Para que sepa el querido lector, el “metro cuadrado” es la esencia básica de la sociedad al respeto, al recelo de un mero acercamiento que produce ronchas, alergia al contacto físico. O cualquier semejanza que esta conducta crea a su alrededor, de su propio entorno, con un cartel que dice a todas luces, casi gritándonos:
¡No me toquen! ¡No se me acerquen!
De seguro Ud. ha pasado por esta experiencia más de alguna vez, en distintas situaciones muy cotidianas, e incluso, con sus círculos más cercanos. Recordará de seguro aquel momento en que iba en el autobús y ese sujeto miraba atento su persona, como un ladrón alerta al mínimo descuido para salir corriendo con una de sus pertenencias; cuando en realidad, se reía interiormente porque traía el cierre de este, la cremallera abierta. Y después se percató de que en realidad, es Ud. mismo quien pone esa barrera invisible que todos de alguna manera lo hacemos por el temor a relacionarnos con nuestro ambiente.
“El metro cuadrado” es la necesidad de sentirnos protegidos de la invasión que representa la otra persona, de ser minuciosos, al grado de parecer paranoicos, encontrando algún significado especial al roce que nos dio el compañero de trabajo, ese roce afectuoso tergivisado de tal manera que ya nos parece que es un deseo sexual, y que instintivamente lo asociamos a una intención oculta que lleva el benefactor de tanta caricia.
Espero que el lector no se cruce brazos, hable tapándose la boca o asienta con una negación (“no, si yo creo...”) Porque son los reflejos típicos de quienes ostentas el “metro cuadrado” al extremo de hacernos ver como victimarios, criminales de inocentes palomillas que solo desean estar en paz, lejos de todo vestigio humano.
Porque yo personalmente me he topado con que mi asiento es el último en llenarse, siempre que me subo a un autobús, y como es lógico, miro a todos lados, y me encuentro con la sorpresa de que ya no hay más asientos.
El “metro cuadrado” es la extrema conciencia, casi milimétrica, al acercamiento. Es un tipo de prejuicio inconsciente que denota mucha timidez o bien un sentimiento de superioridad, que nos hace ver poco menos que dignos de entablar una posible conversación con quien ostenta este tipo de conductas. Como aquella linda mujer que piensa que todos los hombres la ven con ojos de lobos, a lo cual reaccionan a la defensiva constantemente.
El “metro cuadrado” es perteneciente a aquel círculo de amigos que pueden hablarle de temas cotidianos, pero con cuidado de no enfocar sus sentimientos en sus puntos de vista. Quizás porque para ellos es debilidad, un punto débil del cual hacer mella, que puede ser utilizado tarde o temprano en su contra. Los “metro cuadrado” guardan la compostura, sin mostrarse enteramente, mostrándonos siempre la apariencia de quienes son verdaderamente, limitándose como seres humanos.
Yo admiro a quien camina por la calle cantando a grandes voces, a quien cuenta sin preámbulos sus inquietudes, a quien no se cruza de brazos, a quien vive simplemente por vivir. A esas personas únicas que no guardan detalles, que siempre ofrecen más de los que pueden dar, y que al siguiente día nos hacen sonreír, por como son, así de simple.
A quien nos hace girar alrededor de su vida porque no representa un obstáculo para su fluida manera de ser. A quien captura una parte de nosotros, cada vez que tiene algo de sí que ofrecer.
Básicamente, el valor de vivir, por vivir.
Sin razones. Solo por vivir.
¿Tanto cuenta hoy en día? Vivir...
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