La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - tika - 'Bon voyage'


Bon voyage

Mientras veía a mi alrededor un solo pensamiento cruzaba mi mente algo no está bien aquí. Los nervios se apoderaban de mí y sudor corría por mi frente sin control. Había algo sobre esta pequeña habitación que me incomodaba mucho, aparte de que estaba apunto de ser interrogada por un policía de trabajos sociales por primera vez en mi vida.
Su cara era gentil, hasta me atrevería a decir que no mataría ni a una mosca, pero la pistola en su cintura sugería otra cosa. Todavía no lograba descifrar porqué me habían traído, todos mis papeles estaban en regla y a limpia conciencia sabía que no estaba involucrada en ningún tipo de ilegalidad, al menos de que sea porque mi perro atacó al cartero no veía razón para estar encerrada en la jefatura de policías.
-Señorita Coronel, por amor a Dios deje de verse tan preocupada, no estamos aquí para atormentarla. De hecho la hemos traído para que nos ayude.
-¿Ayudarlos cómo?- pregunte, la idea de ayudar a un policía no aliviaba mis nervios en lo absoluto.
-Este paquete fue entregado a nosotros ayer por la tarde, su nombre es el que aparece como destinatario, así que ahora se lo vamos a entregar. Usted, como indicado en la carta adjunta debe de contarnos todo lo que se acuerde sobre la operación “Bon Voyage”.

Cogí la carta jugando con ella entre mis dedos, pero sin leerla, ese nombre había traído escalofríos a mi cuerpo, hace tanto que no lo escuchaba. ¿Cómo era posible que ellos supieran sobre Bon Voyage, y más importante aún qué tenía que ver con todo esto? Mil y un preguntas cruzaban por mi cabeza y no sabía que hacer. La única otra persona que conocía sobre la operación estaba en Argentina y no había tenido contacto con ella desde hace una década.
Respire profundo, recordando todos los lugares, todos los detalles y sintiendo nostalgia por los antiguos días. Pensé claramente que decir y poco a poco las palabras empezaron a fluir libremente de mi boca…


Estaba lloviendo como en cualquier semana de febrero allá en Guayaquil. Afuera sólo se podían ver gotas gigantes caer sobre el asfalto y los árboles. Era el día más gris que había visto en mucho tiempo, claro que hay que tomar en cuenta que me acababa de levantar, eran las cuatro y media de la mañana, mis ojos seguían técnicamente pegados y mi ventana era demasiado pequeña.
Había pasado muchas veces por esta rutina de “viajar”, pero me seguía pareciendo la cosa más odiosa de este mundo.
Primero, tenías que prepara todo: comprar el pasaje, sacar visa, sacar pasaporte, sacar cédula porque misteriosamente (lo cual incluye a mi mamá perdiéndola) desapareció, hacer maletas, chequear maletas, comprar ropa de frío, sacar tus preciados ahorros de tanto tiempo del banco sabiendo que van a desaparecer en menos de un mes, hacer la confirmación de tu vuelo, despedirte de tus amigos y escuchar a la gente decir siete mil veces “no pierdan nada”.
Segundo, tenías que levantarte absurdamente temprano para chequearte en el counter que suele estar cerrado cuando llegas dos horas antes de tu vuelo, hacer inspección de maletas, pasar por el detector de metales, sacarte los zapatos para que vean que no tienes una navaja suiza metida en la suela, pagar la taza de salida, encontrar tu sala de embarque y que Dios te bendiga si no tienes un discman porque el aburrimiento te mata.
Tercero, el avión siempre estaba frío, se movía bruscamente, te pasabas las siguientes cuatro horas entre ver la película, intentar sin mucho éxito dormir cómodamente en un mini asiento, escuchar todos y cada uno de tus cd’s, rogando porque ya toque la hora de comer o encontrando formas en las nubes cuando el aburrimiento apremia. Lo peor era que cuando al fin lograbas dormirte te despertaban porque había que llenar formulario de aduana en los cuales te preguntan desde tu nombre hasta ¿De qué están hechos los pinceles de pelo de camello?
Bueno, después de eso aterrizabas finalmente y estirabas tus pies luego de cuatro horas de sentarte inútilmente, ahora tocaba la cuarta y última fase que en mi opinión es la peor: hacer aduanas, o en palabras más simples, hacer una fila por veinte minutos esperando que te toque tu turno de ser interrogada por algún agente de la aduana (cada vez que me toca un gringo me dan ganas de hacerme la loca y simplemente decir “ Ai dont espik inglich”), tener que reconocer tus maletas de entre tantas que se parecen a la tuya, excepto que la mía era menos nueva…bueno, esta bien lo admito: mi maleta era mucho más vieja y se hubiera caído en pedacitos si no fuera por la cinta adhesiva. Luego de subirlas a un carrito que cuesta dos dólares son chequeadas y siempre tengo que ser interrogada sobre de que esta hecha la masa de huevos de faldiquera y por qué la estoy llevando, después de todo se parecía mucho a la cocaína según ellos. Por último sacar las maletas y esperar muy pacientemente a que mi hermana me venga a ver, en qué carro no sé porque cada año aparece con uno diferente.

Por todas estas pequeñas razones me parecía un dolor de cabeza monumental viajar, pero ese viaje era algo diferente. Después de todo era la primera vez que iba a ir a Europa y mi acompañante era nadie más ni nadie menos que mi mejor amiga, Julieta (pero por compasión mejor conocida como Jota), quien nunca había salido del país y era un cero a la izquierda cuando se trataba de organizar viajes. Como se imaginarán ya sabíamos de antemano que nos íbamos a perder.
Miré el reloj, cuatro y cuarenta y cinco. Hora de levantarse y empezar la rutina de viajes. Caminé somnolientamente hacia el baño y me puse un blue jean, una camisa verde, zapatos skechers, me lavé la cara y viéndome en el espejo me cogí mi pelo negro corto con el primer moño que vi. A pesar de mis dieciocho años de edad y una cara de seria única en su existencia, mi “gran” altura (que consta de un metro sesenta y uno), frenillos que se supone deberían de haberme quitado hace más de un año pero mi falta de cooperación no lo había permitido, y mi facha me otorgan la apariencia de dieciséis años máximo. Tener mi cédula al lado mío en toda ocasión era costumbre, también lo era ser interrogada sobre si la cédula en cuestión era falsa o no.
Salí del baño y metí mis maletas en el carro. Las maletas estaban relativamente vacías ya que yo no llevaba tanta ropa, lo que pesaba eran los dulces, atunes y comidas típicas (eso incluye la masa de huevos de faldiquera) que mi mamá mandaba conmigo ha Estados Unidos para que se los diera a mi hermano y hermana. Entré a la casa y desayuné la cosa más deliciosa de este mundo: pancakes con miel. Me despedí de mi perro, mi ratón, mi gato, mi canario, mi mono, mi lagartija (spike, speedy, silvestre, poinkiti, DK y bella respectivamente), mi mamá y me metí al carro con el chofer que se supone iba a manejar, pero yo seguía en esa época de egoísmo con mi carro en la cual no dejaba que nadie que no fuera yo lo maneje.

En los Ceibos, allá arriba, en la loma más alta, en el edificio más grande, en el último piso vivía Jota. La conocía desde hace mucho, se puede decir que la conocía desde siempre. Tenía el pelo rubio oscuro, largo y sus rulos eran perfectos, había pasado años obsesionado con su pelo para lograr que se viera bien. Era alta, por lo menos cinco centímetro más alta que yo, tenía ojos grandes, como los ojos de un perrito de caricatura y no había persona que le pueda decir que no cuando ponía su cara de “por favor”, aunque nunca lo hacia a propósito. Cuando llegué, Jota me esperaba afuera sentada encima de dos maletas y con su novio, Rafael. Habíamos hecho lo imposible para que él pudiera venir con nosotras, pero sus estudios, la falta de una visa, unos cuantos cientos de dólares y muchos eventos inoportunos se interpusieron a nuestros planes. Por suerte el viaje duraría un mes exacto, un par de días más sin Rafa y Jota comenzaría a volverse loca de nostalgia. Por el bien de mi salud mental tuviera que botarla puente abajo.
Después de una despedida que duró diez minutos, subió al carro y nos fuimos al aeropuerto. Jota estaba nerviosa y yo también, no había caído en cuenta que íbamos a estar solas en un continente que nunca habíamos visto, excepto en libros y películas, donde se hablan otros idiomas y donde las cosas son muy diferentes que acá. Pero eso lo hacía como una aventura, una aventura muy cara cabe recalcar.
Al llegar a la aerolínea comenzaron los problemas. Nuestro vuelo había sido desviado y nos tocaría embarcar en Quito, pero la aerolínea no cubría el gasto del pasaje hasta allá ni se responsabilizaba por la transferencia de las maletas. ¡Aerolínea de pacotilla! Nuestro itinerario era inamovible, teníamos que seguir casi todo al pie de la letra o perderíamos la reservación del hotel en Inglaterra, así que como buenas clientes pagamos el pasaje y arrastramos nuestras maletas hacia el área de embarque nacional. Cuando llegamos a Quito las cosas se calmaron un poco, pero todavía tenía en mente gritarles un poco a los de la aerolínea por hacerme gastar cien dólares en tremenda bobera. Entramos al avión que nos tendría presas por las próximas cuatro horas y para mejorar las cosas comenzó a llover. Por suerte no cancelaron el vuelo, y por mayor suerte aún llegamos sanas y salvas a Estados Unidos.
-Jota, pásame tus papeles de aduana para revisarlos. - dije mientras buscaba desesperadamente los míos.
-¿Papeles de qué? - mis ojos crecieron por lo menos cinco centímetros en radio cuando me contestó eso.
-¿No llenaste los papeles de aduana? ¿Unos como estos? - le dije mostrándole mi papel de aduanas escrito al apuro y con pedacitos de lasaña que había comido por todas partes.
-¡Ah!, esos papeles. Claro que los llené, espérate que ya te los doy. Los puse en mi mochila - dejé salir un suspiro de tranquilidad, sí había llenado los formularios, tal vez este viaje iba a ser más fácil de lo que creía, pero la voz de Jota interrumpió mi descanso de gloria-. Este, Mina, no se donde está mi…
-¡¿Perdiste tu mochila?! ¿Tienes tu pasaje, pasaporte, cédula y dinero contigo verdad? - mis ojos imploraban que la respuesta a mis preguntas sean una negativa y el resto positiva, pero sabía que era esperar demasiado de parte de la madre suerte.
-No esta perdida, sólo no se donde la dejé. Si tengo el pasaje y el resto de cosas, pero el papel de aduanas y el peluche que me dio Rafa están en la maleta - bueno, si tenía las cosas más importantes con ella suponía que podíamos llenar de nuevo un formulario y dar la maleta por perdida, pero ese bendito peluche era un regalo de Rafa, por lo tanto sabía que Jota no iba a descansar hasta que encontremos la maleta de ella.
-Vamos a buscarlo.- dije en forma resignada, antes de que lo mencione.
Buscamos en todas partes, debajo de asientos, cerca del avión, en cada corredor y no fue hasta que habíamos pasado media hora buscando que Jota se acordó que había ido al baño al bajar del avión. Entramos al baño y ahí estaba, al lado del lavamanos esperando pacientemente a que la rescatemos. Regresamos a hacer fila en migración y pasamos juntas a ser chequeadas. Fuimos acosadas con preguntas como de costumbre.
-¿Nombre completo?- preguntó el guardia.
-Milanca Ginebra Coronel Intriago.- dije en voz baja, siempre había estado avergonzada de mi nombre. Mis padres estaban locos por ponerme Milanca, según ellos es algo único porque es la combinación de Milena y Bianca, si me preguntan a mí yo diré simplemente que estaban borrachos la noche que eligieron mi nombre.
-¿Realmente tiene dieciocho años?- dijo incrédulamente.
-Si…tengo dieciocho años, cumplidos el veintinueve de julio del año pasado.
-¿Cuándo fue la última vez que vino a América?- dijo jactándose de ser gringo.
-Hace un año, para navidad.- respondí con sonrisa hipócrita.
-¿Primera vez que viene a América?- le preguntó a Jota.
-Si…-dijo simplemente, dándole tanta importancia a América como la que le daría a un perro sarnoso.
-Bueno, tienen dos meses de estadía y luego deben de regresar, vienen por turismo ¿No? - el señor estaba extremadamente orgulloso de las maravillas que su país tenía para ofrecernos.
-No, estamos aquí de transito. Mañana salimos a Europa. - dije fríamente, le pedí nuestros pasaportes y caminamos hacia el lugar de las maletas. Estas estaban ya en un grupo separado y encontrarlas fue fácil. Llamé a mi hermana para avisarle que ya habíamos llegado y que nos venga a ver apenas pueda. Ese “apenas pueda” tardó una hora entera.
-¡Ñaña!... ¿Dónde habías estado? - pregunté mientras le daba un abrazo.
-Accidente de transito mientras venía a verlas, tú debes de ser Julieta. - dijo mientras saludaba a Jota, de quien había escuchado tanto de parte mía.
-Jota. - contestó corrigiéndola, ella también odiaba su nombre.
-Bueno, suban que nos están esperando en la casa para cenar. - juntas levantamos las maletas y entramos al carro, esta vez una Quest.
-¿Qué hay de cenar? ¿Quién cocinó? -esas dos preguntas eran fundamentales antes de probar cualquier comida que te diera mi hermana.
-Hay seco de pollo y lo cociné yo. - dijo orgullosamente.
-Paso, es por tú seco de pollo que nunca más he vuelto a comer seco de pollo en Ecuador. - en verdad no es por mala, pero ese fue el seco de pollo más malo que había probado en mi vida. Si me hubiera convertido en vegetariana hubiera sido por la culpa de mi hermana.
