La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / alipuso / El Helicóptero

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo  Añadir en Facebook [C:96075]

EL HELICOPTERO


Hace tanto calor que termina por desnudarse, aventando lo mismo el pantalón de mezclilla en algún rincón que su camisa sobre esos cables asomando más allá de la terraza, entre las ramas de un enorme árbol de limón repleto de tordos adormecidos.
Barry White parece haberse fatigado de repetir su recital al menos en cinco ocasiones. La ciudad en aparente reposo le brinda el ulular de una ambulancia entonando con el murmullo de pocos autos y los ladridos de muchos perros nerviosos.
No necesita más. La noche es plena, despejada, caliente como un horno en espera del futuro banquete.
Pero no todo es armonía. Ya se escucha aquel eterno helicóptero aproximándose desde mar abierto; provocando que su cuerpo frágil, pálido, se estremezca en un ágil vistazo hacia la terraza: ¡dónde demonios están las luces de la nave! ¡desde qué ubicación viene el ataque!

-¡Por qué nunca me dejan en paz! ¿Acaso no tengo derecho a intentarlo? –grita, en la posición de un simio barbado que defiende lo suyo sin saber si su tesoro de molinos es de este mundo o si existe aquel mundo y tal tesoro.

Una cosa es cierta: el helicóptero se acerca. Esto significa que tiene que apresurarse, debe al menos dejar un esbozo; sin reflexionar que será la primera vez que lo intentará.
Para comenzar elige la pared ubicada frente a la dura cama que al final de la madrugada le servirá de reposo a su osadía. El primer trazo es torpe, ligeramente curvo, debajo de la televisión apagada y atornillada a la repisa. Una segunda línea gruesa está a punto de proponerle que el surrealismo de una cruz merece el mínimo de clase.

Vagas señales enmarcan la inauguración de la epopeya mientras el helicóptero lo sobrevuela; pero nadie parece advertir su ruidosa presencia en lo alto. El hombre se limita a sentir el sudor resbalando por su cuerpo, a horcajadas; no se atreve a voltear hacia la terraza ni a perder detalle de su obra que ahora observa apasionado desde la puerta.
Le parece haber creado, sin habérselo propuesto, la furia de un toro de lidia embistiendo el capote ligeramente cuadroide, para expresar con propiedad el viento ligero que baja por la colina como abanico desplegado hasta el ruedo.

Durante un lapso indeterminado se proyectó en varias circunstancias fortuitas de su vida; inventando dos que tres anécdotas más a la vez que concibe tres o cuatro excusas innecesarias.
¡No hay tiempo! Regresa a la pared delineando sus dedos más allá de la puerta del baño con la respiración entrecortada, plasmando perfiles inusitados que lo orillan a trasponer imágenes; intuyendo que los espías ya bajan por escalerillas.
Sus tobillos están cansados al igual que los pies repletos de cadáveres de hormigas y hasta una diminuta cucaracha, cuerpos camuflajeados entre el polvo de sus plantas suaves, más acostumbradas a los zapatos moldeados de un capitalino.
Rodillas crujientes al momento de retroceder torpemente, encontrándose a manera de mural con la idea al fin plasmada.
La pintura parece azular por momentos sobre esa pared blanca, tapizada de innumerables, diminutas manchas de sangre y hasta algunas alas de mosco que poco a poco son arrasadas por el vendaval de las hélices.

Le satisface su creación. No se trata de un bosquejo planeado, pensado, al menos imaginado o discurrido a manera de acertijos mentales. Es su originalidad en pleno, originalidad intuitiva, podría decirse; improvisación subjetiva en su máximo nivel, expuesta tal cual sin fórmulas de por medio, con rasgos y señales arrancados al fin desde el momento en que le cortaron el cordón umbilical.
Lo firma. Lo ama.



El sol de la mañana reflejado entre las ramas del limón le obsequia aquel toque melancólico a la pared animada hasta donde la estatura del hombre le ha permitido y su propia imaginación se atrevió: caos de cruces asimétricas en alegorías que seguramente más tarde la camarera sabrá apreciar mientras intente limpiar con agua y jabón el borde del suelo de esas resecas gotas negras.
Los tordos hacen su escándalo entre las ramas del árbol. El artista no advierte el vuelo pesado de dos moscos con el abdomen repleto de su propia sangre, dispuestos a buscar el frescor y el sueño debajo de la cama.
A pesar de lucir impecable a sus cincuenta años, dentro de ese traje de medio uso, le incomoda tener que salir a la calle con el bigote entrecano tanto como eso gruesos pelos rebeldes de sus patillas y hasta de las orejas, pareciendo flotar en el diminuto espejo del baño que refleja sus ojos enrojecidos. Termina de peinarse con una expresión de paz digna de quien ha logrado realizar un sueño; olvidar su tormento.
Si al menos no sintiera la garganta tan árida, reseca; y es que el agua de la jarra tuvo que utilizarla para diluir un poco más el tinte.

-¡Si al menos me hubiera podido bañar!...

Quisiera cargar con el pedazo de pared para mostrárselo a su esposa y a sus hijas, presumirlo ante todos esos vecinos intransigentes que se obstinan en burlarse de él por el simple hecho de pasar los domingos en su azotea planeando inmortalidades entre ladrillos y adoquines.
Antes de salir del cuarto revisa el portafolios asegurándose de tener todas las pólizas en orden. Al momento de apagar el ruidoso ventilador de techo advierte el aleteo de otro mosco desvelado, mimado por el bochorno del Golfo de México que parece compadecerse de esas gastadas aspas después de diez horas de girar frenéticas hasta detenerse en un escalofriante rechinido.
Silencio… al fin silencio.
La puerta del cuarto se cierra, cargando el hombre con su maleta y el pequeño portafolios repleto de cobros ajenos. Su estado de ánimo lo invita a bajar las escaleras tarareando alguna melodía al momento de entregar las llaves, liquidando el servicio, aún con las uñas manchadas de ese tono que le ayuda a no evidenciar sus décadas de fracaso.

Un par de tordos se posan en los cables, sobre la camisa florida, maculada por las gaviotas de la nueva primavera. La camarera no sabe si marcar a la recepción del hotel o a la policía. Quizás lo mejor sea tirarse sobre la cama intacta para tener una mejor ubicación de “eso” que la cautiva, sin tener la menor idea del neo-cubismo en perfecta perspectiva.

Texto agregado el 30-03-2005, y leído por 80 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2005-05-18 04:22:09 excelente! ***** peinpot
2005-04-18 22:45:42 un mural o graffitti... ¿qué es lo que hay detrás de una personalidad en conflicto? De pronto entras al mundo absurdo de un desquiciado o él tiene la cordura y nosotros la hemos perdido. El caso es que te jala, hasta hacer que estés ahí, junto con él, pintando esa pared mientras te aterroriza el helicóptero que viene... Bien por eso... tobegio
2005-04-04 09:07:58 Un viaje introspectivo a las causales de nuestras fobias y la reacción, ¿Insensata? De quien pretende dejar testimonio de su paso por un mundo que lo atosiga. Un mural es la expresión más visceral del arte y un mural bajo esas circunstancias particulares, es la expresión insobornable del alma. Excelente narración, se deja leer de corrido y lleva al lector desprevenido a agudizar sus sentidos, para desenmarañar una simple existencia. juanromero
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]