- ¡Se acabó!...¡Harto!... ¡Estoy harto! Es la tercera vez que le pasa… ya está bien, hombre... lo siento, pero ya te puedes ir buscando a otro compañero, que esta vez no vuelvo... todo tiene un límite, incluida mi paciencia.
- No te pongas así… que no es para tanto, hombre.
- ¿Qué no es para tanto? Mira, no me cabrees más de lo que estoy… te querría yo ver en mi lugar... Nunca tiene ojos para mí. ¡Nunca! Claro, tú, al ser su ojito derecho… ¿cómo te vas a quejar?
- Si llevas razón pero... el chaval tampoco es mala gente; es un poquito despistado, eso sí, pero no es culpa suya y tú lo sabes.
- No será culpa suya pero tú viste cómo me caía hace media hora, ¿no? pues sigo tirado en el suelo, ahí, sufriendo… y éste, sin enterarse siquiera. Lo tengo decidido, compañero, lo dejo.
- Piénsatelo bien que luego te arrepientes.
- ¡Que no! Que yo ya no aguanto más. Que puedo estar delante suya, lleno de porquería y pasa de mi; en cambio tú, por una manchita de nada es capaz de dejarlo todo con tal de mimarte… ¡Que se busque a otro!... uno igualito que yo… le va a costar, porque tan baratos no somos, que lo sepa.
- ¿Y nos vas a dejar tirados?
- Tú, tómate unos días libres, si quieres… que tampoco te vendrán mal. En cuanto a él, que se vaya con las de repuesto mientras encuentre a otro... Yo no sirvo para ser cristal de las gafas de un tío tuerto. |