Efectivamente fue seco de pollo, así que Jota y yo ordenamos pizza Papa John’s, la mejor pizza del mundo, de la cual todos robaron un pedazo, incluso la mismísima cocinera. Nos reunimos en el cuarto de mi sobrino a jugar monopolio, y para vergüenza mía y de Jota, un niñito de trece años nos sacó todo el dinero que teníamos en menos de una hora. ¿Qué podía decir a mi favor? Ese niño era un genio en estrategias. Cuando el sueño nos venció bajamos a nuestro “cuarto” (combinación de colchas y almohadas sin colchón) y antes de que pudiéramos dormir propiamente nos despertaron para irnos al aeropuerto. Revisamos nuestras maletas y mochilas, asegurándonos una vez más de que no se quedara nada ya que hasta la pérdida de un cepillo de dientes sería un golpe fuerte para nuestros bolsillos.
Dos horas más tarde estábamos en un aeropuerto en Carolina del Norte, esperando por nuestro segundo avión. No habíamos encontrado un vuelo directo entre Miami y Londres, por lo tanto nos tocó coger esta pequeña escala, lo cual no me hubiera importado si no fuera por una minúscula razón: afuera había una tormenta de nieve que había logrado que todo lo que rodeaba el aeropuerto e incluso los aviones se viera totalmente blanco.
-¿Qué crees que esté haciendo Rafa? - Jota hablaba con un tono nostálgico de alguien a quien le quitan una parte de su alma.
-Durmiendo, son las seis de la mañana allá. - contesté, acordándome de cuantas veces yo me había hecho esa misma pregunta con otras personas. Cada vez que me empezaba a sentir muy sola mientras viajaba me preguntaba a mi misma qué estarán haciendo todos en Guayaquil, y mi respuesta siempre sería la misma: durmiendo.
-Lo extraño.
-Lo sé, o sea, yo lo extraño y eso que es sólo mi amigo, hubiera sido demasiado bacán poder traerlo. Estar amarrada y lejos es horrible, pero desde otro punto de vista te puedo decir que ya falta un día menos para que lo vuelvas a ver. Aparte, este es nuestro último viaje juntas, después de esto te vas a Argentina y no te volveré a ver en bastante tiempo.
-No es para tanto, me verás en Navidad, aparte que son sólo cinco años…
-Media década. - le dije, poniéndolo un poco más melodramático.
-OK, es bastante tiempo, pero volveré. - prometió, como tantas otras veces habíamos prometido cosas.
-Nunca nadie vuelve. - dicho esto caímos en silencio
Habíamos pasado ocho años juntas, habíamos visto como cambiábamos, sabíamos todo la una sobre la otra y habíamos pasado por buenas y por malas. Ese viaje era la última parte de todo eso. Cuando regresáramos a Ecuador yo entraría a Medicina para convertirme en médico forense y ella se iría a Argentina con Rafa a estudiar Arqueología. Había la posibilidad de que esa fuera la última vez que nos veríamos por más de una semana en una década entera, ya que para cuando ella terminase su carrera y regresase a Guayaquil, yo tendría que irme a alguna parte del mundo a hacer el postgrado de la mía. Aunque nada de eso era seguro, una cosa si lo era: nada volvería a ser lo mismo. Las dos le teníamos miedo al cambio, y a pesar de cuanto las cosas habían cambiado en los últimos años, no nos acostumbrábamos a la idea de que las cosas dejen de ser como siempre habían sido, porque así éramos felices ¿Para qué cambiar?. Jota se quejaba abiertamente sobre lo injusto que era el cambio, yo ponía cara de todo-va-a-estar-bien y seguía con mi vida, aunque temblaba con cada paso.
-Voy a ver que tal esta nuestro vuelo. - dije para romper el hielo y me acerqué adonde estaban las pantallas con los vuelos. Todos decían “cancelado”, eso es todos excepto el nuestro. Ni siquiera madre naturaleza se iba a meter con mi último viaje por lo visto.
-¿Qué tal los vuelos? - la tormenta la tenía preocupada, lo podía escuchar en su voz.
-Ya nos toca embarcar, pero nos cambiaron de puerta a la C20. - no podía mencionarle que cada uno de los vuelos, a excepción del nuestro, habían sido cancelados por la tormenta. Si a mi me preocupaba ese hecho, a ella la consternaría de forma inexplicable, Jota le tiene miedo a los aviones y la tormenta no ayudaba a nuestra causa.
-¿Dónde queda eso? - pregunto con tono de que ya no daba más.
-Como a unos sesenta metros de aquí. –contesté. Si le hubiera dicho que nos encontrábamos a la vuelta de la esquina no me hubiera creído así que ¿para qué mentir?, la verdad estábamos en la B20, un Terminal entero más atrás.
-Bueno, a cargar estas cosas pesadas. O vamos caminando o nos dejan y nos perdemos de Europa. – me quedé sorprendida por su actitud, ella era el reflejo de “a mal tiempo, buena cara”, ese era el peor tiempo y la mas linda cara que se le podía poner.
Yendo a la C20 nos encontramos con un carrito de golf y convencimos al guardia de que nos lleve, después de todo, Jota tenía mal los meniscos y no podíamos obligarla a caminar tanto.
Después de lo que pareció siglos nos dejaron entrar al avión. Todo se había retrasado por la tormenta y el capitán dio el anuncio de que la comida se nos serviría brevemente y podríamos disfrutar de las películas cómodamente desde nuestros asientos, apretando el botón A, B o C dependiendo de la película que deseásemos ver. El vuelo se retrasó dos horas exactamente, así que en vez de demorarnos ocho horas en llegar a Londres, nos demoramos diez. Parecía que la suerte no estaba exactamente de nuestro lado, cada cosa que nos tocaba hacer se complicaba sin razón alguna, a ese paso lo único que nos faltaba es que se nos pierdan las maletas. El vuelo fue largo, pero iba bastante vacío, así que las filas del centro fueron usadas como camas y recuperamos sueño perdido. El resto del tiempo que no dormimos, pasamos comiendo, hablando o simplemente escuchando música. Nos movimos bruscamente un par de veces, pero fue menos de lo que nos movimos en el avión de Guayaquil a Quito.


Al llegar a Heathrow, uno de los tantos aeropuertos de Inglaterra nos topamos con nuestra primera sorpresa oficial en Europa. Nuestras maletas habían sido dejadas aparte en Carolina del Norte no llegarían hasta dentro de una semana y nosotras no nos íbamos a quedar en Londres más de tres días, lo cual indicaba que durante el próximo mes estaríamos practicando el antiguo arte de lavar ropa. No quedaba nada más que ponernos nuestras chompas, que por suerte traíamos a la mano, y caminar con nuestras mochilas y carry-on llenos de comida y algo de ropa hacia el próximo tren que nos lleve a Acton Town, luego cambiar a la línea de District hasta Earl’s Court y coger el próximo “underground” a la estación Bayswater, la más cercana al hotel. ¿No había forma de perderse, verdad?
-Excuse me, could I get two all access tickets that last three days?
-Sure lass.
-At what time does the next train to Acton Town comes?
-Six minutes. Here you go, thirty five pounds -¡ouch! Sentía como mis bolsillos enflaquecieron.
-Thanks, could you hold on a second? -me volví hacia donde estaba mi amiga- Jota, no hemos cambiado dinero. ¿Ves esa caseta amarilla grande de allá que dice “Money Exchange”? pide que te cambien estos cien dólares a libras esterlinas- muy obedientemente fue.
-Están cerrados por el día. -me dijo con un aire de que todo estaba bien.
-¿Qué?
-Broma, toma aquí está el dinero. -dijo entre risas. Me la quedé viendo con una cara de “eso no es gracioso”.
-Well, here is the Money, thanks again.
-You better get going or you’ll be late.
-Where…
-Go down the hall, when you see a big sign of Mc Donald’s go all the way left, you can’t get lost -dijo interpretando correctamente mi cara de turista perdida, su acento lo hizo un poco difícil de entender, pero después de tantas películas británicas que vi en el colegio fui capaz de descifrar algo de lo que nos dijo.
Llegamos con las justas al andén y subimos literalmente corriendo al tren que ya estaba cerrando sus puertas. Inglaterra era tan diferente a Guayaquil que es inconcebible para la mente que los dos sean parte de un mismo mundo. Las casas de Inglaterra eran la cosa más angosta que había visto hasta entonces y la flora era mayormente sauces marchitos por el invierno. El aire tenía el olor de una cuidad que había encontrado la industrialización muy efectiva y el sulfuro que salía de sus tantas fábricas era prueba viva de esto. De vez en cuando se podía ver una granja antigua, con establo y todo, que había quedado en ruinas por el tiempo y desuso. Sin embargo, era una cuidad llena de gente y niños pecosos, cordeles de ropa que sólo se usan en primavera y verano, pubs y antiguos parques que databan del año mil doscientos tantos. Las afueras de Londres eran hermosas, y eso que no fuimos en primavera cuando todo es verde.
-Mina, ¿Cuántas paradas son antes de Acton Town?
-Ocho, Acton es la novena
-La acabamos de pasar.
-¿Qué? ¿Y no hiciste nada al respecto?
-¡Hey! Se supone que tu guías y yo te sigo…no tengo ni la más remota idea de que estamos haciendo.
-¡Yo tampoco!, olvídalo, simplemente pásame el mapa de tubos y mira como se llama la próxima estación -tuvimos que esperar un par de minutos antes de llegar.
-Ealing Common.
-¡Miércoles! Nos estamos yendo para el lado equivocado, bajémonos –grité, saliendo lo más rápido posible del underground-. Nueva regla, si nos llegamos a separar la que se pierda se baja en la siguiente parada de underground. Ahora hay que tomar el que va de vuelta, bajarnos en Acton Town y cambiar al que vaya hacia Earl’s Court –dije después de inspeccionar el mapa que cada vez me parecía más indescifrable.
-¿Por qué tengo el presentimiento de que nos vamos a perder?
-No seas malilla, de largo que no nos perdemos. Tenemos un mapa, ¿Cómo nos podemos perder?
-Este…Mina, Acton Town –dijo y entre tropiezos nos bajamos del underground.
Logramos llegar en una sola pieza a Bayswater. Al salir de la estación se leía claramente un letrero que indicaba que Kensigton Garden estaba a mano derecha. Nosotras teníamos que ir a Kensigton Square Garden, así que supusimos que era lo mismo y seguimos la flecha. Avanzamos un par de cuadras (una cuadra de Londres equivale a dos cuadras en Ecuador) y no encontrábamos ninguna de las calles que aparecían en mi mapa del hotel. Tuvimos que parar en una esquina a pedir indicaciones. Un señor extremadamente amable nos llevó de regreso hasta la calle de la estación y entre señas, ya que su acento era in entendible, nos indicó seguir recto. Agradecidas eternamente nos fuimos por donde habíamos venido y encontramos la calle principal de mi mapa inmediatamente. Resulta ser que esa pequeña palabra, Square, si hace la diferencia. Kensigton Garden es un parque gigante que se extiende por cientos de metros, mientras que Kensigton Square Garden, un pequeño parque muerto de hambre que está en dirección contraria. Frente al parquecito estaba nuestro hotel, adentro se podía ver a la recepcionista esperando a ver si alguien se dignaba a llegar. Entramos y Jota se acercó a la recepcionista, mi boca ya no daba para hablar más.
-Hello, good… -miró a fuera para ver que hora era- afternoon. We are the Coronel reservation -dijo sintiéndose como si estuviera siendo evaluada en un examen de inglés.
-Er…- balbució mientras mascaba su chicle y revisaba una computadora -here it is “Core-oh-nel”, your room is in the forth story. You go throw these two doors until you find a flight of stairs. Go up until there are none. These are your keys, one for the room and another for the loo. There are no towels due to travelers always robbing them. Breakfast is served at seven sharp and it lasts an hour, after that no one will give you any food- hablando de gentileza a los turístas, pensé.
Seguimos las instrucciones y sin duda alguna ahí estaban, unas escaleras que se veían tal cual salidas de una película de miedo, pero con menos moho y más polillas incluidas. Di gracias a mi suerte porque se hayan quedado las maletas, ya que subirlas cuatro pisos hubiera sido una pesadilla. El cuarto no era de esos que se merecían cuatro estrellas, creo que no llegaba ni a una, pero para dormir estaba bien. Tenía su baño sin toallas, una cama de resortes con muchas sabanas, pero sin almohadas y una lámpara que parecía tener por lo menos tres meses sin ser usada. Por suerte sabía que dormir era lo que menos íbamos a hacer y que nuestro hermoso aposento sólo sería visitado cuando el cansancio nos matara.
-¿Qué vamos a hacer primero? -bostezó Jota y su cara se contorsionó a una mueca de sueño.
-Hoy nos toca quedarnos aquí y dormir, porque entre tantas perdidas, diferencia de horario y mala suerte en los aeropuertos, ya son las diez de la noche. Podemos salir a explorar los alrededores, tal vez comprar lo que nos falte, encontrar un cyber, ir a una discoteca, yo que sé.
-¿Y mañana? -se moría de ganas de conocer Londres, pero también se moría de sueño así que todo lo que me decía sonaba medio zombie.
-Yo quiero ir a la Torre de Londres, el Puente de Londres, ir a ver las calles, tal vez incluso subirnos al ojo de Londres…no sé. – dije, pensando que en serio que les gusta el nombre de su cuidad, se lo ponen a todo.
-Oye, absolutamente todo incluye la palabra Londres, ¿verdad? – dijo leyéndome la mente.
-Son ingleses ego centristas -bostecé también y descansé mi cabeza sobre mi chompa empezando a extrañar la almohada.
No podía creerlo, estábamos en el viejo Londres. Una cuidad llena de historia, sangre, leyendas, reyes y punkeros. Antes de hacer el viaje me habían dicho: “lee, así sabrás de que se trata lo que estás viendo y lo podrás reconocer”. Pero no lo hice, decidí que para eso sirven los guías y prefería experimentarlo a leerlo, o si no me hubiera quedado viendo Discovery Channel en casa.
-Bueno, chequeemos daños hasta la hora -sugirió Jota. Al decir “daños” se refería a la pérdida de la ropa y el dinero gastado, sin contar él que nos íbamos a gastar ya que una buena parte de los alimentos se fueron en la maleta.
