En la Isla de la Fantasía hay bosques, desiertos, una pradera, y cordilleras; hay un sol que aparece cada mañana y desaparece con la oscuridad, y hay también una luna que alumbra las noches.
En la Isla de la Fantasía hay animales de todo tipo, hay plantas verdes, otras de hojas púrpuras, y otras rojas; y hay también aves, y por tanto, el sonido irrepetible de la melodía matinal.
Hay silencio en muchas partes, y también hay calidez y soledad. Hay tristeza y felicidad, hay amor y odio, hay amigos y enemigos.
A la Isla de la Fantasía llegó un día un hombre. Era de aspecto temible, con un grueso libro, y alas negras carcomidas por un largo sueño; con una gran cabeza rapada y con ojos negros, vacíos. Llegó cuando la luna se quedó dormida y no alumbró, cuando todos estaban sumidos en la oscuridad total, cuando nadie podía percatarse ni de su posición ni de su llegada. Surcó los cielos, dio dos o tres vueltas, y luego se detuvo en la parte más alta de la Isla, en la montaña de los vicios. Desde allí recitó su canción a toda voz, en una especie de grito, y lanzó un tumultuoso conjuro a la Isla, que quedó sumida para siempre en el regazo del fuego. Éste destruyó todo, desde los bosques hasta el sol, y dio fin a la Isla de la Fantasía, que se convirtió en la nada. En la nada…
En medio de la nada, apareció otro personaje a escena. Era una mujer; sus cabellos eran rojos como la sangre, su cuerpo semejaba al de un ángel bello, y sus ojos eran transparentes y puros como el agua. En su mano izquierda llevaba una página en blanco, y en la derecha llevaba unos lentes que seguramente resaltarían mucho su intelectualidad. Vio todo lo que el hombre había hecho, y solo supo suspirar. Recorrió la nada por un par de horas, y al cabo se colocó en medio de la nada. Entonces leyó su hoja, que comenzaba “En la Isla de la Fantasía hay bosques…”
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