El rastro...
Un gesto de terror se había petrificado en aquel rostro opaco, apagado y casi sin vida, minutos antes de que su corazón dejara de latir deslizándose aún a los pies del hombre rasguñándole la camisa por la espalda llevada al suelo, víctima de su propio peso, provocándole la muerte.
Sintió un escozor que le quemó la piel pero no le dio mayor importancia.
Un último esfuerzo y listo, con cierta demencia agarrotado a su menudo cuello apretando, apretando con las manos firmes, atenazadas a la niña sin vida.
Y ahí recién la dejó caer.
Jadeante, sintiendo las pulsaciones apretando cada músculo y articulación por el éxtasis como una fiebre que explotaría en su interior esparciendo el germen de la locura hasta el límite. Perplejo y algo confuso, pero satisfecho al fin y al cabo.
Una voz le susurró al oído un garabato parecido a una palabra, lejana y ajena a su persona, escuchó:
- ¿Por que? ¿Por qué lo hice?
Como tratando de justificar su cruel acometida; no la de él precisamente, sino la de este ser perverso que se había encontrado muy interno en sus deseos más ocultos, sediento de venganza. Tal cual podía observarse a sí mismo ahora sin dar crédito a lo que había hecho: Aquella niña muerta, hermosa a pesar de esa mosca parada en su boca semiabierta, con cuanta gracia sus cabellos estaban revueltos alrededor de su cara, tan largos y finos, que lo atrajo más aún a detonar el fin de su existencia. Con muchas ansias, claro.
- ¡Perra! Te lo merecías.
Le pareció hermosa, de hecho. Pero seguramente esa sensación de culpa le atenazó la quijada y solo alcanzó a esbozar una sonrisa asimétrica, bastante nerviosa. Miró a ambos lados. Con los ojos grandes, bien grandes, quizás alguien lo espiaba desde la oscuridad ocultándose aún entre las malezas y los arbustos o tal vez detrás de él, pero no había nada ni nadie. Solo su imaginación. Y el maldito zumbido de esa mosca revoloteando alrededor del cadáver y el viento acariciando las flores del jardín en la casa donde se encontraban, como tumba premeditada para su macabra intención.
Solo. Muy solo.
Y a la vez acompañado por el bulto a sus pies. Parecía interrogarlo con la mirada, esos ojos cristalinos llenos de sollozos quebrados, perdida, interfiriendo en la poca tranquilidad de su mente. En esa cavidad que otorga la conciencia en algunas personas, increpándolo a responder por su conducta, según lo que a él, Alan Tupper, le parecía tamaña estupidez ver en el rostro juvenil a la misma persona que le había fastidiado toda su vida, la jueza del distrito y jefa suyo, la señorita Calderón, madre de esta última.
- ¡Si, la maté! ¿Y que?- parecía hablar con nadie más que su propia rabia, su ira contenida durante tanto tiempo.
Adentrándose en lo más recóndito de sus deseos alborotando sus sentidos al igual que un dios por encima de la razón y la cordura. Más que un simple desahogo, una satisfacción realizando lo prohibido. No podía negar que le había gustado tenerla entre sus manos, tan suya y vulnerable, descargando su frustración tornarse placer, éxtasis, euforia. Poseída por su fuerza bestial diluyendo su esencia poco a poco en sus garras, atrapada por la eternidad en aquel dolor delicioso, instintivo.
Y pronto le tocaría el turno a esa maldita perra; esa perra fina y de alta clase que le había jodido la existencia. Sin embargo debía deshacerse de la evidencia, para volver a dar el otro zarpazo. Exacto y preciso, calculó.
Pensó. Y volvió a pensar. Por unos segundos, hasta que concluyó que podía alegar demencia y no ocultar nada, solo mostrarla aparentando un lamentable accidente. Eso era. Cómo no había dejado marcas muy notorias en su cuerpo a la hora de liquidarla, lo mejor era lanzarla al lago que se encontraba en medio de la mansión (¡esa maldita mansión que le habían comido los pulmones!) y después acudir inmediatamente en busca de ayuda a los demás sirvientes que se encontraban a esa misma hora al interior de la mansión. Por tiempo y por su estilo propio.
Un asesino en potencia, sin duda.
Comenzó arrastrar a la niña poco a poco hasta la orilla del lago, mientras el sol se colocaba en el horizonte proyectando la sombra de ambos alargándose a través del suelo junto a un árbol que se encontraba cerca de las aguas, quietas. Anaranjadas, con brillos intensos y sublimes reflectados por el resplandor en el cielo, entibiadas por el calor de sus dos rayos, como dos amantes.
La desnudó, la niña. Extrayéndole toda la ropa sin excepción, tiradas tras unos arbustos. Trémulas las manos, llevadas por un deseo extrañó, la hizo beber cantidades de agua para llenar sus pulmones restregándole la cara por el barro con cierta ira, más de una vez. Bastante improvisado quedó tendida a la orilla de un hormiguero. Se empapó la ropa de agua él también. La lógica le indicaba que en un momento de tensión nadie en lo absoluto se daba el tiempo para sacársela tampoco, por lo que debía acudir en busca de ayuda tal cual se encontraba vestido.
Esa maldita prolijidad de asesino. Nada debía quedar al azar. O si no...
Sintió que una pierna le pesaba más que la otra al despegarse del cuerpo, pero sería el nerviosismo dentro de su conciencia. Gritando. A medida que se acercaba a la mansión el deseo de que se alejara, y de seguir corriendo hasta quedar tan extenuado y caer rendido. Pero la puerta ya estaba demasiado cerca. Y alguien, que no fue él, golpeó con toda su fuerza hasta adentrarse en la cocina evadiendo entrada tras entrada. Los pilló a todos reunidos, justo a la hora de la cena.
- ¡La niña... Esta muerta en el lago! ¡Acaba de ahogarse!- Gritó, dejando salir algo de aliento, volvió a retomar impulso- ¡Rápido! ¡Hay que hacer algo cuanto antes! ¡Llamen a la policia!
Y luego pasaron uno, dos, cuatro segundos, pero nadie se movió.
Solo lo quedaban mirando atónitos sin poder reaccionar, quizás petrificados aún por la terrible noticia. Sin poder mover un solo dedo, observándolo en cada movimiento. Volvió a gritar como loco desaforado. Y nada. Hasta que se dio cuenta de que las miradas estaban centradas en él directamente, y no tanto en sus gestos.
En su espalda para ser más exacto.
Una mancha recorriéndole la camisa rasgada por algo, producto del forcejeo. Un leve escozor acrecentarse después del efecto de la adrenalina mezclándose con un miedo extrañó, lo invadió. Lo que parecía ser sudor y sal, tiñendo con un rojo vivo como la sangre su espalda, creciendo reflejada la imagen en un espejo a su espalda, del cual no sabía su existencia. Enmudeció.
Y no alcanzó a decir una palabra más al sentir una sirena a lo lejos.
Quiso escapar, pero en realidad ya no había donde. |