Pusimos las maletas patas arriba y buscamos en todas partes. Nuestras municiones eran patéticas: quince fundas de macarrones con queso, diez atunes en lata, cuatro mayonesas, veinte fundas de galletas, ocho sopas chinitas, cuatro salchichas en latas, nada de pan ni agua. En cuanto a la ropa, el asunto tampoco mejoró mucho. Cuatro jeans, cinco camisetas, muchos cucos (ropa interior), cuatro pares de medias y dos chompas. Toda la ropa la compartíamos porque a pesar de que Jota era más alta que yo, me quedaba su ropa a la perfección. En este viaje nos tocaría hacer lo que nunca hacíamos en casa: lavar ropa bastante seguido, cocinar o no comer y administrar nuestro dinero o quedarnos botadas en un país en el cual nuestra lengua no es la más hablada. Nuestro dinero había disminuido notablemente, pero todavía teníamos suficiente como para comprar algo de detergente, comida y entrar a la mayoría de museos, en el caso de que nos faltase dinero siempre se podía recurrir a tocar guitarra en una esquina y rogar que alguien se apiade de nosotras, o nos pague para callarnos.
El frío de Londres era de esos que te llegaba hasta la médula y no te dejaba sudar. En ese momento entendí porque es que en la edad media los puercos de estos europeos no se bañaban; el sudor es probablemente lo que más te asquea cuando estás sucio, y la falta de este hace que te sientas limpio a todo momento. El olor que desprende una persona sucia es fácilmente tapado por un “baño francés”, o en cristiano: embadúrnate de colonia o perfume; por lo tanto no había verdadera necesidad de un baño. Mi chompa estaba a la medida perfecta, un poco más de frío y tal vez no aguantaría. Por suerte sabía que Inglaterra, siendo una isla, era el punto más frío en el cual iba a estar, por lo tanto si sobrevivía el frío de Inglaterra, sobrevivía todo. Jota parecía recién importada de Ecuador; sus mejillas estaban rojas, su cara era apenas visible entre tantas cosas que se había puesto para que no le diera frío en la cara y andaba con una mano dentro de la manga de la otra para mantenerse caliente, guantes y todo.
A la vuelta de la esquina de nuestro hotel había un McDonald’s y una tienda de alimentos que abría las veinticuatro horas. Unos cuantos metros a la derecha, del lado contrario de la calle había un cyber y una cafetería, más adelante una tienda de recuerdos y por último la boca del underground Bayswater. Entramos a la tienda y compramos agua, leche para hacer los macarrones con queso, pan para armar los sánduches y unos cuantos chocolates de Cadbury porque era tradición y porque es cosa normal que a Jota se le baje la presión. Cruzamos la calle para revisar nuestro e-mail, resulta que a Jota le había escrito Rafa y su mamá, a mi me había escrito mi mamá, mis primos con pedidos de cosas que querían de Europa y una amiga, Samy, que no había podido venir con nosotras porque su universidad en Chile comenzaba apenas nos graduamos y era su sueño ir ahí, no se iba a perder del comienzo de clases, ni siquiera por un viaje a Europa.
Ya más ubicadas entramos al hotel y subimos las escaleras interminables, eran las doce y el cambio de horario nos había hecho daño. El sueño nos venció y caímos rendidas a la cama.
-Mañana nos levantamos a las siete para desayunar, luego subimos y nos cambiamos y toda la cosa para estar listas tiro ocho y media…no abren nada hasta las nueve -le dije a Jota entre bostezos-. ¿Jota? –pero no respondió, parecía que ya estaba en el país de los sueños.
En medio de la noche el frío me cubrió y me vi obligada a levantarme de la cama, ponerme mi chompa y arroparme con todas las sábanas que había. Miré por la ventana, el sol estaba saliendo. Todo el cielo se tiñó de varios tonos de celeste y morado. Tal vez era un hotel trucho, pero la vista era espectacular. Desde nuestro cuarto piso se podía ver Kensington Garden, sus sauces y flores siendo iluminados por el amanecer frío de la isla. Ya había dormido lo suficiente y no había forma de volverme a quedar dormida. Volteé para ver a Jota, estaba seca e ida, de sus labios chorreaba baba; no se iba a levantar por lo menos en dos horas más. Viendo el paisaje me puse a pensar en todas las cosas que habían sucedido en mi vida desde que tenía memoria, la mayoría eran irrelevantes y no causaron gran marca en mí, pero desde el momento en que llegó la secundaria todo cambió. Muchos decían que era la época para forjar quien sería en el futuro, y la verdad es que aunque la gente suele hablar piedras, estaban en lo correcto. Nunca fui una persona a la cual todos querían, ni tampoco era el ser más amable; mis compañeros se reducían a un grupo de diez personas con las que siempre salía a todas partes. Entre estas estaba Jota, quien fue la única que perduró hasta hoy en día. Las diez personas se disolvieron y por un tiempo me encerré en Jota y yo. Siempre y cuando la tuviera a ella todo iba a estar bien; porque aunque sólo tuviese una amiga, sabía que era verdadera. Conocimos a más gente con el paso del tiempo y aunque amigos venían y amigos iban, ella seguía siendo una constante en mi vida. Sin embargo, al llegar a mis dieciséis años algo extraño pasó, yo cambié por algún factor que hasta la hora desconozco. Cambié tanto que Jota y yo simplemente ya no podíamos seguir siendo como antes, porque ya no me bastaba tenerla a ella y peor aún tenerla a medias por que ahora era de Rafa. Debía de admitir, sin embargo, que Rafa era lo mejor que sucedió en mi vida sin duda alguna, si él no hubiera aparecido en el plano yo nunca hubiera buscado más amigas y no sería quien era ese día frente a la ventana de Londres. Aunque dolía admitirlo, alejarme un poco de Jota fue bueno, me dio la oportunidad de ver a más personas y aunque la mayoría de la gente seguía siendo plástica a mi alrededor, algunos eran tan reales que me cuesta trabajo pensar que nunca antes me había fijado en ellos. Se puede decir que hasta mis dieciséis fui una niña con muchas máscaras y que el golpe de no tener algo seguro, como lo era Jota, me obligó a quitármelas. Tanto había cambiado en un año que dudé que ese viaje, el cual habíamos planeado Jota y yo desde hace tanto, se realizara. Pero ahí estábamos, a pesar de peleas y cambios, por última vez juntas como en el pasado. Pensé en el mañana y temblé por dentro, ya éramos mayores de edad y la realidad nos alcanzó bastante rápido. Todas las personas que quería se irían a otros países a estudiar, yo me quedaría en Ecuador, no por falta de dinero para estudiar en otra parte, sino porque era mi país y no lo quería dejar; aunque eso significara comerme la camisa.
Jota se movió. Ya eran las siete, el tiempo vuela cuando se están recordando cosas.
-Loca, levántate que hay que desayunar o la bruja de abajo nos deja sin ni un bocado -le lancé una sábana a la cara y se movió bruscamente.
-Tres minutitos más… -balbuceó.
-Levántate o te pongo agua fría en la cara –amenazarla funcionó, se levantó en un dos por tres.
El desayuno no estuvo tan malo, café con leche, muffins, jugo de naranja y tostadas con mermelada. El comedor estaba lleno de personas que también se alojaban ahí, la mayoría de nuestra edad, con aspecto (y olor) de mochileros. Desayunamos bastante rápido ya que un letrero nos dio a saber que el agua caliente se acababa a las ocho y media, y ya eran las ocho. Sabíamos que no era buena idea bañarnos con agua fría y Jota era de esas que se demoraban media hora en bañarse. Subimos las escaleras a toda velocidad y Jota ganó la carrera.
-OK, te bañas primero pero por favor no te demores media hora que no me quiero bañar en agua fría. Tú sabes que yo sólo me demoro cinco minutos.
Volteó los ojos y dijo -Apúrate que te voy a estar tomando el tiempo.
Sin pensarlo dos veces entré a la ducha y el agua caliente empezó a caer sobre mí. Era la sensación más deliciosa de este mundo, sentir el calor del agua corriendo por tu cuerpo cuando sabes que al salir te vas a congelar. Normalmente me demoro cinco minutos, pero salir al haber pasado este tiempo se me hacía una tortura; lo hice de todas formas, pero no de buena gana. Después de secarme con sábanas, ya que no había toallas, y cambiarme a la misma ropa del día anterior, esperé pacientemente a que salga Jota.
-¡Chuta! -escuché desde adentro del baño y vi mi reloj, ocho y media; se había acabado el agua caliente-. Mina, ¿Cómo te secaste?
-Con las sábanas -contesté haciéndolo sonar como lo más lógico.
-Pásame un par -dijo temblando desde la ducha.
Abrió la puerta y se las di. Minutos después salió y nos encaminamos hacia el underground. Después de unas cuantas extraviadas llegamos a nuestro primer objetivo. La torre de Londres era probablemente el lugar que más me había atraído hacía esa ciudad, sin contar sus antecedentes históricos y Harry Potter. Esta torre fue construida alrededor de 1100 y es uno de los lugares más sangrientos de todo Londres. Aparte de actuar como castillo, era la prisión de todos aquellos traidores a la corona, muchos de los cuales hoy en día se consideran héroes. El patio principal está lleno de cuervos negros, ya que en el reinado de Carlos II se comentó que si algún día los cuervos abandonaban la torre de Londres, la monarquía en Inglaterra cesaría; cosa que sucedió eventualmente, cuervos negros o no, ya que el poder era compartido por el primer ministro y la reina. La exhibición incluía poder ver las joyas de la corona, estas eran lo suficientemente hermosas como para cautivar incluso al ser más humilde de la tierra. El orbe del soberano, los cetros reales y la corona eran de oro macizo, con piedras preciosas incrustadas el los bordes o el lugar al cual la mayor atención deba de ir. Dentro de la torre principal, la “torre blanca”, se podían observar las armaduras de todos los reyes de Inglaterra, incluyendo la de Enrique VIII quien era bastante rellenito, también la armadura de sus caballos y las armas que se usaban en aquellos tiempos. De las paredes guindaban espadas, escopetas, pistolas, hachas, lanzas, arcos, en fin: tú nómbralo y ahí estaba.
Al salir de la torre se podía ver el puente de Londres. No tenía mucha historia en él, pero era hermoso. Blanco con azul, se erguían dos torres idénticas en medio del puente por donde pasaban centenares de carros y como muy buenas turistas no tuvimos nada mejor que hacer que ponernos en medio de la calle del puente y tomarnos fotos a nosotras mismas, echando suerte a que no nos atropelle un autobús de dos pisos. Caminar el puente de lado a lado no fue nada fácil, peor aún fue llegar al otro lado y darnos cuenta que no había boca de underground e íbamos a tener que seguir caminando sin remedio alguno. Lo bueno de ciudades como Londres, y de ser un par de turistas que se impresionan fácilmente, es que todo era memorable; especialmente el primer punkero de verdad que vimos. Lanzamos una moneda al aire, cara: lo seguíamos y le pedíamos que se tome una foto con nosotras, sello: simplemente caminábamos recto. La moneda voló de los dedos de Jota y cayó…en medio de la calle.
-Anda a ver que es –dijo Jota. Estaba loca si creía que iba a caminar suicidamente al medio de la calle.
-¡Anda tú! Eso es demasiado dinero, Jota. Tienes que recuperar la moneda -dije mandonamente.
-Yo no voy a ir ni porque me pagues cien libras –yo sabía que hubiera ido, y sólo por cinco libras, pero no estaba de humor como para gastar dinero de más en algo tan absurdo.
-Está bien, vamos las dos. – el termino medio siempre funcionaba.
Miramos para la derecha, no venía carro. Miramos para la izquierda, venían muchos carros. Esperamos y esperamos, corriendo cogidas de la mano llegamos a la mitad de la calle y recogimos la moneda, sintiendo como los carros empezaban a frecuentar a nuestro alrededor ya que la luz roja se había acabado.
Cara. Encontrar al punkero no fue fácil, se había escabullido a una de las calles traseras mientras nosotras luchábamos por conseguir la moneda y el encontrarlo fue una odisea. ¿Qué crees que le guste hacer a un punkero? ¿Tatuarse? Fuimos a una tienda de tatúes, nada. Fuimos a donde venden trago, nada. Fuimos a cada uno de los lugares que se nos ocurría y nada. Cuando ya perdimos esperanza, nos dimos cuenta que estábamos bastante perdidas; pero el folleto de turistas nos salvó. De una manera u otra habíamos venido a parar al teatro de Shakespeare y, a pesar de nunca haber leído nada de lo que el ejemplar de humano muerto escribió, nos metimos a ver que tal era. No fue nada del otro mundo, se puede decir que el muerto tuvo sus obras en un escenario bastante chiquito.
-Mina, ¿ese no es el punkero? -preguntó mientras me fijaba en la silla que usaba la reina en sus buenos años de entretenimiento.
-Se parece, claro que típico todos se parecen -contesté indiferentemente.
-Esperemos a que se voltee, si tiene un tatuaje de “the sex pistols” en su brazo derecho, justo antes de un lunar, es él -aseguró mirándolo detenidamente.
-¿Jota, cómo miércoles viste eso? Lo vimos tres segundos en la calle, ¿Cómo puedes acordarse de tantos detalles y no ser capaz de memorizar un simple procedimiento de problemas de corriente?
-No sé, pero estoy segura de que lo tiene -y efectivamente lo tuvo. Ahora, sólo nos faltaba lo más importante en este tipo de situaciones; el descaro y la valentía para acercártele a un completo extraño que tiene piercings a más no poder y decirle: “¿Te puedes tomar una foto conmigo?”.
Así que sudando de nerviosismo y con la cara apunto de estallar en una carcajada, nos acercamos a él. El punkero, llamado Robert Doyle, era apenas mayor que nosotras, su grupo favorito era the sex pistols y no hace mucho que se había teñido el pelo. Aceptó nuestra propuesta de una foto con la única condición que se la mandemos por e-mail y se convirtió en nuestro guía oficial por el resto del día. Nos llevó de regreso al puente de Londres y para gran sorpresa nuestra, si había un underground cerca, sólo que tapado por varias anuncios de coca cola. Cambiamos de estaciones hasta llegar a Waterloo. Al subir las escaleras el viento frío nos empezó a atacar de nuevo, pero la sensación desapareció instantáneamente al ver el ojo de Londres.
