(La cena) por Anita Sol
Si la culpa la tuvo el alcohol o mi ignorancia hoy casi no importa.
Lo cierto es que una noche de invierno perdí a mi mujer ¡Y juro que no la aposté!
Se fue solita.
Resulta que estabamos invitados a una de esas cenas tediosas en la que no conozco a nadie, organizada por el grupito ese, que mi mujer frecuentaba los jueves para hacer obras de caridad o no sé que mierda.
Ojo que me resistí todo lo que puede un hombre para no parecer pollerudo, pero en vano, así que me trajié lo mejor que pude y nos fuimos.
Ya en la fiesta me sentía zapo de otro pozo. Para pasar el rato o hacerme el finoli le comenté a Guzmán, (el que me pareció más sencillo de todos) -Che, que bién suenan esos violines. (yo que no entendía un carajo de música) . Pero me respondió su mujer con ese tono de merengue atragantado: -Yo no oigo violines. Son chelos.
Chelos, violines o guitarras criollas me daban igual, pero no pude evitar sentirme un pelotudo, así que opte por callarme y comer. Ostras, que son condenadamente horribles así que meta vino y vino para disimular el sabor.
El final se los adelanto, no sin defenderme: tan en pedo no estaba, solo un poco alegre, como decimos acá. Como mi esposa estaba con una cara de odio impresionante por que yo no pude estar a la altura de las conchudas de sus amigas quise congraciarme con ella y hacerla quedar bien y le dije: -Que pena que no trajiste el visón que te compraste el otro día.
Que mierda iba a saber yo que la cena era para juntar fondos para la lucha contra la extinción de los visones y demás bichos inútiles.
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