LA FOSA
Quien ha sentido el andar sigiloso de una araña sobre su piel, sabe que el roce de un pañuelo perfumado se percibe más aún.
Sé que de abrir la puerta mis retinas se contraerán con la velocidad de una trampa para conejos entre la hojarasca y ante la oscuridad cómplice de estos ridículos mausoleos.
Hasta la pradera llegan los lentos acordes del órgano, allá, en la iglesia; acompañando el lánguido lamento de mujeres salpicado por la lluvia que cae de los tejados hasta mi morada en esta madrugada.
Algo me dice que todo ha sido un sueño; más que un sueño una simple ensoñación. Burdo esbozo ensayado sin parlamento; el inicio del surgir, instrucción primera. Mi propia trampa sangra sus heridas dando paso al origen, puerta tras puerta hasta llegar al barranco.
Aquí en el fondo habita la originalidad desnuda, tan deseada.
Despido una a una las disyuntivas de simples dificultades cuando mis párpados se corren a pesar del llamado fúnebre de aquellas mujeres sin partituras.
A cada campanada menos ganas tengo de abrir los ojos. Es confortable el hormigueo de patas y algunas ratas prestas al húmedo festín; como si nuestras sábanas lavadas en el río, puestas a secar al sol, al viento ligero de aquellas tardes entre las ramas de los manzanos, se deslizaran piadosas sobre la tierra mojada hasta cubrirla por completo; llegando apenas el aroma de esos tres pañuelos con olor a sexo, a lágrimas; a su amor.
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