-Brand new, they built it for the new millennium and it was a bloody mess, if you ask me; traffic jams everywhere. I don’t know how much it weights or any of that nonsense, however it is the highest observation wheel in the world, and word has it that in a clear day, such as this, you can see the Eiffel Tower and about seven different countries. Shame it only lasts thirty minutes. -dijo nuestro guía oficial, con aire de alguien que sabe su historia.
-Have you ever been on it? -pregunté, pensando que sería el colmo que no.
-Me? No. I’m terribly afraid of heights.
-Well, so is she but I’m not missing out on this. Both of you are coming up with me -demandé, enserio no habíamos venido hasta Londres para no subir al ojo.
-Mina, no -me advirtió Jota, miedo infundido en sus ojos.
-Yeah! What she said MeanAnn!! -dijo riéndose del hecho de que no entendía nada de lo que estábamos diciendo.
-Jota, voy a comprar los tickets, si no vienen serán veinte libras desperdiciados.
-Translate -ordenó Rob, como lo bautisamos luego, a Jota.
-She’s buying the tickets anyways. If we don’t go it’s twenty pounds that will go to the garbage -explicó viéndome con un reproche en su cara.
-That’s no fair play. OK, we’ll go. But if I faint the blame will be on you -sonreí y compré los tickets.
La vista me dejó boquiabierta, mientras mis dos compañeros se aferraban con todas sus fuerzas a las barandas que se encontraban a los lados de la cápsula. El ojo se movía lentamente, pero al llegar a la parte más alta se paró para que pudieras apreciar toda la vista. Sobre los siete países no sabía, pero ahí claramente se podía ver la torre Eiffel y la parte trasera del palacio de Buckingham que parecía un collage de colores y texturas. Todo era impresionante. El río Támesis se extendía a nuestros pies, Jota y Rob se acercaron a mí para poder mirar Londres. Eran apenas las dos de la tarde, pero el hambre nos acosaba. La capsula empezó su descenso y al poner un pie fuera gotas de lluvia cayeron sobre nosotros, haciéndonos correr al underground para refugiarnos y comer nuestro snack, que constaba de sánduches de atún, agua y galletitas.
El palacio de Buckingham era nuestro siguiente objetivo. Cogimos el underground y bajamos en Victoria. Había mucha gente empapada de pies a cabeza por la lluvia que estaba tomando lugar afuera, y pensar que momentos antes había estado completamente despejado me provoco risa. Caminamos hacia la lluvia y sintiendo como nuestras únicas chompas se mojaban, paramos frente al palacio. Sus puertas estaban cerradas hasta Agosto y el cambio de guardias había pasado con apenas diez minutos. No habría otro en bastante tiempo. Jota se acercó a un guardia e hizo algo que había querido hacer desde que vio una película de Londres: molestarlo hablándole incesantemente y disfrutando cada segundo de ello. Ese día comprobó que es verdad, un guardia del palacio de Buckingham no puede mover ni un pelo hasta que se acabe su turno.
-I wonder why every single tourist does that -en verdad, creía que tenía la razón; probablemente cada turista lo hace.
-Because it seems like a heck lot of fun, doesn’t it?
-If you say so. Want a photo of both of you in front of the big old hag monument? –dijo refiriéndose a la estatua que se encontraba frente al palacio. Sonreí, le di la cámara y saqué a Jota de su sueño ilustre de molestar al guardia.
-OK, take a step backwards, another, another, another, another… - ¡Splash! Perdimos el balance y caímos muy dolorosamente en un desnivel, con charco incluido, frente al monumento. Todos; viejitos, jóvenes, turistas, locales, se voltearon a vernos encharcadas. Nos levantamos orgullosamente con un aire de “estamos bien” y correteamos a Rob por las calles de Londres. Queríamos que ese punkero pagara por lo que nos hizo. Claro, no lo alcanzamos porque era mucho más rápido que nosotras, pero solito regresó y nos dejó decirle un par de palabras no tan educadas. Nos despedimos de Rob, el inglés punkero, y nos encaminamos hacia nuestro hotel.
Subimos las eternamente largas escaleras hacia nuestro cuarto. Nos cambiamos de ropa a una que estuviera seca y lavamos la otra muda. Como no teníamos secadora, el calefactor tuve que reemplazarla. Mis pies me estaban matando, necesitaba un masaje urgente, pero sabía que Jota no es de esas que te complacen tus caprichos si estos incluyen esfuerzo físico de su parte, así que ni me molesté en preguntar. Alcé la cabeza y por la ventana se podía ver como el sol de escondía, eran apenas las cuatro de la tarde y ya no había luz natural. Convenciéndonos de que iba a valer la pena, nos levantamos de nuestras cómodas camas y encaminamos nuestros cuerpecitos hacia el museo de cera de Madame Tussaud. Aún no se que nos dolió más: la larga caminata o pagar la entrada. Dentro había esculturas de absolutamente todo: Madonna, la reina Victoria, Brad Pitt, el Keiser Wilhem I, Hitler, Stalin, Kurt Cobain, Jimmy Hendrix, los Backstreet Boys, Shirley Temple, Anna Frank…la lista seguía y seguía. Todos parecían tan reales que si hubiera sido posible acercarse un poco más, hubiera podido engañar a muchos diciendo que conocí a todos estos famosos, bueno los que seguían vivos por lo menos. Las fotos se iban en cada cosa. Habíamos traído por lo menos diez rollos de veinticuatro fotos; en este primer día ya se nos habían ido uno y medio. Tenía mis sospechas sobre que esos rollos fueron abiertos en Guayaquil, ya que los dejé a cargo de Jota y ella tiene un tick nervioso que incluye tomarle fotos a Rafa cada vez que puede. Al salir del museo hicimos el viaje más económico y útil de todos: subirnos a un autobús rojo de dos pisos. El clima cambió una vez más y ahora era una noche templada, sólo lo suficientemente fría como para recordarnos donde estábamos y no quitarnos nuestros suéteres. Conocimos varias calles de Londres encima de ese autobús y llegamos a Picadilly Circus, un tipo de redondel adonde todas las palomas vienen a descansar. Lo más sorprendente era que podías tocar la paloma y no se inmutaba. Podías perseguirla y pisar fuerte al lado de las palomas, y no se movían; habían pasado tanto tiempo cerca de humanos que ya no eran miedosas. Les dimos de comer y les tomamos fotos. Lamentablemente ya era de noche así que no nos quedaba más que hacer que regresar al hotel a cocinar nuestros macarrones con queso.
La cena estuvo exquisita; no se si fue la mugre en los dedos de Jota mientras mezclaba los macarrones ya que no había cucharas, o tal vez fue el agua de la llave en el cual los hervimos, personalmente yo creo que fue el hambre. Lavamos los recipientes de plástico que estábamos usando como platos y nos cambiamos de ropa para ir a dormir. Doblamos lo que se nos había encharcado ese día y subí a mi litera.
-Mina…- dijo desde abajo en silencio, como rogando porque no la escuche.
-Aja- contesté jugando con mi lengua y mis frenillos.
-¿Crees que las cosas hubieran sido diferentes si no hubiera conocido a Rafa? -eso si que es una pregunta profunda que sólo se te puede ocurrir preguntar en medio de una noche cuando no logras dormir, pero es una pregunta que durante un año entero me la hice a diario, y esta fue mi conclusión:
-Si lo creo, pero muy probablemente lo hubieras conocido en otro momento, o tal vez seguiríamos siendo un par de peladas y no estaríamos aquí hoy…no sé que hubiera sido de ti si no hubieras conocido a Rafa, sólo soy feliz de que lo hayas hecho -con eso le bastó y se quedó dormida. No pasaron muchos minutos antes de que yo también cerrara mis ojos y cayera en sueño profundo.
Nos levantamos, sintiendo que nuestras piernas eran de hule y se iban a rehusar a cooperar con nuestra noble causa de explorar. Seguimos la rutina del día anterior, con la excepción de que esta vez salimos del hotel con todas nuestras cosas en mano, listas para irnos a Francia. Visitamos un par de lugares, como el palacio de Kensington, el parque St. James, la iglesia donde se casan los de la realeza, la fábrica de Cadbury y el Big Ben por supuesto. Luego de todo esto, nos subimos al underground y fuimos a parar a Heathrow una vez más. Fuimos al counter para chequearnos a nuestro vuelo internacional a Francia y ¡oh sorpresa, sorpresa! la recepcionista no hablaba inglés, peor aún español, sólo francés.

-Bonjour, bienvenus à AirFrance, dans lequel puis-je servir les? -preguntó la recepcionista mientras yo seguía en un conflicto interno sobre porqué nunca aprendí francés.
-Bonjour, parle Angalis ? -dijo Jota y yo quedé atónita.
-Non -contestó amablemente.
-Bon, dans ce cas, sommes ici par le vol de des onze. Suis Julieta Merino et elle est Milanca Coronel.
-Coronel, Mèrino,ils sont ici...son vol il aborde dans une demi-heure par la porte A15. il baisse par les escaliers à main droite -de todo lo que dijo logré entender puerta y escaleras.
-Merci -¡JA! Pensé, Esa es una palabra que sí me sé.
-iIs aient un bon voyage -dijo mientras nos alejábamos.
-¿Cuándo aprendiste francés? -en serio me moría por saber
-Rafa me enseñó -claro, ¡no! Eso si lo aprende rápido, pensé mientras la envidia se apoderaba de mí.
-Bueno, ¿Adónde vamos?
-La del counter dice que hay que ir a la A15, que tiene que estar por estas escaleras abaja a mano derecha y meternos al avión como en media hora.
-Ah, de largo, como entendí todo lo que dijo -el sarcasmo salió de mi boca sin que pudiera pararlo.
-No seas picada, sé algo que tú no y punto. No te pongas celosa -dijo cortante, acelerando el paso.
-No estoy celosa –pero fue como hablar con una pared.
El vuelo fue corto, sin comida, sin música y sin hablar mucho ya que el ego no me daba para disculparme tan rápidamente, necesitaba por lo menos un par de horas más antes de humillarme en público. Al llegar al aeropuerto de París seguimos a la multitud y sorpresivamente no nos perdimos. El clima estaba mucho mejor que en Inglaterra, pero las chompas seguían siendo una obligación. A los veinte minutos de haber llegado ya despreciaba profundamente el francés; las “sortie” me tenían harta y escuchar por todos lados “merci”…es un idioma lindo, si lo entiendes; caso contrario simplemente suena a que la gente estuviera jugando a hacer ruidos con el paladar. Nuestro hotel estaba cerca de una de las tantas estaciones de metro, así que al igual que en Inglaterra tomamos el metro y esperamos por nuestra bajada. El hielo entre las dos era insoportable. Normalmente a estas alturas del partido ya hubiera sucedido algo que nos hiciera romperlo, aunque sea un evento ajeno a nosotras dos; pero esta vez parecía que tenía que disculparme o no tener con quien compartir todas las cosas que pasaban por mi mente.
-Jota, tú sabes que lo siento. Como que me cogió desprevenida que supieras francés, especialmente porque se supone que yo lo iba a aprender, no tú.
-¿Nunca puedes aceptar que alguien sea mejor que tú verdad?
-Saber francés no te hace mejor que yo.
-No estoy hablando de mi tonta, estoy hablando de cualquier persona que hace algo mejor que tu. La envidia te corroe. Admítelo.
-Si, me da envidia. Pero nunca como para estropear sus planes o botarlos por las escaleras o cosas así. Tú eres un genio en lógica, mientras que yo no puedo atinarle a eso de las secuencias de gráficos, y hasta la hora no te he empujado de ninguna escalera.
-¿Por qué te cuesta tanto decir lo siento?
-Lo acabo de hacer.
-Después de dos horas.
-Es que se me daño el cronómetro de cargo de conciencia por el cambio de horario.
-Aja…Ya, no inventes. Mejor coge las maletas que acá nos bajamos.
-Eh, Jota, me olvide de decirte algo. Hice reservaciones para una sola persona aquí en Francia, así que tendrás que entrar en el hotel de contrabando.
-¿Y cómo hago eso?
-Toma este radio, yo voy a registrarme con nuestras maletas y luego, cuando te avise, entras caminando como si fueras dueña del lugar y subes al cuarto; yo te indico donde es. Dame tus maletas para que no sospechen.
El hotel estaba en una esquina, frente a una tienda de comida y aunque no era grande se veía muy acogedor. Entré a la recepción y para mi suerte la recepcionista hablaba español, medio muletilla, pero español sin duda alguna. Nuestra habitación estaba a mano derecha en el primer piso, tenía una sola cama, un closet y baño (con toallas). La cama no era muy grande, pero habíamos logrado dormir tres personas en una cama más pequeña, por lo tanto eso no sería ningún inconveniente. El único problema con el hotel era que iba a ser difícil meter a Jota sin que se dieran cuenta, pero si era capaz de robar llaves de un bolsillo sin que se den cuenta, debería de ser capaz de entrar a un hotel sin llamar mucho la atención.
-Jota, coge las escaleras que están detrás de la recepcionista. Nuestro cuarto es el primero apenas subes. Avísame por radio si no lo encuentras, hagas lo que hagas no mires a la tipa cuando entres, sólo camina de largo.
Momentos más tarde Jota tocó la puerta y la dejé entrar. Estaba sudada, con el aspecto de alguien que hubiera corrido doscientos metros planos. No creía que subir las escaleras le haya causado tanto cansancio, después de todo eran apenas unos veinte escalones y ella estaba acostumbrada a subir mucho más que eso en su casa.
-¿Por qué estás tan sudada?
-Me perdí viniendo a acá. Me había ido a ver unas tiendas que quedan por la calle de atrás, cuando de repente me di cuenta que no tenía ni la menor idea de donde estaba. Luego me llamaste al radio y comencé a caminar en la dirección que creía era la que traía acá, en medio del camino me encontré con un perro al cual no le agradé mucho y empecé a correr. Encontré el hotel y subí lo más rápido posible las escaleras, casi matándome porque me resbalé en el último escalón. ¿Eso contesta tú pregunta?
-Definitivamente si, no se cómo te pueden suceder tantas cosas malas en tan poco tiempo. –dije francamente, ella era una de las personas con peor suerte que había conocido. Era posible que estuvieran dando muestras gratis de lo que sea y justo cuando le tocaba a ella se acababan.
