Inicio / Cuenteros Locales / Diego Romero (diegoromero) - [U:diegoromero]
Ignoro qué lleva a alguien a hablar de sí mismo, a mostrar su obra, a querer saber cómo los demás ven esa obra, lo cual no es otra cosa que saberse un poco visto en ella. Supongo o me digo que el hedonismo es una variable que podría favorecer cierto concilio con esta cuestión. Siendo que lo que nos ocupa es la literatura, a eso esto, debo entonces plantearme, reconocer, que en el ejercicio obrante del que escribe existe una clara simiente hedonista. Sólo cuando se es excesivamente joven es posible escapar a dicho estigma. El tiempo simplifica las cosas. El verdadero escritor sucumbe finalmente al desdoblamiento de un símbolo: verse a sí mismo desde el ojo de los otros. Toda obra, digamos todo escrito, puede ser interpretado moral o estéticamente. De lo primero se deduce con facilidad que no podemos escapar de las morales, pues aún cuando se trate de las muy propias, requieren del ejercicio de la costumbre, siempre tan molesto de obviar. En una ficción, la moral del que escribe, la moral del que lee, la moral del que comenta al primero y no llega a disfrutar lo que el segundo, se reflejan todas en el costumbrismo que trasluce el texto a través de sus personajes. De lo segundo, que en la búsqueda o factura de un gusto, la literatura encuentra su lugar en aquello dado en llamarse arte. En la capacidad de darle forma a una imagen, creo, existe la posibilidad de que una tragedia sea hermosa o de que la inmensidad quepa en un pájaro.
Escribo hace tiempo. Los cuentos que aquí se recopilan, manojo de un universo mayor, acaso cifren con justicia una pretendida forma buscada sucesivamente, como un ideal. Sé que escribo porque sé escribir, como tantos y muchos. Ciertas líneas, algunos párrafos, no pocas imágenes, me trasmiten en ellos, sí, una forma de belleza. Justifico en esa comprobación, al leerlos, el ejercicio de mi literatura, la invención de estos cuentos que son reflejo de un tiempo ya suficiente.
He decidido llamarlos, en su conjunto, Siete cuentos y Melina. Un cuento y Melina me resultaba un número escaso. Lo mismo que tres. Cuatro cuentos y Melina, guardaba cierta incómoda cacofonía entre las dos primeras palabras, mucha lengua en el paladar. Con cinco, se daba una situación similar a la precedente, y seis sonaba un poco débil por delante del nombre. Siete, entonces, fue el número justo para acompañar a Melina, a quien le debo este tiempo de amistad, de comprensión, de aceptarme tan humanamente como se acepta una flor, el llover, o estarse triste.
No sé qué sucederá con estos cuentos, con la gente que habita en ellos. Sé, indeclinablemente, que he disfrutado con la invención de estos mundos, a la manera de un dios menor, y por ello inseguro.
Como sea aquí quedarán, en la página azul. Y yo en mi revés.
DMR
Mayo y 2007.
|