EUTANASIA.
Solo cuando sientes la muerte de alguien alejarse, deseas la muerte mas cercana
Una bocanada de aire entró a sus pulmones parecido a un hálito de vida, postrada en su lecho, retorciendo su cuerpo entre las sabanas repentinamente. Como la sensación recorría su espalda, cayendo dentro de ella misma, volvió en sí. Con la pesadez clásica de sus párpados encerrada en la oscuridad de su mente divagando en algún lejano lugar, vino a percatarse del eco agarrotado en su oído, ligeramente molesto, una especie de pitido al ritmo de su corazón conectado a una máquina, pasado el efecto de la anestesia en su cuerpo, despertó.
¿Sería este el cielo? ¿O tal vez el infierno?
Este último pensamiento le produjo cierta desesperación y decidió abrir los ojos hasta tener una perspectiva total de su entorno, poco a poco, pudo notar como su visión volvía a enfocarse normalmente y los detalles ya tomaban forma clara. Pero no había ángeles o demonios esperándola, sino más bien un color crepe bastante monótono pegado en las paredes de la habitación en la cual se encontraba. Para su decepción, solo observó el movimiento circular del ventilador pegado al techo rozando su rostro con su suave brisa. Mientras torcía su cuello y el movimiento se hacía más natural, un dolor agudo le atenazó las articulaciones del cuerpo, llena de tubos incrustados a su piel perforando sus brazos y piernas, incluidos los orificios de su nariz, llevaban su esencia directa a aquella máquina que creyó ver en sus sueños.
Recordó. Como las imágenes pasaban al interior de su mente semejante a pequeñas lucecillas centelleantes, de un total de imágenes sesgadas: frente al espejo, con el dedo en el gatillo, titubeante, un leve movimiento y el metal había atravesado parte de su cráneo, erró en el último momento, mientras la sangre se esparcía por el suelo. Luego las sirenas acercándose. Corridas, llantos y el pasillo de urgencia. Y las caras desdibujándose, flotando al rededor de ella, más alto y ligera. Libre como el viento a través de un túnel desconocido a este ese momento, abriéndose al final de un destello cegador. El mismo reverbero de luz colándose a través la de la cortina, dispersa por el aire enrarecido de la habitación, de manera que evocaba a la mente la imagen del Espíritu Santo, rebosante de paz. De esa tranquilidad que otorga la desolación, inmersa en la profundidad de sus pensamientos, más allá del alegre trinar de los pájaros o la silbatina del viento arrastrando las flores. Le decían a gritos sordos, interiores, que estaba con vida, sin embargo.
Podía contemplar el silencio en toda su magnitud e incluso detectar el silbido que produce la sensación de la sordera, quizás aterrador. Cuando cerró por última vez sus párpados víctima de un letargo extraño apoderándose de todo su cuerpo, aquel hormigueo a través de su espina dorsal ahora extendida a cada rincón de su cuerpo, abandonado de alguna manera su propio cuerpo. Sintió el sabor de la sal entrar por su boca, como gotas que caían de algún lugar que ella desconocía. Lágrimas quizás. No las suyas, sino las de otra persona a su lado que no podía identificar, absorbida en las penumbras de la oscuridad un atisbo de humanidad de la cual aferrarse en su silenciosa agonía. Quiso gritar aun así, pero los músculos de su quijada no se movieron en lo absoluto, inertes, sin vida propia, conjeturaron los primeros indicios de su estado. Vegetal.
-¿Esteban? – Se escuchó a sí misma, lejana a su propósito- ¿Hay alguien hay? ¿Me escuchan? Mis ojos no se abren, no puedo levantarlos. ¿Amor? ¿Que me esta pasando? ¿Me estoy muriendo? Ayúdenme. Por el amor a Dios, sáquenme de aquí. No quiero estar sola. ¡Esteban!
Consiguió imaginar la dulce boca de su amado cerrándose en un beso cercano a sus labios adormecidos. Se lo decía la sensación tibia de sus besos, inconfundible, mezclados con la sal de sus lágrimas. Aún en la más absoluta oscuridad podía percibir aquel calor provenir del otro cuerpo en pos de su persona.
