño y caminó hacia ella para consolarla.

- Déjame sola.
- Lo que intento decirte es que me gustaría saber cuando empezaremos a vivir, Loren, porque esto para mí no es vida…
- ¡Márchate!– gritó muy furiosa.

El empresario dio media vuelta y, sin más, se marchó. Seguidamente, cuando Marcos cerró la puerta, Lorena lanzó su copa de vino fuertemente contra ella, y se acostó en el sillón. No dejaba de llorar y de recordar una y otra vez las palabras que su compañero había pronunciado. Deseaba gritar quién era sin ningún miedo, caminar por la calle de su mano, contemplar lo que le rodeaba sin pensar en nada más… Pero en ese momento sólo podía llorar.

Texto agregado el 21-03-2005, y leído por 27 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2005-04-04 02:39:36 Me gustó. Muy agradable de leer Mandeville
 
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