-Probablemente Shan-tsu quiere que me haga más fuerte. –sugirió. Ella tenía su teoría filosófica de que Shan-tsu era su protector y ayudante en esta vida, era quien jalaba las cuerdas de su destino.
- Bueno, Shan-tsu puede hacer lo que quiera contigo con tal de que te bañes en este momento, empiezas a oler a saliva.
-No me mires a mí, es culpa del perro.
Mientras Jota se bañaba yo pensaba en todas las cosas que teníamos por conocer y todas las calles que tendríamos que caminar; mis pies me empezaron a doler con la simple idea del Museo de Louvre.
Salimos una hora más tarde hacia la Plaza de la Concordia donde habían muerto tantos en la revolución, La iglesia Magdalena y el palacio de la Opera. Los tres lugares eran espectaculares y relativamente cerca el uno del otro, pero ninguno más impresionante que Maxims, el restaurante más delicioso del mundo en el cual nunca comeríamos porque costaba un ojo de la cara. Sin embargo nos tomamos una foto al pie, como para decirle al mundo que habíamos disfrutado de una comida en Maxims. El palacio de Versailles era nuestra última parada del día. Habíamos escuchado tanto de él, de su salón de espejos y el tratado más cruel jamás firmado. Cuando llegamos caímos en cuenta que nuestras maquetas del palacio no le hacían justicia a la obra real; no sólo era gigante, sino que era asombroso. La arquitectura, los detalles, las columnas, las gárgolas, la entrada de adoquines, los jardines y sobre todo la famosa estatua verde de Luís XVI que estaba en sus afueras. El salón de los espejos era amplio, largo y en el techo había un fresco con toda la historia de la primera guerra mundial, el tratado, los personajes de la época; todo en fresco. Dios, sería una pena si alguien bombardea esto, pensé.
En el metro nos dimos cuenta que cerca de nuestro hotel estaba la plaza de la Bastilla, probablemente el lugar más revolucionario de todo París. Estábamos cansadas de tanto caminar, pero eso era algo que sabíamos no íbamos a poder hacer otro día. Hubo una gran batalla entre nuestro cuerpo y alma; al final hicimos un último esfuerzo y fuimos hasta la plaza para ver que había quedado de la antigua revolución. No era gran cosa, un monumento se elevaba en el centro de la plaza por todos los que murieron en defensa de su libertad y alrededor se podía ver una línea que marcaba el perímetro de lo que una vez fue la bastilla, o mejor conocida como la prisión del hombre de la máscara de hierro.
Toda Francia era espectacular, pero nada me impresionó como ir al Museo de Louvre al siguiente día. Era por lo menos del tamaño del centro de Guayaquil, su fachada era como la de un castillo de reyes (lo cuál lo fue por una época) pero en su entrada para el museo se encontraban tres pirámides contemporáneas, el contraste perfecto para tanta antigüedad. Tenía cosas antiquísimas, hermosas, invaluables, cosas de egipcios, griegos, incluso de la cultura valdivia. Había de todo y tan poco tiempo para recorrerlo. Las pinturas llegaban desde el piso hasta el techo, cubriendo por completo las paredes. La pintura de la auto coronación de Napoleón era impresionante, el lienzo ocupaba toda la pared y la textura era exquisita, todos parecían vivos dentro de las pinturas. La Monalisa estaba escondida en el rincón más rebuscado del Louvre y buscarla fue una misión imposible, al final no valió la pena ya que la Monalisa no era más que un retrato en un lienzo muy pequeño. Pasaron horas enteras y sólo me resbalé una vez, claro que Jota se rió de eso todo el camino a la torre Eiffel. Cuando llegamos a ella me sentí más pequeña de lo que ya era. El campo de Marte yacía a sus pies y la línea para subir a ella era tan grande como la torre en sí, trescientos veinte metros. Pero aguantamos la fila sabiendo que no volveríamos a treparnos en la torre en nuestras vidas, o por lo menos no juntas. Mientras subíamos en el ascensor me cogió la altura por primera vez en mi vida, estaba pálida; pero no era nada comparado con el aspecto de Jota quien hubiera hecho que un muerto pareciera bronceado. Paramos en la tercera y más alta de las terrazas de la torre para ver a toda la cuidad convertirse en nada más que una maqueta del actual París. Todo era tan diminuto y preciso. Los trazos de las calles eran perfectos, los monumentos que todavía no visitábamos estaban cuidados empeñosamente. Pero sin importar que tan hermoso era, nos hacía falta nuestro país; a Jota por Rafa y a mi porque no había mejor lugar en este mundo que las calles llenas de baches en mi lindo Ecuador.
-¿Tienes hambre?
-Vendería mi alma al diablo por arroz con puré de papa y carne apanada o un taco de la Kennedy.
-La perrada de Raúl.
-Pique y Pase.
-Coki’s.
-Ok, estamos en la cima de la torre Eiffel fantaseando sobre comida ecuatoriana. Mejor vamos a comernos nuestros sanduches de atún con sabor a delfín y acabemos con nuestra miseria, porque no vamos a comer comida rica de aquí a que se acabe este viaje, al menos de que nos encontremos cien euros en el piso.
-¡Mira! Cien euros. -dijo mientras me volteaba rápidamente para ver.- Jaja, caíste.
-No me hace gracia, quiero una comida decente, a este paso me voy a convertir en un atún de tanto que estamos comiendo esa cosa.
Pero se siguió riendo sin cesar mientras yo maldecía en mi mente el día que se les había ocurrido inventar el juego de “¡mira eso!”; si veías entonces caíste en su juego y se reían de ti media hora intentando de hacerte caer de nuevo.
Después de nuestro nutritivo almuerzo, cogimos el metro hacia el hotel, sin perdernos esta vez. Nos bañamos, cambiamos, maquillamos y todo el acto completo para ir a ver el show del Moulin Rouge. Creí que iban a ser un monten de mujeres en atuendos reveladores bailando en un escenario, pero en verdad fue espectacular. Sí, las mujeres si estaban en atuendos reveladores, pero los bailes eran complicados, y el entretenimiento del intermedio fue para morirse de la risa. Nos regalaron una botella de vino Ayalá, el cual prometimos que abriríamos un año más tarde, para celebrar el aniversario de nuestro viaje. Con los pies en extremo dolor y el cuerpo a más no dar, nos acostamos a dormir sabiendo que al día siguiente nos tocaría empacar nuestras cosas e irnos en el tren de la noche.
-¡Vaga! Levántate que quiero desayunar.
-Anda pos.
-No puedo, estoy de colada. ¿Te acuerdas?
-Cinco minutitos más…
-Ya son las nueve y media, cinco minutos más significa no desayunar.
-OK, OK, ya voy. Ladilla.
Entre gruñidos me desperecé y salí de mi cama. Era un día hermoso, como todos los que habíamos pasado en París, pero aún así no se me apetecía salir sin chompa. Camino al área de desayuno caí en cuenta que seguía en mi pijama y Jota no se había dignado a advertirme antes de salir del cuarto, así que me di media vuelta y subí de nuevo las escaleras, rogando que nadie me hubiera visto. Cuando entré en el cuarto Jota me esperaba sentada en la cama, con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡No! ¡Digas! ¡Nada!...es enserio, te juro que te dejo sin comida. –pero era inútil, mientras más la amenazaba, más se reía.
Minutos después regresé con su desayuno metido muy profesionalmente en mi cartera; tantos años de práctica en las fiestas de etiqueta habían perfeccionado mi arte de robar comida y explotar la capacidad de una simple cartera. Mientras desayunaba Jota, yo hacía los planes para el día; de ahora en adelante no habría más aviones, sólo trenes incómodos con todas nuestras maletas dentro de nuestro mismo compartimiento. Primero iríamos al Arco del triunfo, luego al Hotel Carnavalet y por último a Notre Dame; sería un día largo y cansado, ya que estaríamos halando nuestras maletas todo el rato.
Al final de la avenida estaba el arco del triunfo, mientras movía mis pies no podía dejar de pensar en que las tropas Nazis habían entrado marchando por ahí una vez, probándole al mundo entero que ellos eran los mejores de la época. Carros pasaban rápidamente enfrente de nosotros pero después de vivir en Ecuador donde el conductor tiene preferencia sobre el peatón, cruzar la calle fue pan comido. En la parte más alta del monumento había varios escudos con el nombre de las batallas más famosas del enano Napoleón; un genio en la batalla, pero nadie le quita lo enano. Bajo nuestros pies, la tumba del soldado desconocido. Uno de los tantos soldados que han muerto por su país e ideales y cuya identidad nadie conoce, me corregí a mi misma.
-Qué horrible dar la vida por tu país y que nadie sepa que fuiste tú. Qué es por ti que este es un lugar mejor. Qué nadie sepa quien fuiste.
-No se Jota, si lo piensas bien, cada uno de nosotros da su vida por algún ideal de una forma u otra; la madre que por su hijo sacrifica su carrera, el doctor que cura a enfermos incluso después de que se acabó su turno, el vendedor que regala una manzana a una persona pobre, el pobre que fue honesto y no robó…la lista pudiera continuar para siempre, y aunque todos ellos hicieron del mundo un mejor lugar, no recibieron un monumento a cambio, sólo una lápida con su nombre y las lágrimas de unos cuantos. Viéndolo así, ser reconocido mundialmente por ser un misterio no me suena tan mal.
- Mina, no más macarrones para ti. Te ponen muy filosófica y melodramática.
-Ja, chistosa. Ya deja de criticar mi sabiduría y vámonos para el siguiente lugar. No nos queda mucho tiempo acá.
-¡Tenemos cinco horas! –dijo con incredulidad, viéndome como si fuera de otro planeta.
-Exacto…no tenemos tiempo.
Nuestra siguiente parada fue el Hotel Carnavales, con su museo dedicado casi enteramente a Luis XVI, el rey que se creía sol. Dentro del hotel estaban los documentos más importantes de la historia francesa, pero eso no captó mi atención en lo absoluto. Sin embargo, las habitaciones que sirvieron como prisión para la familia real durante la época de la acusación de Luis XVI eran impresionantes. Si esa era una prisión yo no hubiera tenido ningún problema en recibir la pena máxima.
-Aurais-tu aimé vivre as? –dijo un total extraño cerca de mí. Hasta cierto punto no estaba segura si hablaba conmigo o no.
-Ne parle pas Français –pronuncié tímidamente mientras veía al extraño y me pateaba mentalmente por no haber aprendido nunca francés ya que el extraño en cuestión no estaba nada mal. Me pregunté a mi misma ¿Por qué cuando al fin puedo abusar de las habilidades de Jota, ella me deja solita y abandonada?
-Er… Sprechen Sie Deutsches?
-Non.
-¿Italiano?
-Non.
-¿Español?
-Ese si –dije a aquél extraño que por el momento me había dejado impresionada con el dominio de cuatro lenguas, o por lo menos el aparente dominio.
-No pareces de España.
-Es por que no lo soy. Vengo de Ecuador. –me dio una de aquellas miradas que dicen “¿Y eso con que se come?”- ¿Latinoamérica? ¿Mitad del mundo? ¿Galápagos? ¿Debajo de Colombia y encima de Perú? –si no era capaz de reconocer a Ecuador después de tantas pistas, entonces no valía la pena.
-ISA Gobelet Mondial deux mille quatre –dijo emocionado, mostrando que entendió a lo que me refería. Yo por mi parte levanté una ceja, dando a entender mi falta de comprensión en cuanto a lo que me acababa de decir.- umm…Surf 2004.
-Si, el mundial de Surf fue ahí en el 2004.
-Bueno, lo que te pregunté fue: ¿Te hubiera gustado vivir así?
-A primera vista si, pero después de recordar todo lo que esto implicaba: las formalidades, reglas y estándares llegué a la conclusión que prefiero mi incomodidad, es más cómoda después de todo.
-¿Cómo se llama?
-¿Qué cosa?
-Usted.
-Ah, lo siento, no estoy acostumbrada que me traten de usted. Me parece lejano a mí, como si estuvieran hablando con otra persona. Me llamo Mina. ¿Y tú?
-Pierre. –dijo mientras yo me reía lo más disimuladamente posible.- ¿Qué es tan gracioso?
-Nada, es que es típico nombre de película francesa.
-Bueno, estoy seguro que de donde tú vienes hay bastantes Minas… -dijo sonrojándose.
-Si quieres la verdad, no. Mis padres me pusieron un nombre bastante original. Aparte Mina es mi apodo, mi verdadero nombre es Milanca.
-Uhumm. –escuché atrás mío y me di la vuelta para contemplar a la más hermosa criatura de este mundo, Jota, quien por el momento parecía más una cabra loca que una persona hermosa.
-¿Te atoraste? Ah, lo siento. Jota este es Pierre, Pierre está es Jota. Estamos viajando juntas.
-Gusto en conocerte. –dijo Pierre mientras extendía su mano derecha para saludarla. Jota la tomó muy reluctantemente.
-No, el gusto es todo mió. –dijo fríamente, como un robot programado para decirlo. –Si quieres saber que me pasó te lo diré: me perdí y para colmo terminé metida en una habitación muy pequeña. Mi claustrofobia no ayudo mucho tampoco. Ahora, si nos disculpas Pierre, tenemos que irnos a Notre Dame o no alcanzaremos a conocerlo.
-¿Se van hoy? Yo me voy hoy para Brugge a visitar a mi madre.
-¿Me estas jalando la pata verdad? –dijo Jota sorprendida, más no alegre, pues nuestra siguiente parada era Brugge.
-¿Halando pata? –preguntó verdaderamente confundido por la terminología.
-Molestando, haciendo una broma…mintiendo. Es que nosotras vamos para Brugge, entonces es medio raro que tú también vayas para allá.
-Las puedo acompañar si quieren, mi tren no sale hasta en dos horas y cuando ya lleguen a Brugge les puedo dar un lugar donde dormir. Si quieren también podemos salir a pasear. Mi mamá es como la enciclopedia de Brugge. –ofreció amablemente, pero había algo con Jota que no cuadraba con su normalmente radiante personalidad de sirena buena, así que antes de que yo pudiera aceptar la oferta, Jota dijo:
-Creo que estaremos bien solas, pero gracias de todas formas.