-Tengo miedo amor... Por favor, sácame de aquí. Tengo miedo... Yo no quería esto para mi vida, no quería terminar así. ¿Me oyes? Ya no quiero sentirme así, ya no quiero estar más conciente. Veo la oscuridad frente a mis ojos, con los párpados cerrados, y pareciera que sigo cayendo en un abismo. Tengo miedo... ¿Y si en realidad tengo los ojos abiertos? ¿Y si en realidad es así el infierno? ¿O el cielo? No sé... Tengo miedo... – Hablaba consigo misma, sin estar conciente de que sea escuchada. Vanamente, vez tras vez, seguía emitiendo sus desesperados pensamientos a la espera de alguna respuesta.
Más allá del silencio agarrotado a sus oídos, podía imaginar el llanto quebrado de su amado, gota tras gota, llamándola a despertar de su inevitable condición de muerte aparente. Imaginar sus suaves manos acariciándole la piel por cada rincón, cada poro abriéndose en contacto ante la suavidad de sus caricias.
Sintió como el aire se comprimía en sus pulmones, jadeante. Si, quizás Esteban ya sostenía el cable conectado a esa maquina. Y con los dedos aun trémulos por la evidente emoción seguía dubitativo a desconectarlo, llevándose su esencia muy lejos a un campo lleno de paz.
Mientras esa sensación post mortem, semejante a un martillo golpeándole la cabeza sin cesar, le gritaba desde su interior en un deseo irrefrenable de acabar prontamente con esto:
- Si, si, desconéctame, comprende mi deseo de acabar con todo esto, hazlo por favor. Esteban, siento miedo, no me dejes sola. ¡Por favor! ¡Acaba con mi sufrimiento de una vez por todas! ¡Mátame! ¡Mátame por piedad, por favor!
Y el silbido se hacía más intenso, a la vez ensordecedor. Como una luz blanquecina empezaba a absorberla difuminando sus pensamientos en lo absoluto, dejando una estela de muerte en las penumbras. Más intensa, la sensación de abandono devorando su cuerpo, como carcomas de olvido y desolación que, agarrotadas en lo más recóndito de su ser, se alimentaban de los huecos vacíos de su memoria, mandándola al vacío.
Prisionera de su propio cuerpo, de su propia mente sin alivio alguno, sin duda.
El sonido se fue apagando, de la maquina conectada a su cuerpo. Lejano.
Otra lágrima quizás cayó de sus ojos.
Si, apagado como su esencia.
-Déjame morir por favor. Déjame marcharme y cumplir con mi etapa. Ya no quiero pensar, Dios. En paz, lejos de este mundo. ¡Quiero morir! ¡Es mi voluntad! Solo... de forma lenta, no me daré cuenta cuando ya todo sea haya consumado. ¿Esteban? ¿Estas ahí? No llores por favor... No es tu culpa, amor... No es tu culpa... Solo déjame irme y pagarme, salir de mí. Ya caso no siento dolor, se siente bien... Rico, se siente... lejano a mi misma... Un poco más lejos...
Como un vértigo bajando por su espalda y unas convulsiones interiores, con todas sus fuerzas luchando por mover un solo dedo. Un grito a través del silencio que se ahoga en la muerte de una vida aparente. El aire denso, fosco, respirando con más dificultad.
¿Respirando?
¿Viviendo?
¿Existiendo?
Ya estaba un poco más cerca, solo a unos cuantos segundos de un desenlace inevitable. Las imágenes de un nuevo mundo a su alrededor, retomando una nueva forma más etérea a su entorno actual. Mientras el sonido ya era casi imperceptible, una luz cegadora se abrió.
El sonido volvió a tomar fuerza, semejante a un pitido continuo, continuo.
Sus brazos se movieron levemente, mientras esa cara tomaba forma. Esteban con el cable en sus manos a los pies de la cama, llorando desconsoladamente.
¿Estaba con vida? Sí, quizás.
Quiso abrazarlo... Y sus brazos se movieron muy ligeros, extraños. Pero lo atravesó sin poder aferrase de su calor. Una y otra vez.
Gritó, pero no hubo caso.
Su gesto era de una sonrisa, marchándose en paz, completando su siglo.
... De vida, ahora de muerte.
Se vio a sí misma, pero no sintió pena, elevándose aun más...
Quiso gritar, pero solo emitió un susurro quizás.
Quiso gritar...
Adiós... Esteban.
Amor...
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