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Aficionado a la poesía
"El hábito no hace al monje"
UN ALMANAQUE
A MIS AMIGAS
– ¡Un almanaque! ¿Quién me compra un almanaque?
¡Un almanaque!
Lolita, Juana, Leonorcita, María, Enriqueta, Aurelia, Pepita quieren comprar este almanaque.
–Pequeño filósofo- me dicen-: ¿Qué almanaque es este que usted pregona?
Yo les contesto:
–Lindas amigas mías, Lolita, Juana, Leonorcita, María, Enriqueta, Aurelia, Pepita: Este es el Almanaque de la señora de Thèbes.
Y ellas dicen:
–Pequeño filósofo, díganos usted: ¿quién es esta señora de Thèbes?
Yo les contesto:
–Lindas amigas mías, Lolita, Juana, Leonorcita, María, Enriqueta, Aurelia, Pepita: La señora de Thèbes es una señora que adivina el porvenir por la forma y las rayas de la mano.
Y ellas sonríen, se miran unas a otras como diciéndose algo en secreto, se remueven un poco nerviosas como ante un misterio terrible se contemplan sin poderlo remediar, con una mirada rápida, sus finas manos, Y, al fin, Lolita dice:
–Pequeño filosofo, nosotras quisiéramos saber lo que dicen nuestras manos.
– ¡Si, si! – exclama Juana.
– ¡Si, si! – exclama Leonorcita.
– ¡Si, si! – exclama María.
– ¡Si, si! – exclama Enriqueta.
– ¡Si, si! – exclama Aurelia.
– ¡Si, si! – exclama Pepita.
Yo les digo:
Lindas amigas mías: Esto es una cosa terrible; la vida puede tener para nosotros misterios que no debemos conocer; hay algo entre los hombres que vale más que las realidades que el porvenir guarde para nosotros: este algo es la ilusión. ¿Por qué queréis vosotras, lindas amigas mías, que yo destruya vuestros bellos ensueños?
Pero ellas han replicado:
– ¡No, no, pequeño filosofo! Nosotras queremos conocer los secretos que encierran nuestras manos.
– ¡Si, si! – han tornado a exclamar todas.
Y entonces yo me he puesto un poco triste. Yo he callado durante un momento, rodeado de las lindas amigas mías, como estos personajes de zarzuela que, en medio de un coro de alegres mozas, que les instan a que cuenten algo, van a decir alguna cosa tremenda que apagará, súbitamente, la alegría de todos. Yo digo, inclinándome con una ligera reverencia ante Lolita:
–Lolita, enséñeme usted su mano.
Lolita me enseña su mano.
–Lolita– observo yo –: su mano de usted es mas larga, fina y puntiaguda; usted Lolita, es una soñadora, una romántica; usted pensará a solas largos ratos; usted esperará cosas que no llegarán jamás; usted creerá que el año que viene va a realizar lo que este año no se ha realizado. Y el tiempo irá pasando, pasando; usted se mirará al espejo con una vaga melancolía, con una vaga angustia… Y usted un día se vestirá un traje negro y acabará por pensar en el Cielo.
Lolita se ha puesto un poco triste. Y yo he dicho:
–Juanita, enséñeme usted su mano.
Juanita me ha enseñado su mano.
–Juanita –observo – las manos de usted son cortas, anchas, gruesecitas y afiladas. Usted, Juanita, es una muchacha un poco caprichosa, un poco voluble, un poco impetuosa. Usted es como esas lindas damas que el poeta Musset ha visto en Madrid “bajar en las noches estrelladas por las escaleras azules”. Yo no se si las escaleras de su casa de usted son azules pero yo afirmo que sus ensueños si lo son. Usted se casará con un hombre que será médico, o abogado o ingeniero; al año, a los dos años después de la boda , usted tendrá una porción de pañales sobre las sillas del recibimiento, del comedor, de la sala; tal vez Juanita, usted ya no se peine hasta muy tarde todos los días; quizá este fino talle de usted se haya ensanchado; los trajes que ahora le duran a usted un año, entonces(por un fenómeno que todas la mujeres conocen) le durarán a usted tres. Usted querrá comprar tales o cuales cosas; esto no podrá ser, porque hay que adquirir otras más necesarias; usted replicará; don Pedro, don Luís o don Joaquín (el marido de usted) replicará también, y usted en esta casa pequeña, angosta, incómoda, se creerá profundamente desgraciada y verá al fin, que la ilusión de su juventud ha desaparecido.
