La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - cao - 'La Cobranza'
La Cobranza
(ojo que el personaje de este cuento se encuentra inspirado en la bella demencia de mi compatriota Blanquita)
Hastiada ya de oír su odiosa voz todas las mañanas al otro extremo del auricular; y profundamente neurótica de ver todos los días su fastuosa firma en cada uno de los comunicados de cobranza que inundaban su ante jardín; Blanquita había decidido desconectar la línea y soltar a los perros. Sabía que estaba morosa pero su insistencia ya era demasiada, casi enfermiza. Por eso cuando esa mañana sintió sonar el timbre y ladrar a los perros de manera insistente, de inmediato supuso que debía ser él, era casi seguro. No obstante ello, y antes de encontrarse con él cara a cara esa mañana, miró por el ojo de la puerta: quedó anonadada. Jamás hubiese imaginado que las moscas podían desempeñarse en el cargo de cobrador, porque evidentemente lo que se encontraba parado afuera era UNA MOSCA; salvo que las pastillas esas le estuviesen alterando los sentidos. Ya le había parecido raro eso de que las ratas pudiesen ejercer cargos públicos o que los gusanos pudiesen postularse al parlamento; pero ¿de ahí a que las moscas anduviesen apaleando deudores?.
Al verlo a través del ojillo de la puerta, la dueña de casa pudo constatar que sus alas iban cubiertas por una elegante chaqueta de vestir gris y sus antenas sujetas hacía la nuca gracias a la gomina que le daban el brillo, en tanto que no claudicaba en hacer sonar la campanilla eléctrica, mientras sostenía con la otra pata peluda un brillante maletín de cuero negro. Llevaba al cinto una cartuchera con el teléfono celular.
Al verlo parado ahí, repentinamente le vinieron unas ganas incontenibles de vomitar; sin embargo ya no había tiempo. Aterrada corrió a la cocina, allí con mucha torpeza abrió la puerta de la alacena para hacerse definitivamente del potente y letal insecticida. Al volver a la entrada giró la cerradura de la puerta con mucha cautela, el timbre ya no sonaba, al parecer el asqueroso había claudicado en su obsesivo afán de cobrarle las letras impagas.
Cuando finalmente ella traspuso el umbral del pórtico en dirección a la calle, miró con cautela hacia todos lados y también por sobre sus hombros sin encontrar atisbos de vida alguna, salvo la de los perros que con tedio lamían sus patas echados sobre el pasto del jardín, debajo de la sombra de la higuera. En la calle, las micros y los automóviles hacían retumbar el piso del asfalto, el sol a esa hora daba justo sobre su cabeza.
Más calmada y tras girar para entrar nuevamente a la casa, blanquita quedó paralizada cuando notó que algo a sus espaldas se dejó caer sorpresivamente desde techo del zaguán. Pues sí, era la mosca cobradora esa. Blanquita no tardaría en lanzar un tremendo grito producto de la fuerte impresión que le causó el hecho de verla parada ahí en frente suyo, y casi instintivamente reaccionó vaciando todo el contenido del letal insecticida en pleno rostro del impertinente cobrador, - pssssssh, pssssssssssh, pssssssssh - quien sin alcanzar a decir pío, de inmediato cayó convulsionado al helado piso de cerámica. Sus convulsiones a ella le resultaban repugnantes. Con el transcurrir de los segundos y tras algunos epilépticos retortijones agónicos, la mosca finalmente acabaría tiesa en el suelo como un objeto inerte, como una cosa.
Blanquita odiaba todas estas cosas porque siempre terminaban por retrasarla en sus labores diarias; sin embargo se armó de fuerzas y como pudo metió el frío cuerpo del insecto en una enorme bolsa de basura verde petróleo, a la que más tarde prendería fuego en las profundidades del patio trasero, tras arrastrarla con extrema dificultad por los pasillos del inmueble, tal como ya lo había hecho días antes con el maldito zancudo de las tarjetas de crédito.
Cuando la dueña de casa sintió el frenético pito de la olla a presión proveniente de la cocina, supo que los niños ya estaban por llegar del colegio. Sin tardar más, se dispuso a preparar la mesa para servir el almuerzo, no si antes colgar de la ampolleta del comedor una bolsa con agua para espantar a esos odiosos insectos que desde hace días rondaban insistentemente su domicilio.
Texto de cao agregado el 11-08-2003. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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