LA PLAZOLETA HERNANDARIAS
Lo que voy a contarles es cierto, estrictamente cierto. Yo, al menos, nunca dudé. Me lo confesó una noche un periodista amigo, alguien a quien sé que consentirán que no nombre. Fue en un bar del centro de Paraná, mientras entreteníamos unas copas, aliviando a sabiendas un tiempo de mutuos cansancios. En ustedes está ahora el capricho de creerme.
Intentaré ser lo más riguroso posible.
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A las 9 de la mañana del sábado 16 de agosto de 1997, después de un sueño lleno de sobresaltos y angustioso, el cronista especializado en temas policiales Esteban Celentano, medio dormido todavía, se paró frente al espejo del botiquín del baño y miró fijamente su cara. Lo que vio fue lo que había presentido ni bien abrió los ojos y se había negado a aceptar como posible: se estaba borrando. En su cara ya no se veía el pómulo izquierdo, y la ceja y el ojo del mismo lado estaban dudosos, como esfumados, y apenas se distinguían como en un borrón. En una de sus manos los dedos meñique y anular también eran una ausencia. No quiso o no se animó a desabrochar el pijama…
Entiéndase bien, por favor, no se estaba volviendo invisible, se estaba borrando, estaba desapareciendo. El miedo lo despabiló en el acto. Se acordó instantáneamente de su encuentro del día anterior con Miguel Angel Coria y un sudor frío y nutrido le humedeció lo que le quedaba del cuerpo.
Ese encuentro había sido en la plazoleta Hernandarias, la que a pesar de ser muy bella, es una plazoleta olvidada de la mirada de todos. Acaso sea porque está justo frente a la entrada principal del cementerio, y quienes pasan por allí tienen el alma y los ojos puestos en otra parte. O por el estigma que la marca para siempre.
No quiero distraerlos ni distraerme, pero necesito ser riguroso...
La plazoleta está delimitada por las calles España, Cadete Cejas, Perú y Gran Chaco, y quien va en auto o sigue estrictamente las flechas del sentido del tránsito, no puede darle la vuelta, aunque quiera y aunque Cadete Cejas sea calle de doble mano. Todos en Paraná saben desde siempre que, en realidad, la plazoleta es un solapado laberinto puesto allí alguna vez por algún infame y resentido funcionario municipal, para que quien intente darle la vuelta siguiendo porfiadamente un sentido lógico, atraviese los umbrales de un mundo recíproco pero desemejante, perdiéndose en un universo lateral, paralelo, otro.
Enfrente, por calle España, en donde alguna vez funcionó un comité de la Unión Cívica Radical, hay ahora un bar llamado “Diez puntos”, en el que consuetudinarios borrachines gastan horas y horas desperdiciando su escaso sueldo en vino “bigoteado” y cerveza de la mala. Se juntan después del trabajo, y a veces antes, y mientras charlan de sus labores, de fútbol, y de mujeres de mala vida que conocieron o desean, se invitan las copas unos a otros, exorcizando a tragos la pobreza y la mala suerte. Esteban Celentano solía ir puntualmente a sentarse en alguno de los bancos de pórtland y sin respaldo de la plazoleta a mirarlos, lejano, ajeno, mientras tomaba unos mates y revisaba su trabajo.
Ese día, el día anterior al que comenzó a borrarse, él estaba sentado desde hacía un rato cuando se le acerca, viniendo despacio desde el bar, o desde alguna parte, Miguel Angel Coria.
-Hola, periodista –le dice.
-Hola, Miguel –le contestó, y en ese momento se dio cuenta que no sabía por qué sabía que su interlocutor se llamaba Miguel Ángel Coria, ni por qué el otro sabía que él era periodista.
-¿Va a llover? –pregunta Coria como para comenzar la charla.
-No creo.
-Ustedes siempre se equivocan así que, por las dudas, voy a buscar el paraguas y más tarde me voy a poner a hacer unas tortas fritas –dice y se ríe con una carcajada que muestra sus dientes blancos, grandes y parejos.