-Bueno, en ese caso escríbeme algún día, este es mi e-mail. –dijo escribiendo en un papel algo que se veía bastante como jeroglíficos.
-No puedo leer lo que dice aquí, sin ánimos de ofender.
-Dame la tuya y yo te escribo. -sugirió. Tomé el mismo papel y escribí en una esquina mi dirección, con letra bastante legible según yo.
-Muy bien, adiós. –susurré más para mi misma que para el resto, caminando junto a Jota hacía la estación del metro. El viaje a Notre Dame fue silencioso y por mi mente cruzaban muchas ideas de cómo era mejor matar a Jota. En cambio en la cara de Jota sólo se leía una expresión: no quiero hablar de eso.
El metro se detuvo bruscamente, forzándonos a salir a lo que sería nuestra última parada en Francia. No quería pasar todo el paseo por la Iglesia sin hablar con Jota, me gustaba meditar pero el silencio entre las dos era exagerado.
-Jota, ¿Qué fue eso? ¡Sé que es un extraño y toda la cosa, pero por amor a Dios no era para tanto! –dije desesperadamente. La vi esperando una respuesta coherente; caso contrario tenía un par de escenas de Dragon Ball Z que quería poner en práctica. Después de lo que pareció una dinastía china contestó:
-¡Te salvé la vida! ¡Por todo lo que sabes pudo haber sido un asesino en serie! Hoy en día no se puede confiar en todos…
-¿Asesino en serie? Y eso viene de la persona que solía conocer cinco personas nuevas en cada fiesta. Ellos también podrían haber sido asesinos en serie. –dije invalidando su argumento instantáneamente.
-¡Ahhhhh!…ya, está bien. Extraño a Rafa y verte a ti con un francés no…no, simplemente no. Ya estoy bastante sola y si te la pasas todo el rato con él entonces ¿qué se supone que hago yo…?
-¿Cuántas veces te he dicho que estas loca y qué tus hormonas le ganan a tus neuronas?
-Cuatrocientas setenta y nueve, pero ese no es el punto. Realmente lo extraño. –una lágrima corrió por su mejilla. Sabía que no había salida fácil de esa. Cuando Jota comenzaba a llorar había dos opciones. Uno: la consolabas. Dos: revivías el diluvio universal.
-Ya vamos al tercer país Jota, falta cada vez menos para que lo veas. Tú sabes que él quisiera que la pasaras bien. Si me hubieras dejado aceptar la comida y el alojamiento gratis que nos estaban ofreciendo, tuviéramos dinero para llamar a Rafa.
-Entonces apurémonos para encontrarlo en Gare Du Nord y que no se nos escape la posibilidad, aparte estoy cansada de tanto macarrones y galletas.
Contemplábamos aquel paisaje que habíamos visto tantas veces en el Jorobado de Notre Dame. Desde la terraza de la Iglesia se podía observar el río que divide la cuidad, las casas de cientos de personas y la plaza que estaba llena de palomas esperando a ser alimentadas. Al bajar para ir al metro fuimos atacadas por dichas palomas y por primera vez en la vida entendí el miedo de tantos hacía las palomas: sus picos eran realmente duros y no se sentía nada agradable ser tratada como comida.
Al llegar a Gare Du Nord buscamos desesperadamente a Pierre, pero sin suerte alguna. Por lo visto su tren se había ido tres minutos antes de que llegáramos y hasta ahí quedó nuestro sueño de una cama cómoda, una comida decente y un poco de dinero extra. Pronto nos tocó a nosotras mismas embarcarnos en nuestro tren a Brugge. Las maletas pesaban cada vez menos, lo cuál era un alivio porque no quería arrastrar cosas pesadas por toda Europa. Encontramos un compartimiento muy amplio en primera clase y juntando los asientos formamos camas. Dormimos la mitad del camino a Brugge, la otra mitad fuimos despertadas por bulla, el señor que chequeaba los pasajes y un cierto francés que ya conocíamos.
-¿No qué tú tren se iba antes del nuestro? –pregunté con verdadera curiosidad, encontrarme dos veces en el mismo día con alguien no era algo que me sucedía muy a menudo, al menos de que sea planificado.
-Llegue tarde y me metieron a este, fui a buscarlas a Notre Dame pero no las encontré.
-¿No viste a dos personas siendo atacadas por palomas? –preguntó Jota, esta vez siendo ella misma y no “Jota la ogro verde”.
-Si…
-Entonces si nos viste. –dijo Jota, mientras nos reíamos de nuestra mala suerte.

Después de una pequeña conversación, Jota introdujo muy cuidadosamente el tema de la oferta que nos había hecho más temprano, disculpándose por haber sido un dolor de cabeza con él, poniendo como excusa su claustrofobia. Él aceptó las disculpas alegremente y juntos nos bajamos del tren, rumbo a la casa de la mamá de Pierre. Dicha casa estaba bastante bien escondida en el pequeño pueblo y como llegamos de noche ni Jota ni yo sabíamos a donde miércoles estábamos yendo. Pierre nos ayudó a subir las maletas hasta el departamento de su madre mientras las dos esperábamos nerviosas del otro lado de la puerta mientras el hijo le decía a la madre sobre la visita inesperada de dos completas extrañas que había conocido hace menos de un día. Nosotras teníamos en mente salir corriendo si no nos abrían la puerta en los próximos treinta segundos, pero justo cuando dimos el primer paso la puerta se abrió, aceptándonos dentro de la casa. La mamá era bastante parecida a él: pelo negro lacio, ojos claros, sonrisa amplia, estructura mediana y labios finos. Las únicas diferencias reales entre ella y su hijo eran: el color de los ojos, los de ella verdes y los de él azul; y la altura, él era alto mientras que ella medía lo mismo que Jota, lo cuál para mi significaba que era alta.
Comimos…de verdad comimos, ya habíamos olvidado como sabía la comida de verdad y no la que viene en pequeñas fundas o enlatados. Quedamos tan llenas que no nos movimos de nuestro puesto hasta que el gato se trepó en la mesa y nos hizo saltar, causando que Jota se cayera de su silla y que yo me riera sin parar. Estábamos cansadas y nuestra cama se veía tan suave y cómoda que si no hubiera sido por Pierre y sus insistentes invitaciones a explorar el pueblo, hubiéramos dormido por semanas enteras sin problema alguno.
Brujas era apenas un pequeño pueblito, tan pequeño que incluso se decía era posible recorrerlo en menos de tres horas andando en bicicleta, pero no estaba apunto de comprobar esa teoría. Claro está, para ser un pueblo no se parecía a ningún pueblo que yo haya visto. No había chivos sueltos, puercos andando por las calles...incluso había asfalto de verdad. Ahora, esa es la diferencia entre un pueblo tercermundista y uno del primer mundo. Pero había algo más en ese pequeño pueblo, no se si fue la temperatura perfecta, tener a Jota viendo todo como si estuviera hecho de juguete o el sentimiento de estar segura, pero me pareció que Brujas era sin lugar a dudas el segundo mejor sitio del mundo, siendo el primero, claro está, Ecuador. Todas las casas eran pequeñas, de varios colores, los adornos detallados, las calles tenían caballos halando carrozas, las tiendas vendían pequeñas brujas y dragones…todo era mágico, un pueblo sacado de un cuento de hadas. Nos detuvimos en un bar, pero nuestro anfitrión cambió de parecer mientras veía hacia el canal, donde un botecito se acababa de detener.
-¿Quieren ir al bar, junto a mucha gente borracha o prefieren andar por los canales? La verdad en ambos se van a divertir, pero algo me dice que no tienen veintiún años todavía...
-¿Cuántos años tienes? –preguntó Jota, mientras yo me preguntaba como me podía haber olvidado de preguntar algo tan importante desde el comienzo.
-Acabo de cumplir veintiuno y estoy seguro que si las dejaría entrar en el bar…por lo menos tú si entrarías, en cuento a Mina dudo que le pongan un día más de dieciséis años. –dijo mientras lo veía con una cara que sugería en cada una de sus líneas de expresión que acababa de tocar un nervio muy profundo.
-Para tu información tengo dieciocho, soy incluso mayor a Jota. –dije orgullosamente, mostrándome amenazante, o tan amenazante como alguien que apenas te llega al hombro, cubierta en abrigos rosados y realmente despeinada se puede ver.
Él se limitó a verme hacia abajo y decir –Bueno, eso prueba mi punto, no hay forma de entrar al bar así que les sugiero inventarse algo que hacer o subir al bote.
Mientras caminábamos hacia el bote a Jota se le ocurrió una idea a prueba de aburrimiento, como ella había dado a entender ¿Cuál era el punto de estar metidos en un pueblo digno de un cuento de hadas y brujas, si no se contaba una buena historia de terror? Normalmente la hubiera apoyado de todo corazón, yo no le tenía miedo a las películas de terror, eso era porque sabía que no eran reales; pero en ese pueblo todo parecía posible. Así que mi estomago se hizo ocho al escuchar a Pierre afirmando que lo de las historias era una idea estupenda.
Nos sentamos cerca del río, bajo unos árboles que perdían sus hojas, las cuales caían lentamente sobre la nieve; en otras circunstancias todo eso hubiera sido romántico, pero en ese instante era simplemente espeluznante. Pierre encendía la fogata (linterna, ya que es prohibido acampar cerca del río) en medio de los tres. Nos vio muy severamente a los ojos, dándose un aire de misterio y suspirando comenzó a hablar:
-No hace muchos años atrás, en la calle Wollestraat sucedió una gran tragedia. Había un par de jóvenes que se iban a casar, todo estaba listo y cómo no somos muchos en este pueblo, todos estábamos invitados a la boda que se realizaría en aquél parque de allá.-dijo mientras señalaba al otro lado del río, donde estaba la plaza principal del pueblo– Pero en el último momento todo cambió. Aunque este es un lugar muy seguro, no quita que tenemos nuestros cuantos locos importados. Al lado de mi casa solía vivir el señor Mattiazzi, un italiano que ya hace mucho había perdido los cabales, y quien sólo Dios sabe porque trabajaba como chofer. Ya todo estaba arreglado para la boda y la novia entró a la limosina, sonriendo y pensando que sería el día más feliz de su vida. Avanzaban a una velocidad prudente y tomaron la curva de Wollestaat, el carro fue a parar contra un poste y ese fue el fin del loco Mattiazzi y ella. No hubiera sido nada fuera de lo normal si hasta hace dos años no hubiera aparecido el señor Ljüngberg en el café en el que trabajaba aclamando haber visto a la novia intacta en la calle, esperando pacientemente a que la recojan. Todos lo creímos loco, pero después otro afirmó lo mismo, y otro y otro…hasta que ya fueron demasiados como para decir que era simple demencia. Sin embargo yo seguía sin creerlo, hasta que una noche yendo a recoger unos mariscos me encontré caminando por Wollestraat y ahí estaba, esperando pacientemente. No se que se me vino a la mente, pero decidí acercarme a ella y momentos más tarde me arrepentí de haberlo echo, pues su cara se transformo y su vestido se puso viejo. Lleno de miedo cruce la calle y nunca mas he vuelto a pasar por Wollestraat, no lo haría ni porque mi vida dependiera de ello.
-¿Pretendes que te creamos? -dijo Jota mientras se acercaba a mi, su voz tranquila pero sus manos temblando.
-No pretendo que me crean, si quieren comprobarlo las llevo a la calle y pueden ir por su cuenta.
-Eh, mejor no… ¿Qué tal si te contamos una nosotras?
-Suena bien. –dijo indiferentemente, como si no existiera nada que podía asustar más que lo que nos acababa de contar.
-Jopotapa, ¿Lapa Lloporoponapa?.
-Sipi, peperopo tupu lapa cupuenpentaspas…yopo lopo vopoypoy apa apasuspustarpar.
-Eso es demasiado descortés, ya párenlo.
-Ya, ya paramos. Bueno, aquí va la historia: mucho tiempo atrás vivía en nuestro país una señora rica que se enamoró de un hombre humilde y contrajo matrimonio, pero esto no la hizo humilde sino que forzó a su esposo a trabajar día y noche para que ella pudiera mantener su estilo de vida de saltar de fiesta en fiesta, de tienda en tienda. Juntos tuvieron tres hijos, pero a ella le daba lo mismo, apenas si regresaba a casa para ver como crecían sus hijos. Cuando el hombre murió se llevó consigo todo el dinero, dejando a la señora en la quiebra. Vendió los vestidos, vendió los muebles, vendió las joyas, pero antes de vender algo más decidió que medidas drásticas debían de ser tomadas antes de que fuera su muerte social; así que lo pensó cuidadosamente y subió a sus hijos al carruaje, llevándolos hacia el río. Los drogó para que no se pudieran mover y empezó a cortarlos en pequeños pedazos, para que si la bolsa que contendría sus cuerpos fuera encontrada, nadie los pudiera reconocer. Luego los lanzó al río y vio como sus problemas se alejaban. Regresó a casa a vender todo lo que le pertenecía a sus hijos, pretendía decir que habían sido enviados a Suiza a estudiar. A la hora de dormir se encontró con que no podía conciliar el sueño, escuchaba voces alegres, veía sangre por todas partes, sentía el frío del río en sus venas. Decidió que no podía más y se dirigió hacía el río. Aquí, erguida alta la esperaba una figura oscura, quien a su llegada anunció: Lo que haz hecho no tiene perdón alguno, derramaste tu propia sangre y por eso pagaras, no tendrás descanso alguno hasta que encuentres cada pedazo de tus hijos y los hayas cosido para que vuelvan a ser uno. Así la señora hizo lo encomendado, buscó las bolsas por todas partes y al encontrarlas cosió los cuerpos, pero al llegar a la última se encontró con una terrible sorpresa: la bolsa tenía un pequeño hueco y el tercer cuerpo carecía de un dedo del pie. Hasta hoy en día se escuchan cerca del río los lamentos del alma en pena, buscando desesperadamente su salvación a cualquier precio. Muchos han sido los que han perdido misteriosamente un dedo cerca de ese río y se dice que es todo por su culpa. Entre todos ellos me incluyo yo.
