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El Sueño de Mauricio
EL SUEÑO DE MAURICIO
“La filosofía inconsciente y aplicada es una premonición que nunca erra”.
Este es el proverbio, la sentencia, el incomparable aforismo adoptado por toda una ciudad y convertido con los años en refrán que identifica a los coterráneos del insigne autor, todos ellos orgullosos de la recién inaugurada estatua de tres metros de altura del célebre escritor; el primer célebre en la gris historia de dicha ciudad provinciana; al conmemorarse un aniversario más de su prematura muerte.
El alcalde se llenó la boca de orgullo, los ojos de lágrimas y el cerebro de ideas ajenas; tomando el micrófono para recordar al hijo predilecto aquel soleado mediodía de la develación de la efigie, rematando su locución de la siguiente manera:
-¡Que Dios tenga en su santa gloria a nuestro querido amigo! ¡Mauricio: siempre te recordaremos en esta, tu gran frase que hoy se inmortaliza con letras de oro: “La filosofía del cociente aplicao’ es una premonición del nunca errar”! –dijo, de memoria.
Era tal la emoción en esos momentos que nadie advirtió, entre sombreros al aire, urras y aplausos, los terribles errores del alcalde al pronunciar la estupenda frase de Mauricio, “el bohemio”, como fue conocido entre sus escasos amigos, los cuales solían compadecerse de él al encaminarlo hasta su casa cuando lo encontraban los sábados por la mañana en cualquier esquina semejando una estatua de sal con el sol de frente y la resaca de mil demonios que lo acompañaba en sus sueños truncados tan sólo para buscar el vaso y el licor necesario; sin dejar de procurar con esmero a alguna mujer mal querida; y es que los apasionados son capaces de hundirse en todos los vicios para luego salir invictos, podría decirse; gloriosos, hubieran atestiguado algunas de sus mujeres; a pesar de que el mismo Mauricio declarara en la única entrevista que le realizara la televisión nacional, hace unos tres años, refiriéndose a su propia frase así:
-Algunos seguramente la interpretaron como el sano instinto del razonamiento cotidiano en una persona inteligente; para otros más, quizás fue un presagio fatalista; para los menos, estoy seguro, representa una teoría sin falla cuando se desea ganar el premio mayor de la lotería o un simple presentimiento llevado a la práctica, siempre y cuando se esté dispuesto a desbarrancarse en las escaleras de casa.
-Bueno, pero… ¿cuál es la interpretación del autor? –le preguntó aquella vez a Mauricio un reportero inquisitivo, intrigado por saber la verdad al intuir la mecánica de esas palabras estudiadas-, deseamos conocer la profundidad, el real significado de lo escrito por usted al final de su último libro, el cual lo ha catapultado a la cumbre de las letras hispanoamericanas.
Mauricio se encontraba cansado y algo mareado por esos cinco whiskys que en verdad disfrutó al lado de Elena, media hora antes de presentarse a esa inusitada entrevista donde él era el centro de atención; transmitida sin el menor recato desde la Patagonia hasta la Catalunya. Su nerviosismo fue el colofón, viéndose orillado a pedir que alguien le recordara la frase famosa:
-¡“La filosofía inconsciente y aplicada es una premonición que nunca erra”! –saltó emocionada de su silla cierta periodista francesa en un casi perfecto español; viendo enamorada a los ojos de Mauricio desde la mitad de la sala repleta.
-Eh… bueno –divagaba Mauricio-, digamos que todo se debió a las circunstancias… No tengo nada más qué decir –abriendo al fin sus ojos, se levantó al instante para salir presuroso en busca de Elena, la musa de ocasión, su última provocación para ser seducido a escribir una literatura medianamente decente que él mismo sentía nunca lograría crear.
Y es que, la verdad, todo se debió a aquel sutil elixir que “el bohemio” solía fumar para lograr dormir, el cual disfrutó la noche del quince de septiembre del dos mil uno, un poco antes de apagar las luces de esa casona casi derruida donde compartía su asustada soledad. Al día siguiente se celebraba un aniversario más de la Independencia Nacional, por lo tanto Mauricio no tendría que madrugar para ir a su aburrido trabajo burocrático en la presidencia municipal.
Fue así como buscó en lo alto de su ropero hasta palpar el envoltorio de periódico, fabricando en cuestión de minutos un enorme cigarro que bien podría mandar a dormir a un elefante, con el estómago repleto de aire y de hierba.
La experiencia que vivía era más que reconfortante; hasta que en la presidencia, a unas cinco cuadras del hogar de Mauricio, las campanadas, los juegos pirotécnicos y los cohetes celebrando la Independencia provocaron que todos los perros callejeros huyeran sin tregua, los gatos se erizaran de terror y la mente del escritor bruscamente interrumpía esa exquisita sensación de relajamiento y paz interna, terminado incluso sentado sobre la cama con el corazón en un puño palpitante, debido al estruendo.
Fue el momento clave: su cerebro motivado comenzó a trabajar en diferente perspectiva, en recovecos inusitados, conectando neurona tras neurona hasta provocar la luz.
“… La filosofía inconsciente y aplicada es una premonición que nunca erra…”, pensó de tajo, sin dudas ni ensayos, como si esas palabras siempre las hubiera repasado ajenas a él mismo, obsequiándosele todas y cada una de las sílabas semejando los besos que diera en su vida sobre un espejo de agua.
Logró reaccionar antes de entrar en perfecto reposo, apagándose sus neuronas una a una como semáforos mal coordinados en cualquier calle vacía de autos y de sentido.
Luego sobrevino el sueño, en el cual Mauricio se incorporó de su cama a tientas, topándose como pudo con el switch del cuarto. El momento lúcido de creación para lograr retener la frase estaba a punto de esfumarse y el aturdimiento de su mente le impedía encontrar la pluma, el papel sobre ese escritorio apolillado, repleto de plumas vacías, papeles llenos de letras inútiles.
La frustración era pasmosa, tanto como la fuerza de esa frase que a cada segundo Mauricio era menos capaz de retener. ¡Al fin su cerebro había fabricado su propia inmortalidad, pero le era imposible plasmarla, escribirla, recordarla!
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Poco antes del amanecer su rostro sereno reflejaba un gesto despreocupado que prefería analizar la forma antes que el fondo; petrificado junto a las rocas labradas de los héroes de la Independencia; viendo todos, en distinta magnitud e intención, hacia el oriente; esperando con indiferencia, Mauricio, desde aquel día, el sol levante que tantas veces lo atormentara al sufrir sus resacas de alcoba; con sus manos vacías que dejan para la posteridad tantos más poemas como amantes tuvo, a excepción de una sola de ellas; pero sobre todo esa frase inmortal que ni él mismo comprendía, tampoco supo jamás lo que significaba, menos aún por qué nunca logró recordarla, escribirla.
-¡Elena! –parecen susurrar esos labios cuando sube el sol y hasta las divisas, allá en la capital; mientras sus manos se llenan de aire ante la indiferencia de los paisanos pasando a su lado.
Texto de alipuso agregado el 13-04-2005. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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