Celentano lo mira y sonríe. “¿De dónde lo conozco?”, se pregunta…
Miguel Ángel Coria, es morocho y retacón, con el pelo negro y chuzo, peinado casi ridículamente con un flequillo moteado con mechones de canas. Debe andar por los cuarenta y tantos, pero parece más viejo. Camina unos pasos siguiendo el sentido de calle España, hacia el lado del Puente Blanco, y de repente se para, mira por sobre el hombro y pregunta perezosamente, como al descuido:
-¿Querés saber como murió exactamente Alfredo Yabrán, vos que sos un periodista de policiales?...
-¿Me estás cargando?
-¿Querés o no querés?...
-Claro que quiero.
-Yo te lo puedo mostrar, pero debo prevenirte que es posible que después que lo sepas y que lo veas, tu vida y vos ya no sean lo mismo.
-¿Me estás cargando, Miguel?... Ya sé que si puedo saber cómo murió exactamente Alfredo Yabrán y lo publico mi vida va a cambiar, pero ¿poder verlo?...
-No me entendiste, periodista. Yo no te dije que lo ibas a poder publicar; pregunté si querías saber y si querías ver como fue la cosa, nada más…
-Quiero.
-¿A cualquier costo?
-Sí.
-¿Vos sabés lo que dicen de esta plazoleta?...
-¿Lo del laberinto y el mundo paralelo?... Sí, lo sé. Sé que es una leyenda paranaense.
-No es leyenda: estás en el laberinto, aunque no lo veas. Y yo sé como entrar a ese otro cosmos donde es posible saber el pasado y el futuro en un instante, donde es posible todo, pero de donde no se regresa, o si se regresa, es arrastrando alguna fatalidad... ¿Querés entrar todavía?
-Quiero.
-Seguime, entonces…
Esteban Celentano se levantó, llegó hasta donde estaba Miguel Angel Coria y juntos comenzaron a caminar siguiendo el sentido de calle España, al llegar a la esquina de Cadete Cejas doblaron hacia la izquierda, en la otra esquina doblaron otra vez a la izquierda, por Perú, y al llegar a la intersección con Gran Chaco no se los vio más, se esfumaron. Una de las tantas puertas del laberinto se había abierto, o cerrado...
Eso fue el viernes 15 de agosto de 1997, a la tarde. Al otro día, a las 9 de la mañana, Esteban Celentano comenzó a desaparecer. A las 12,35 ya no estaba más. Lo último que vio mi amigo de él fue la mitad derecha del labio inferior, que parecía flotar en el aire. Había ido a devolverle unas revistas...
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Así me lo contó y así se los cuento yo ahora a ustedes. Nunca me aclaró cómo Coria y Celentano se conocían, o si se conocían realmente, o si a Celentano le pareció que él y Coria se conocían. No le pregunté en ese momento, como tampoco le pregunté si alcanzó a decirle o a ver cómo murió Yabrán. Pagué y nos fuimos.
Sé que mi amigo no me mintió, que no inventó nada, porque cuando salíamos del bar, él se levantó primero, caminó delante de mí, y pude ver que en la nuca le estaba brotando una hoja de jacarandá. Después, nadie lo volvió a ver. Extrañamente, pocos metros antes de su casa hay, desde esa noche, un jacarandá en un hueco de la vereda, apenas al costado de la pared, y que tiene más o menos su altura.
Sé que mi amigo también hizo el extraño recorrido y que por eso me confió lo que les he contado, presintiendo o sabiendo su propio destino de inmovilidad, silencio y madera.
Yo vivo a media cuadra de la plazoleta Hernandarias, por calle España. Desde ese día voy algunas tardes a sentarme en alguno de los bancos de pórtland a hacer como que leo. Hay un gordito de pelo desteñido y escaso en el bar “Diez puntos” que me mira y me saluda, como si me conociera. Estoy seguro de que también es Coria. Estoy seguro de que sabe que soy periodista... Estoy también seguro de que si me habla un día de éstos, voy a decirle que sí cuando me invite a hacer el recorrido.
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