-No perdiste un dedo.
-¿Has visto mis pies? –pregunté mientras Jota se acercaba lentamente a él, lista para asustar.
-No, nunca.
-Entonces no tienes forma de decir que no lo he perdido.
-Muéstramelo.
-Ni a patadas, si saco el pie en este frío lo más probable es que pierda otro dedo. Típico se me congela y se cae al río.
-¡MentirOHHHHHHH!...
Jota había logrado asustarlo y al parecer a Pierre no le gustó para nada el asunto. Se levantó rápidamente y se llevó la linterna consigo, dejándonos en total oscuridad. Sin muchos ánimos de estar solas en plena noche en un pueblo desconocido corrimos tras de él, justo antes de que entrara a una calle silenciosa en la cual no había ni un farol que alumbrara. Leí el nombre de la calle, Wollestraat.
-Pensé que dijiste que ni muerto volverías entrar aquí. Sabes, realmente comienzo a tener frío –dije aunque en realidad sentía calor y estaba sudando por dentro. -¿Por qué mejor no regresamos a tu casa? ¿O vamos por un café o algo?
-Si realmente tienes frío esta es la forma más rápida de llegar a mi casa, así que por aquí es por dónde iremos.
Mientras maldecía a mi bocota, empezamos a caminar al interior de la calle. Pronto nos vimos cubiertos de oscuridad y aunque las calles eran cortas, esta parecía no tener fin. Y entonces la vi. Ahí, parada en medio de la vereda estaba una mujer en un vestido blanco largo y con velo. Pensando que no era posible, se me empezó a acelerar el corazón, mientras mi respiración salía en cortos soplidos. Vi a Jota, ella estaba igual de blanca que cómo yo me sentía. Seguimos caminando cuando de repente la figura se movió rápidamente y nos empezó a perseguir, mi corazón se estaba saliendo de mi pecho cuando alcancé a divisar un par de zapatos de caucho debajo del vestido y me detuve en seco. Estiré la mano temblando y descubrí el velo. Era un hombre, probablemente de mi edad, que tenía exactamente los mismos rasgos que Pierre. Sosteniendo el velo miré a Pierre a los ojos con una cara de no tener muchos amigos y le pregunte tan tenuemente como pude:
-¿Tu hermano?
-Jota, Mina, les presento a Jean, sin duda alguna mi hermano menor.
-Duerme con un ojo abierto hoy porque te juro que te voy a matar. –amenazó Jota.
Caminamos hacia la casa, pero antes nos detuvimos en un café y comimos una vez más. Jota tenía cara de que quería quedarse aquí por siempre, no porqué amara el lugar sino porque la comida era extraordinaria y aparte no teníamos que pagar ni un centavo ya que éramos invitadas. Pasaron las horas y cuando ya no teníamos qué mas hablar nos fuimos hacia la casa, realmente añoraba meterme en esa cama y dormir profundamente hasta que sean las diez de la mañana, hora en la cual debíamos de levantarnos y empacar pues nuestro tren hacía Bruselas salía once en punto. Al llegar a la casa Pierre hizo una pregunta que creo debió de haber estado dado vueltas por su cabeza toda la noche: -¿Realmente perdiste un dedo?
-No, mis dedos siguen completos –dije mientras me quitaba los zapatos para comprobar mi punto- pero tengo un amigo que si perdió un dedo del pie.
-¿En el río?
-Ahora que lo mencionas, si. Estaba caminando cerca del río cuando pisó un frasco roto y perdió su dedo.
-¿Se lo amputaron?
-No, eso es lo más raro simplemente lo perdió. Nadie sabe donde está.
-Ahora sí estas bromeando.
-¿Jota, si o no que nadie sabe donde está el dedo de Xavier?
- Si, ya chequeamos en los archivos del hospital y todo, no hay rastro de que se haya hecho una amputación.
-Buenas noches, ya me han halado la pata bastante por un día –dijo Pierre mientras subía las escaleras.
-Copión -dijimos las dos al mismo tiempo mientras caíamos en la cama. Ni nos cambiamos de ropa, simplemente dormimos con lo que teníamos puesto. Tanto fue el sueño que no sentí cuando me cargaron hasta el cuarto de arriba, ni escuche los gritos que Jota pegó cuando la pretendían empezar a cargar a ella. No fue hasta dentro de un par de horas que me levanté y vi que no estaba en la sala que comprendí que nos habían cambiado de cuarto para poder desayunar y arreglar la casa en paz. A mi derecha estaba Jota, roncando como pocas veces y dándome a entender que si la levantaba sin ninguna buena excusa (cómo que Rafa allá aparecido de repente en la puerta principal), me mataba. Salí del colchón con cuidado y encontré que toda nuestra ropa había sido lavada, planchada y se encontraba doblada en una esquina, esperando a que la metiéramos a nuestras maletas. Baje a la cocina esperando encontrarme con la mamá de Pierre y muriéndome de vergüenza, pero al entrar me encontré con Jean y Pierre intentando inútilmente de hacer un sánduche. Estaban discutiendo en…lo que sea que hablan los de brujas, se me hizo imposible entender así que me limité a hacer ruidos con la garganta y verlos desde lejos.
-Buenos días. El plan original era darles de desayunar, pero como estoy seguro puedes ver hemos tenido un par de inconvenientes –señaló el mesón que estaba cubierto de varias salsas, jamones, quesos, panes, cuchillos, y otras cosas que prefiero no imaginar que eran, regadas por doquier –Pero si desean pueden hacerse el desayuno ustedes mismas.
-¿Por qué hablas en plural? Sólo soy yo, Jota está dormida.
-Holaenodias..¿ehaydesayunar? –balbuceó Jota mientras se ubicaba a mi lado y yo saltaba frenéticamente, pateándola por haberme hecho pegar tremendo susto.
-¿Qué dijo? –dijo Pierre, expresando la pregunta que se encontraba en la mente de todos.
-Hola, buenos días ¿Qué hay de desayunar?...pero si estaba clarísimo, seriamente: son sordos.
-Limítense a estar de acuerdo al menos que quieran dos horas de discusiones sin sentido –advertí antes de que Jean lograra abrir la boca para argumentar la validez de lo que Jota había dicho.
-¿Y cuál es su plan para hoy?
-¿No te dije? Nos vamos a las once en punto.
-No, no se van a esa hora.
-Claro que si… ¿Por qué no?
-Porque ya son la una.
Jota y yo nos miramos boquiabiertas, tomamos un sorbo de jugo, dejamos los sánduches y salimos corriendo escaleras arriba al mismo tiempo, dejando a dos personas riéndose a más no poder porque toda la escena parecía haber sido ensayada.
-¡Te olvidaste de poner la alarma! ¿Cómo pudiste? –reclamó Jota.
-Yo no me olvidé de nada, en este país te tocaba poner la alarma a ti.
-Claro que no.
-A que si…
-No, recuerda que nos turnábamos. La Jhonny tú, Inglaterra yo, Francia tú.
-¡Ya no estamos en Francia!
-Pero la gente habla francés.
-¿Y? También hablan alemán. Estamos en Bélgica, te tocaba a ti poner la alarma.
-Bueno, ¿Cuál es el punto de discutir? Sólo chequea cuando es el siguiente tren.
-Saltó el muerto.
-No lo hizo, no he cambiado de tema...
-Ustedes dos calmasen o van a terminar rompiendo algo –interrumpió Pierre, quien había estado divirtiéndose observando todo desde la puerta –El siguiente tren sale en veinte minutos, así que les sugiero que se apuren, nosotros las llevaremos a la estación.
Con eso dicho empezamos a empacar…
-…Disculpe, señor, pero realmente no veo el punto de decirle todo esto –dije, mirando al inspector quien había permanecido atento durante todo mi relato, cómo esperando encontrar algo que yo había dejado pasar por alto y que tal vez tenga que ver con la caga que yacía frente a mis manos, todavía cerrada. Ya habían pasado varias horas desde que me habían traído aquí, pero no lograba ver el vínculo entre mis recuerdos y la caja misteriosa. El inspector me pidió la carta que tenía entre mis dedos y anunció,
-La carta específicamente dice que recuerde toda la operación, así que le sugiero que continué haciéndolo.
-Bueno, aunque de verdad pienso que es inútil -dije, limpiándome la garganta con un poco de agua, tanto hablar había hecho que se me resecara. Tras mucho pensar en que realmente no iba a ayudar en nada, continué…
…Alcanzar el tren fue fácil, despedirnos de Jean y Pierre no tanto. Mientras le decía adiós pensaba en lo estúpidamente bueno que él había sido, y que si terminábamos el viaje con por lo menos un euro en la mano, sería gracias a su hospitalidad. El viaje a Bruselas paso sin mucho que comentar, aparte de la vez en que Jota logró que creyeran que estábamos en el país ilegalmente ya que no recordaba dónde había dejado los pasajes y ninguna de las dos teníamos la más mínima idea de cómo hablar alemán. Por suerte el señor nos tuvo paciencia y logramos encontrar nuestros pasaportes, aunque se los quedó viendo por más tiempo de lo que creo era normal. Viajar en tren había resultado no ser tan incómodo, incluso me aventuraría a decir que era mucho mejor que viajar en avión, el único problema es que no incluía comida ni película. Antes de llegar a la cuidad de Ámsterdam escuché un pequeño gruñido a mi lado.
-Dime que no lo compraste –le dije a Jota, implorando con la mirada que no haya gastado dinero en comprar al animal que cargaba entre brazos.
-No –dijo tranquilamente, pero como siempre estaba ese famoso “pero” –pero me lo acabo de encontrar tirado en el piso. Tenía este cartel a su lado.
-Genio, está en alemán. No entiendo lo que dice.
-Yo tampoco, eso es lo bacán de toda la cosa. Si alguien me pregunta sobre el perro simplemente pongo cara de que no tengo idea de lo que dice, porque en verdad no la voy a tener, y se lo regreso –dijo acariciando las orejas del perrito. Antes de que yo pudiera abrir la boca en signo de protesta, Jota puso su famosa cara de perrita rogante, y la discusión terminó ahí.
Cuando bajamos en Ámsterdam “Shopi”, como terminó Jota por bautizar a la perrita, se había vuelto parte de la familia feliz. El único problema es que no sabíamos que íbamos a hacer con ella, pero antes de poder hacernos muchas ideas un hombre alto con bigote se nos acercó y en un idioma que sonaban como si estuviera hablando con problemas de tos y sinusitis nos dijo, o por lo menos eso asumimos, que Shopi era de él, la entregamos resignadamente. Con la cabeza gacha nos sentamos en la vereda y suspiramos. Luego de la nada, escuché que Jota empezaba a reír nerviosamente, como lo hace justo antes de llorar.
-Jota, yo también voy a extrañar a Shopi, pero no llores. Ya, todo va a estar bien.
-No es eso…-suspiró, poniéndose la mano en la boca, pasaron unos cuantos segundos antes de que dijera- es, es…-inhaló una vez más y luego simplemente lo soltó de una– deje mi maleta en la casa de Pierre.
-Pierre, ¿Cómo en Brujas? ¿Ese Pierre?
-No, el de Madrid. Si… ¿Cuántos Pierre conoces?
Inhalé lentamente, junto con la maleta de Jota estaba una parte de nuestro alimento, ropa, recuerdos, fotos, todo. Pensé que realmente las cosas no podían empeorar más, cuando de la nada también yo me empecé a reír.
-¿Qué es tan gracioso?
-No vamos ni por la mitad del camino y ya no tenemos casi comida, ni ropa. Oye, dime que dentro de tu maleta estaban tus papeles.
-Emm no, esos los tengo aquí.
-¡Ah, miércoles! Yo quería que estén allá. Hubiera sido divertido.
-Ya perdiste la cordura –dijo apoyándose en mi hombro mientras reíamos juntas desquiciadamente.
-No, si quieres la verdad hubiera sido una muy buena excusa para volver a Brujas, aunque no tengo la menor idea de cómo hubiéramos encontrado la casa, no sabemos ni el apellido de Pierre.
-¿Tienes su e-mail?
-No…recuerdo que alguien no me dejó anotarlo propiamente, sin contar que su letra era jeroglíficos.
-¿Entonces?
Nos pusimos en camino a un cyber, revisamos mi e-mail y ya había escrito Pierre, diciendo que éramos muy distraídas, y que llegaría en el tren de las once a dejar nuestra maleta. Lo cual significaba que teníamos muchas horas adelantes sin comida, pero con una ciudad entera que debía ser descubierta.
Ámsterdam era una cuidad en lo cual nada funciona como debería. Aquello que se supone es el palacio real, no es más que el ayuntamiento, la oficina de correos sirve de centro comercial, la fábrica de Heineken no fabrica la cerveza, sino caramelos. El único edificio que era lo que debería de ser fue la casa de Ana Frank, la cual cuando te dejaban entrar en ella descubrías que vivir ahí tuvo que haber sido una pesadilla, sin tomar en cuenta la guerra. Caminamos sin parar hasta llegar a un puente en el cual nos ofrecieron llevarnos por los canales. Aunque no nos agradó la idea de subirnos en un bote cuando el agua se veía helada y a ciencia cierta sabías que la hipotermia era gratis si te llegabas a caer, lo hicimos. Nuestro guía nos explicó lo que siempre había querido saber: ¿Por qué son todas las casas europeas tan, pero tan angostas? ¿Por qué tenían un gancho en el ático? Y aún más importante ¿Por qué nadie usaba la ducha? Al bajarnos del bote fuimos a una calle muy especial, especial para los hombre eso es. Se llama Red Light District y su mejor mercancía eran las mujeres con ropa rasgada, poca ropa o simplemente sin ropa. Pasamos rápidamente por ahí para llegar pronto al lugar donde nos iban a recoger para ir en tour por la cuidad, y luego a ver como se hacían los diamantes. La cuidad, resulta, era bastante grande pero aún así el mayor medio de transporte era la bicicleta. Suponía que eso es lo que pasaba en las ciudades donde había demasiados carros; comenzaban a usar bicicletas. Pena que eso nunca funcionaría con Guayaquil, no había persona en su sano juicio que se subiría la loma de urdesa en bicicleta. Más adelante paramos en un mercado grande que se encontraba en plena calle y tomaba el nombre de Albert Cuyp, un lugar donde vender era lo menos importante y hacer reír a tus compradores tomaba prioridad. Jota ya se estaba quedando dormida cuando hicimos nuestra siguiente parada, los molinos de viento. Aquella vista la despertó de una vez por todas, puesto que al instante empezó a cantar para si misma y saltar como si estuviera en un concierto.
