EL HELICÓPTERO
Hace tanto calor que termina por desnudarse; avienta el pantalón de mezclilla en algún rincón, su polera sobre esos cables asomando más allá de la terraza, entre las ramas de un enorme árbol repleto de tordos que duermen.
Barry White parece fatigado de repetir su recital al menos en cinco ocasiones. La ciudad en reposo le brinda el ulular de una ambulancia, asonante con el murmullo de unos pocos automóviles y el ladrido frenético de más de un perro.
No necesita más. La noche es plena, despejada, calurosa como un horno en espera del futuro banquete.
Pero no todo es armonía. Ya se escucha aquel helicóptero aproximándose desde mar abierto; provocando que su cuerpo frágil, pálido, se estremezca con el vertiginoso vistazo hacia la terraza: ¡Dónde demonios están las luces de la nave! ¡Desde qué ubicación viene el ataque!
–¡Por qué nunca me dejan en paz! ¿Acaso no tengo derecho a intentarlo? –grita, en la posición de un simio barbado que defiende lo suyo, sin saber si su tesoro de molinos es de este mundo o si existe aquel mundo y tal tesoro.
Una cosa es cierta: el helicóptero se acerca. Esto significa que tiene que apresurarse, debe al menos dejar un esbozo; sin reflexionar que es la primera vez que lo intentará.
Para comenzar, elige la pared frente a la dura cama que al final de la madrugada le servirá de sosiego a su osadía. El primer trazo es torpe, ligeramente curvo, debajo de la televisión atornillada a la repisa. Una segunda línea está a punto de proponerle que el surrealismo de una cruz merece el mínimo de clase.
Vagas señales enmarcan la inauguración de la epopeya; mientras el helicóptero lo sobrevuela, pero nadie parece advertir su estridente presencia en lo alto. El hombre se limita a sentir el sudor resbalar por su cuerpo, a horcajadas; no se atreve a voltear hacia la terraza ni a perder detalle de su obra, que ahora observa con pasión desde la puerta.
Le parece haber creado, sin habérselo propuesto, la furia de un toro de lidia que embiste el capote ligeramente cuadroide, para expresar con propiedad el viento ligero que baja por la colina, como abanico extendiéndose hasta el ruedo.
Durante un lapso indeterminado se proyectó en cualquier circunstancia fortuita de su vida; inventa dos o tres anécdotas; también concibe otra excusa innecesaria.
¡No hay tiempo! Regresa a la pared, delinea sus dedos más allá de la puerta del baño, con la respiración entrecortada al plasmar un perfil inusitado que lo orilla a trasponer imágenes; intuye que los espías ya bajan por la escalera.
Le duele la pierna izquierda, al igual que la planta de los pies repletos de cadáveres de hormigas y hasta una diminuta cucaracha, camuflada entre el polvo.
Las rodillas le crujen al momento de retroceder con torpeza, encontrándose a manera de mural con la idea plasmada al fin.
La pintura parece azular sobre esa pared blanca, salpicada de imperceptibles manchas de sangre y hasta un par de alas de mosco que, poco a poco, son arrasadas por el vendaval de las hélices.
Le satisface su creación. No se trata de un bosquejo planificado. Es su originalidad en pleno, originalidad intuitiva, podría decirse; improvisación anímica en su máximo nivel, expuesta sin fórmulas de por medio, con señal abortiva desde el momento en que le cortaron el cordón umbilical. Lo firma. Lo ama.
El sol de la mañana reflejado entre las ramas del árbol, más allá de la terraza, le obsequia aquel toque melancólico a la pared animada hasta donde la estatura del hombre le ha permitido y su propia imaginación sin bozal se atrevió: caos de cruces asimétricas en alegoría que, seguramente más tarde, la camarera sabrá apreciar mientras despercuda, con agua y jabón, el borde del suelo de ese frenético goteo en color negro.
Los tordos hacen su escándalo entre las ramas del árbol. El artista no advierte el vuelo pesado de dos moscos con el abdomen repleto de su propia sangre, en busca del frescor y el sueño debajo de la cama.
A pesar de lucir impecable a sus cincuenta años, dentro de ese traje de medio uso, le incomoda tener que salir a la calle con el bigote entrecano, tanto como el grueso pelambre rebelde de sus patillas y el que asoma en una oreja, pareciendo flotar en el diminuto espejo del baño que refleja su mirar enrojecido. Termina de peinarse con una expresión de paz digna de quien ha logrado arrancarse una alucinación; olvidar su tormento.
Si al menos no sintiera la garganta tan árida, reseca; y es que el agua de la jarra tuvo que utilizarla para diluir un poco más el tinte.
Quisiera cargar con el pedazo de pared para mostrárselo a su esposa, a sus hijas; presumirlo ante ese vecino intransigente que se obstina en burlarse de él por el simple hecho de pasar los domingos en su azotea, proyectando inmortalidad entre ladrillos y adoquines.
Antes de salir del cuarto revisa el portafolios, asegurándose de tener las pólizas en orden. Al momento de apagar el ruidoso ventilador de techo, advierte el zumbo de otro mosco, mimado por el bochorno del Golfo de México y cediendo ante las aspas, después de diez horas de frenético girar, hasta detenerse en un escalofriante rechinido.
Silencio… al fin silencio.
La puerta del cuarto se cierra, cargando el hombre con su maleta y el pequeño portafolios lleno de cobranza ajena. Su estado de ánimo lo invita a bajar la escalera tarareando alguna melodía, al momento de entregar la llave, liquidando el servicio, aún con las uñas manchadas de ese tono que lo ayuda a no evidenciar su época de fracaso.
Un par de tordos se posan en un cable, sobre la camisa, maculada por las gaviotas del verano. La camarera no sabe si marcar a la recepción del hotel o a la policía. Quizás lo mejor sea tirarse sobre la cama intacta, para lograr el mejor ángulo de “eso” que la fascina, sin tener la menor idea del neo-cubismo en perfecta perspectiva.
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