EL DECÁLOGO por Thelma.
La calva de nuestro vecino el frutero era redonda y verdosa como los melones de Galia.
A mí me gustaba contemplarlo, desde nuestro portal- siempre que tenía ocasión- mientras ordenaba las frutas en los estantes del expositor de su tienda, al otro lado de la plaza.
El frutero solía tararear viejas coplas mientras trabajaba, canciones que hablaban siempre de amores imposibles y que acostumbraban a tener un final tristísimo; aunque eso a él no parecía importarle.
Entre copla y copla el frutero se camelaba a todas las mujeres que entraban a comprar a su tienda. A las gordas les regalaba repollos, que eran buenas para la dieta, a las escuálidas, fresas, que decía, tenían muchas vitaminas y a las agriadas de carácter, plátanos para endulzarles el ánimo. Los únicos que salían de su tienda sin compra extra eran los pocos hombres que entraban en busca de algún manojo de verduras para hacerse un caldo de a uno; a esos pobres, el frutero los despachaba pronto, sin copla ni fruta o verdura que remediara sus males de soledad.
Yo no tardé en convertirme en un asiduo visitante de su establecimiento.
Mi madre tenía la fea costumbre de recordar -al ponerse a cocinar- que había olvidado algún ingrediente imprescindible para el guiso de turno. Unas veces eran las cebollas, otras los tomates; y en todos los casos, era a mí a quien le tocaba ir a su tienda en busca de los productos olvidados.
En esas ocasiones el frutero me recibía siempre con un guiño cómplice y un gesto de qué-se-ha-olvidado-tu-madre-esta-vez, que tenía el poder de hacerme olvidar mi fastidio por mi forzado papel de recadero.
Nuestro vecino estaba casado con la señora Hortensia, una mujer que pesaba más de cien kilos y sobre la que, las lenguas maliciosas del barrio, aseguraban que era vegetariana y que su gordura era consecuencia de la hinchazón que le producían las coles de Bruselas que su marido le cocinaba.
Hacía ya tiempo que la señora Hortensia apenas salía a la calle, porque padecía de las piernas, y en nuestra finca, lo más parecido que había a un ascensor era una vieja polea instalada en el terrado y de la que pendía un cesto que hacía las veces de izador de paquetes pesados y compras excesivas. La mujer del frutero pasaba así las horas muertas asomada al balcón de su casa, desde donde oteaba el ir y venir de la gente, en aparente actitud de desgana.
Por alguna razón que todavía hoy escapa a mi entendimiento, el frutero adoraba a aquella mujer gorda y abúlica que sólo parecía recobrar vida cuando la camioneta de reparto se detenía frente al quiosco de la plaza. Entonces, con la agilidad de una gacela, corría al teléfono y llamaba a su marido a la frutería para que le trajera al vuelo una copia de las nuevas fotonovelas que le acababan de entregar al quiosquero.
Así pasaba la señora Hortensia sus días, entre fotonovela y fotonovela, esperando siempre la llegada de una nueva entrega, como el que espera la llegada del redentor.
Hasta que apareció aquel hombre, sentado en el banco que había frente a nuestro portal.
El recién llegado vestía traje oscuro y podía pasarse horas ojeando las páginas de un periódico extranjero, con la calma del que sabe que no le esperan en ninguna parte. Su tez, increíblemente pálida, y su pelo albino, rapado al uno, hacían que su presencia no pasara desapercibida. Al forastero le gustaba enfrentar entonces la curiosidad de los viandantes con su mirada de pez y sus ademanes parsimoniosos.
Pronto corrió el rumor por la plaza de que se trataba de un predicador evangelista llegado del otro lado del océano en busca de nuevos fieles a los que salvar. Al parecer, ya disponía de un pequeño local cedido por la asociación de comerciantes del barrio, congratulados de saber que la religión del americano no prohibía, a sus adeptos, adquirir los productos más básicos de nuestra sociedad consumista .
El periódico del predicador resultó ser una publicación evangelista que aseguraba la salvación del alma al lector en tan sólo diez pasos.
La noticia de la existencia de ese decálogo salvador, terminó por llegar a los oídos de la señora Hortensia, que siempre había clasificado de excelso a todo lo venido de los Usa. Su curiosidad por conocer al hombre que andaba en boca de todas las vecinas pudo más que su fatiga de piernas y, ante el pasmo de su marido y la guasa general se plantó, una tarde de oficio, en la recién nacida iglesia evangelista del barrio.
No volvió a ser la misma. La señora Hortensia dejó de leer fotonovelas y se apuntó a un curso de inglés por entregas, porque aseguraba que era el idioma en que Dios hablaba y ella, cuando se lo encontrara en el día del juicio final, quería entender todo lo que le dijera. Nuestro vecino el frutero pasó a ser el encargado de traerle a casa los nuevos fascículos y cassettes que llegaban semanalmente al quiosco.
El fervor religioso de la señora Hortensia creció más deprisa que su dominio del inglés, lo cual no la desanimó en su empeño de aprender la lengua divina. Pero en algún momento decidió que su felicidad no podría llegar a ser completa si no convencía a su marido para que entrara también en la verdad.
Por amor el frutero acompañó un par de veces a su mujer a los oficios evangelistas de los domingos, enfundado en su antiguo traje de boda y bañado en colonia a falta de pelo que engominar. Pero pronto cejó en su empeño. Sí Dios existía, aseguraba mi vecino, no debía de importarle que supiéramos inglés porque seguro que entendía todas las lenguas, concluyendo además que sus viejas coplas no tenían nada que envidiar a los ininteligibles cánticos que su mujer cantaba ahora, a pesar de desconocer su significado.
La señora Hortensia decidió que la manifiesta actitud de desinterés de su marido por, la verdad, era inadmisible, y que Dios había decidido ponerla a prueba para constatar la auténtica naturaleza de sus convicciones.
Un viernes por la tarde, al regresar a casa, el frutero pudo confirmar la ineludible realidad del abandono.
En la nota que encontró pegada a la nevera, su mujer le comunicaba que se marchaba a Ojaio con el predicador. Como único equipaje, la señora Hortensia se había llevado su coleccionable de fascículos de inglés.
Sobre la mesa del salón, un montón de viejas fotonovelas le recordaron al frutero porque las coplas, que solía cantar cuando trabajaba, tenían un final tan triste. |