-..Si acaso tu opinión, cabe en un sí o un no y no sabes rectificar, si puedes definir el odio o el amor, amigo que desilusión…
-Por amor a Rafa, dime que no estas cantando molinos de viento…
-…Bebe, danza, sueña siente que el viento ha sido hecho para ti, vive, escucha y habla usando para ello el corazón, siento que la lluvia besa tu cara mientras haces el…
-Umhum
-..Grita con el alma, grita tan alto que de tu vida tú seas amigo el único actor…
-¿Ya?
-Si, no me sé el resto.
-No hay nada más, ahí se acaba…
-¿Entonces para qué preguntas si ya? Obvio que ya pues, si no hay nada más.
-No se, típico te daba por ponerle replay.
-Bueno, ahora que lo mencionas…Si acaso tú no ves, más allá de tu nariz y no oyes a una flor reír…
En ese momento lo único que se me pasó por la mente fue: si no puedes vencerlos, úneteles -…si no puedes hablar sin tener que oír tu voz utilizando el corazón, amigo Sancho escúchame…-y nos abrazamos mientras saltábamos como un par de locas en pleno sitio turístico, igual nadie nos conocía así que no había que preocuparse de que nos creyeran locas. Saltamos y saltamos hasta que ya nos dijeron que era hora de irnos y muy sofisticadamente nos arreglamos el pelo, limpiamos nuestras camisas y entramos al autobús. Aunque recibimos un par de miradas nerviosas y otras de desaprobación, no nos podía importar menos. El recorrido siguió adelante hasta llevarnos a la tienda de diamantes. Era una tienda chiquita, o por lo menos lo parecía ser. Había miles de miles de pedazos de lo que a simple vista no sería nada más que carbón, pero luego de inspeccionar más de cerca…seguiría pareciendo carbón. Entramos a la primera sala, aquí es donde pulían los diamantes en bruto, hacían que estos pasaran de negros a blancos en cuestión de segundos. Luego había otra sala, un poco más pequeña, donde una mujer se encontraba cortando un diamante en un forma circular, probablemente para un arete o algún pendiente.
-Sabes, ver como algo tan sucio termina siendo reluciente y muy caro te llevaba a pensar en que así mismo son las personas. A veces las que tienen peor aspecto, son las que mas brillan.
-Si, pero viniendo de una persona que considera que los grillos son las criaturas más peligrosas en este mundo, no me puedo tomar tu comentario muy apecho. –le dije, sonriendo, ella me sonrió de vuelta y luego me pegó en el hombro derecho.
-Tonta.
-Ouch, yo también te quiere boba.
Luego de eso empezamos a pasear alrededor de la cuidad, sin mapa, sin guía, sin dinero que gastar. Teníamos hambre pero sabíamos que era cuestión de pocas horas antes de que llegara nuestra salvación. Sin embargo, mientras tanto, nos rugían las tripas y cada restaurante o cafetería que pasábamos parecía más apetitoso que el anterior; hasta llegar al punto en el cual pensé que el sushi se veía rico, ahí fue cuando supe que mi estomago demandaba comida y que esas pocas horas que nos quedaban de espera iban a ser interminables. La última parada de la noche fue el Rijksmuseum, el cual tenía alrededor de mil cien pinturas, muchas esculturas y era relativamente barato. Entramos sin saber que nos encontraríamos ahí dentro, pues el arte no era nuestro fuerte. Para sorpresa de Jota en la segunda sala a la que entramos nos encontramos con Rembrandt, toda la habitación estaba cubierta de piezas originales de él.
-Ahora, esto es arte, no ese mini cuadro de Monalisa que pretende ser una pintura.
Observamos cuadro por cuadro, comprendiendo cada vez más que para ser un pintor, uno de los buenos, debes de estar loco. Cada pieza que veía tenía menos sentido que la que acababa de ver, hasta que llegamos a su pieza maestra, la “Ronda Nocturna”; o también conocida por muy pocos como “La compañía del capitán Frans Banning Cocq y del teniente Willem van Ruytenbuch”. Al darnos cuenta ya eran casi las once, así que corrimos hacia la estación del tren. El estar cerca de tanta gente comiendo, nos dolía. Era tanta el hambre que mi estomago cantaba por comida; unas mujeres que pasaron cerca nuestro nos regalaron un par de euros, sin pensarlo dos veces nos paramos a comprar lo que sea que fuere comestible, pero ni para un agua nos alcanzaba. Tras esperar pacientemente apareció Pierre con la maleta en mano y una sonrisa en su cara, pero Jota tenía tanta hambre que ni lo saludo, su primer instinto fue abrir la maleta y sacar las galletas que estaban ahí dentro.
-No la puedes culpar, no hemos comido en todo el día.
-¿Por qué?
-Porque se me ocurrió meter gran parte del dinero en la maleta de Jota. Es una de las peores ideas que he tenido en la vida, aparte del día que decidí andar en bicicleta por la ciudad.
-Pero andar en bicicleta por la cuidad es normal, todos lo hacen.
-En esta parte del mundo si, en mi cuidad ver a alguien andando en bicicleta por las calles te da a entender dos cosas: esta loco o es suicida. Gracias por traer la maleta hasta aquí.
-No hay problema, pero ahora debo de irme de regreso a casa, mañana tengo trabajo y el camino a Francia es largo.
-Glashias –dijo Jota con la boca llena, tenia el aspecto de una pordiosera, y al juzgar por cómo la gente nos miraba, yo también lo tenía. Sin más ni menos se fue Pierre de regreso a casa, probablemente rogando que no se le haya ido el tren, pensé yo.
-Mina ¿sabes qué si le hubieras pedido que se quede probablemente lo hubiera hecho, verdad?
-No, no lo hubiera hecho. Tiene trabajo mañana.
-¿Y a él que le importa eso? No todos los días te topas con una ecuatoriana que te para bola.
-Yo no le paro bola.
-Aja, otro día discutiremos sobre tu falta de disimulo y el hecho de que no sabes mentir.
-¿Dónde vamos a dormir?
-Buen cambio de tema.
-No, serio. Me muero de sueño.
-Hay un par de hoteles por el centro de la cuidad. Pero realmente no quiero caminar.
-No tenemos mucha opción vaga, así que camina.
Comenzamos a caminar por Ámsterdam de noche, era una cuidad roja. Todo de noche parecía ser rojo: las calles, los puentes, el río, la gente. Sin duda alguna Jota y yo éramos un deleite para los ojos curiosos, un par de extranjeras con ropa vieja y sucia, arrastrando sus maletas y con aspecto de estar muertas de hambre; pero en verdad nos sentíamos bastante bien. Aunque Jota se estaba poniendo sentimentalista de nuevo, se notaba en su cara.
-Mina…
-Lo extrañas.
-Si, pero no es eso.
-¿Entonces qué?
-Acabas de pisar caca de caballo. –vi mi pie y efectivamente acababa de pisar nada más ni nada menos que caca de caballo, y esta desprendía un olor que ningún francés apestoso pudo haber igualado. Seguimos caminando hasta llegar al hotel que tenía el aspecto de ser el más barato y pagamos nuestra habitación, con baño incluido ya que la situación lo ameritaba.

Viajamos hacia Viena la siguiente mañana. Esa era una cuidad de la cual nunca había escuchado, por lo visto era una colonia alemana, ubicada en Austria y famosa por sus chocolates y Mozart. Ahí nos sacamos la lotería, Jota había reservado un hotel por Internet y cuando llegamos a verlo nuestras bocas tocaron el suelo. Era gigante, abarcaba toda una esquina y su fachada lo sugería todo, era un hotel de cuatro estrellas mínimo. Esta vez me tocaba a mí meterme de polisón. Jota entró con todas las maletas y yo esperé en el frío de la noche, quemando tiempo pensando en el porqué de varias cosas y llegando a la conclusión de que hay ciertas preguntas que es mejor dejar sin contestar.
-Punta de flecha a cuerpo de lanza, sube las escaleras hasta el tercer piso, luego has derecha. Habitación trescientos quince. Cambio y fuera.
Seguí las instrucciones al pie de la letra, mezclándome entre la gente para que nadie notara que no había pagado mi estadía en el hotel. Toqué la puerta y segundos después contestó una señora gorda que se parecía mucho a las suegras odiosas de los comerciales ecuatorianos, así que me disculpe en español, idioma que ella no comprendió, y salí caminando hacia el otro lado.
-Acabo de tocar en la trescientos quince y me contesto una bruja.
-¡Ups! Trescientos doce.
-Disléxica.
Con bastante miedo toqué la trescientos doce, esperando que no me contestara un hombre desnudo o un viejo amargado, pero fue Jota quien abrió la puerta. El cuarto era un santuario para el cuerpo: tenía una ducha con agua caliente, secador de pelo, sales para bañarse, un microondas, calefacción y más importante aún, un cubrecamas…
-Tengo hambre.
-Cortanota, estaba fantaseando con esa cama.
-¿Incluía a un hombre sexy?
-No, sólo incluía dormir en ella.
-Ah, en ese caso ya deja de fantasear en bobadas y acompáñame a comer. Creo haber visto un Mcdonald’s en la esquina.
-¿Mcdonald’s de nuevo?
-Es el único lugar en el que sé lo que estoy ordenando, en cualquier otro sitio no entiendo lo que dice el menú.
-Buen punto.
-Si ves, soy pilas. Por eso me trajiste contigo.
-Si, Jota, de largo.
Bajamos a la calle y caminamos hacia el Mcdonald’s que efectivamente estaba en la esquina. Nuestra cena consistió de helado, papas y cola. Después de varios documentales e investigaciones sobre lo que estaba incluido en la carne de Mcdonald’s hicimos un tipo de pacto silencioso: nunca más volveríamos a comer esa carne, o mejor dicho ese caucho con saborizante a carne.
La siguiente mañana nos trepamos al tranvía y recorrimos la cuidad, parando en cada lugar que pareciera interesante. Había un edificio de estilo greco, con la escultura de una mujer usando yelmo y lanza dorada, a quién reconocimos después de cambiarle el nombre por lo menos siete veces como Atenea, diosa de la sabiduría. La pena de haber sido sólo dos personas en el viaje es que o bien confiabas en un extraño para que te tome la foto de las dos juntas o te conformabas con tener una foto en la cual aparecías sola; ahí fue cuando llegamos a un conflicto de intereses, pues no teníamos suficiente rollo como para poder desperdiciar dos fotos por monumento, pero si confiábamos en el extraño existía la oportunidad de que no volviéramos a ver nuestra cámara nunca mas. Al final concluimos en que la cámara estaba lo suficientemente vieja (se le caía el lente) como para que se la robaron sin que nos duela tanto, y en cuanto a los recuerdos: siempre tendríamos las grabaciones y nuestra infalible memoria.
Más adelante nos encontramos con la capilla de San Esteban, la cual estaba en remodelación y no nos fue permitido entrar. Tomamos fotos de varios monumentos e incluso nos subimos a pasear en carruaje por media hora, paseando por un parque gigante, repleto de sauces llorones y rosas azules. Tras mucho discutir, Jota me convenció de entrar en el museo de historia natural, lo cual era extremadamente raro dado a que era yo quien solía hacer ese tipo de sugerencias, aunque pronto me entere del porqué. Una de las mayores obsesiones de Jota eran los perros y justo en la semana en la que fuimos estaban presentando una exhibición de perros en el museo. Había perros de todos los colores y sabores, aunque la mayoría de fotos se nos fueron en un Husky siberiano y el pastor alemán más hermoso que haya visto hasta entonces. Una vez ya dentro del museo aprovechamos para ver que tenia que ofrecer; en la planta baja había un acuario donde me explicaron por primera vez que los caballos de mar son machos durante la primera parte de su vida y al crecer se convierten en hembras para poder dar a luz; en la planta alta había una colección de animales disecados impresionante; en la planta central se encontraban las armas de guerra del país; el ala oeste ofrecía anfibios, mientras que el ala este ofrecía mamíferos vivos. Más que una visita a un museo, pareció una visita a un zoológico. Al salir del museo fuimos a patinar en hielo por unas horas, hasta que Jota me hizo darme cuenta que ya empezaba a anochecer y si realmente queríamos presenciar la opera debíamos de apurarnos. Muy distinguidamente entramos al hotel, pretendiendo ser mujeres de bien y nos cambiamos rápido, el lugar de la opera era lejos, o por lo menos eso pensábamos ya que no teníamos ni las mas remota idea de dónde nos encontrábamos. En el counter había un grupo de personas que también iban a la misma opera, los seguimos en silencio. La opera fue algo de otro mundo, nunca habíamos visto a nadie vestida elegantemente cantando con una voz tan potente que de verdad era capaz de romper vidrios. No era un gran teatro, se parecía más a un pequeño auditorio, pero había una orquesta y muchos cantantes fabulosos que hicieron de esa, una noche inolvidable. Jota paso todo el camino al hotel imitando, sin mucho éxito, a la señora de la opera; aunque eso me resultó más gracioso que vergonzante, especialmente porque no era yo quién estaba cantando.
Dormir en esa cama fue delicioso, incluso empezaba a creer que no había nada en este mundo que me pudiera levantar, hasta que Jota empezó a cantar en la ducha. Jure que en el siguiente hotel la levantaría con agua helada, aunque pensándolo bien decidí que era mala idea, Jota tenia un temperamento bueno pero había descubierto con el paso de los años que no responde amigablemente hacia el agua fría. No fue hasta que llegó al final de la canción y pegó un grito que hubiera sido escuchado hasta por un sordo que decidí levantarme de la cama, resignándome a que no podría dormir más. Empecé a preparar el desayuno, sánduche de jamón y leche con chocolate una vez más; estos se habían vuelto la especialidad de la casa.
Después de que salió del baño y me bañé yo, tomándo