Juanita se ha puesto un poco triste. Y yo he dicho:
–Leonorcita enséñeme usted su mano.
Leonorcita me ha enseñado su mano.
–Leonorcita– he observado yo –: su mano de usted es menuda, fuerte, ancha y cuadrada. Usted Leonorcita es una muchacha práctica, sencilla, amiga del orden, reflexiva. Usted, Leonorcita tiene un bastidor con un pañuelo que está usted bordando; usted tiene un neceser lleno de agujas, ovillos, tijeritas, punzones, madejitas de sedas de colores; este neceser, en el interior de la tapa, tiene un espejo; pero usted, Leonorcita, no se mira nunca a este espejo. Usted tiene también, allá, muy guardada en un armario, una cajita, donde, de cuando en cuando, encierra usted unas monedas. Usted, Leonorcita, cuando le mandan una carta con muchas cosas apasionadas, poéticas, brillantes, usted sonríe al leerla y murmura: “¡Que tonto!” Usted, Leonorcita, tendrá, cuando se case, los muebles limpios, colocados simétricamente; usted llevará un delantal blanco y de la cintura de usted penderá un manojito de llaves; usted saldrá poco de casa; a usted le gustará el campo; usted no querrá ir al teatro, en donde se representan estas cosas aburridas y quiméricas; usted tendrá un chico, o dos, o tres, a los que llevará siempre muy limpios… Pero don Rafael, don Andrés, don Fernando (el marido de usted, Leonorcita), será un hombre terrible, que no estará nunca en casa; este señor tirará la ropa por los suelos, desordenará los muebles; este señor, cuando entre en casa de regreso de sus ausencias, traerá una ráfaga de perfumes extraños, que usted, Leonorcita conocerá muy bien; este señor, un día, Leonorcita, le dirá a usted que hay que vender o hipotecar la finca de los Prados, que ha sido de los abuelos y de los tatarabuelos de usted, Leonorcita, y que usted ama tanto; este señor, al cabo de unos meses, de un año, le pedirá a usted su autorización, Leonorcita, para vender otra finca; usted, Leonorcita, verá que la casa marcha mal; en ella ya no habrá la abundancia, la tranquilidad, la alegría que antes había. Se recibirán en casa cartas urgentes; vendrán visitas de hombres misteriosos e impacientes que vocean y enseñan papeles… Y usted, Leonorcita, no llorará, no gritará, no se quejará ni ante sus criados ni ante sus niños; pero, allá en el fondo de su cuarto, cuando se quede usted
sola, usted caerá anonadada en un sillón y romperá en un largo, en un amargo llanto…
Yo he callado; Leonorcita se ha puesto triste. Y ya ni María, ni Enriqueta, ni Aurelia, ni Pepita han querido enseñarme sus manos. Y yo he dicho:
–Lindas amigas mías, Lolita, Juana, Leonorcita, María, Enriqueta, Aurelia, Pepita: Esta es la vida; el porvenir es para nosotros siempre risueño; la realidad es siempre dolorosa.
Y yo he hecho ante ellas una pequeña reverencia y me he vuelto a marchar, gritando como el vendedor de Leopardi:
– ¡Un almanaque! ¿Quién me compra un almanaque? ¡Un almanaque!
Azorín - Tiempos y Cosas
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