MARCELA 9
Las manos de Marcela Cazas se escurren sobre la piel de Irasema, fluyen con suavidad hacia la parte inferior de su cuerpo, ya habían hurgado bajo el sostén y se agenciaron el térmico placer que provocan aquel par de suculentos botoncitos brotando de la dermis, en sus pechos. Irasema se arquea renovando aquellas caricias perpetuas, impregnadas en los momentos de su infancia. Considera los dedos que bajan sus calzones y consiguen su pubis, la estremecen a la vez que Marcela le susurra al oído cadenciosamente.
- Cuídate ahora porque eres mi víctima.
Esa palabra, detonante en el cerebro de Irasema, suscita un choque de tiempos pretéritos y los vuelca en el presente. Víctima. Todo gira en su cabeza. Eres mi víctima. La tarde enmudece para amplificar las voces internas. Yo soy la víctima. Los dedos de Marcela entran. Fui su víctima. Ahí mismo, los dedos de su madre entraron, intrusos, en su sexo, tocando lo que en una pequeña niña de cinco años debiera ser intocable. El llanto era mudo queriendo ser estrepitoso.
- Su madre fue una víctima.
Irasema se puso de pie con violencia, intentando –sin conseguirlo- sacudirse las palabras del doctor. Palabras inaceptables… ¿De qué se trataba? ¿de una afrenta? ¿de una burla? ¿Una provocación? Lanzó en su voz toda la rabia acumulada por años.
- ¡Cómo puede usted decir que mi madre fue una víctima!
El odio le estrechó el pecho de tal forma que sus siguientes palabras salían endeblemente. La mirada implacable del Dr. Honstein desamarró su ira, ya rancia, que yacía hundida entre los fósiles recuerdos.
- Mi madre me violó desde que tengo uso de razón… Debo decir, desde los cinco… o seis años. ¡La víctima soy yo! Por culpa de mi mamá soy…
El resto de la frase sólo lo pensó. Se le atascó la voz, atrapada por el sentimiento profundo que se hallaba enganchado a esas palabras indecibles. Si brotaban las palabras, emergería el dolor, la vergüenza. Ni pensarlo: Exponer todo eso ante aquel hombre – un cliché humano desempeñando su papel de sicoanalista- de quien no sabía absolutamente nada. Quiso vociferar, gritar a su madre, gritarse a sí misma que estaba cansada de todo eso, que se concebía encarcelada en esa vida en la que Magali Martí la había condenado. Quiso. Pero no pudo. Lo único que obtuvo fue una opresión en el pecho, respiración irregular: estaba hiperventilada. Su corazón rebelde, se sacudía caóticamente desde dentro y parecía estallarle en los oídos. De nuevo, como muchas otras veces, experimentó ese ahogo angustiante que le hacía pensar que en ese mismo instante moriría. El médico le tomó la mano con su apoyo terapéutico-paternal.
- Tienes que decirlo Irasema. Sácalo. De una vez por todas. Hazlo ahora. Por tu bien.
Las palabras del siquiatra la enloquecían, balbuceó sonidos inentendibles que se transformaron en llanto amargo. Pálida, fría, perdió fuerzas, su conciencia se nubló, cayó al suelo de bruces y no supo nada más.
Magali Martí subió al autobús, contenta, radiante, por fin, ahora iniciaba ese camino tan deseado: la ruta al encuentro con su hija. Después de acomodarse en su asiento, abrió su laptop, se alegró considerablemente de haber hecho esa compra tan oportuna: el MODEM portátil. Dispuesta a navegar en internet durante la mayor parte del recorrido, inició escribiendo a Irasema un mail anunciando su llegada. Irasema, preciosa, estoy tomando el autobús, creo que llego en ocho horas más o menos, tú sabes como son estos viajes. No había vuelo para tu ciudad así que no tuve más remedio. Estoy ansiosa por verte y abrazarte… Nos vemos hija. La cuenta estaba en Hotmail. Comprobó que había aprendido bien el envío de correos electrónicos. Por esos lugares la recepción de la señal por microondas era mala y por momentos la imagen se tornó borrosa. No encontró más que escribir y oprimió enviar, para luego, apresurse a volver al explorador y entrar al sitio que en los últimos días la había mantenido muy entretenida. Supuso que era una suerte haber descubierto tan adictiva página. Escribió www.loscuentos.net. y oprimió enter. Excelente idea de ese gik (¿el autor intelectual?), una página para escritores, los cuales podían “subir” sus textos, ya sean poemas, cuentos, reflexiones… Mientras aguardaba a que se abriera el portal, no dejaba de pensar en ello y se maravillaba, la tecnología al alcance de su mano, para su servicio en la actividad que más le satisfacía: el oficio de escribir.
Hizo memoria de lo latoso que resultaba antaño escribir en manuscrito para luego transcribir todo en una máquina manual, que le recordaba a los Picapiedra, si se equivocaba, debía empezar todo de nuevo. Lo más fastidioso era la parte artesanal de un texto: reescribir versión tras versión, resultado de corregir, borrar, agregar, quitar. Ahora era feliz con su computadora y el internet, aunque aún no aprendía todo el manejo del “software”, lo que sabía lo había asimilado de forma rápida. Miró la pantalla. La página de los cuentos. Tu comunidad de cuentos en internet. Bienvenidos y bienvenidas a la página de los cuentos. Picó con el mouse la palabra Ingresa y esperó, tecleó su nick MagaliMarti, su contraseña y dio click a login. Apenas hacía dos días había subido dos poemas, su foto y escrito por ahí en “biografía” una especie de presentación. Le agradaba mucho la idea de interactuar con los demás “cuenteros locales” (así les llamaron cariñosamente a quienes se registraban para colocar sus textos). El sitio permitía colocar comentarios a los cuentos o poemas leídos y además contaba con una sección de foros. Le pareció un recurso literario completísimo. Planeó pasar un buen rato leyendo a diversos autores como entretenimiento durante tan largo viaje. Se dispuso a revisar los textos recién “subidos” y llamó su atención Análisis Psicológico de XWOMAN. Un cuento corto que parecía interesante. Leía con avidez, como siempre ha leído cuando el texto es bueno. Lo terminó y escribió un comentario espontáneo: Ayy mujer! Tienes una forma de narrar la historia tan fresca, tan desenfadada, que atrapa. Enhorabuena. Me gusta. El final es escalofriante y es cuando te da el análisis piscológico de la personaje. Buenisismo. Colocó cinco estrellas y siguió buscando más textos, feliz, porque en ese sitio de internet había encontrado un tesoro.
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