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Inicio / Lista de Foros / Literatura :: Cuentos Infantiles / Poma rosas - [F:11:9231]


brunocaracas,06.07.2007
POMA ROSAS
de Bruno Mateo.


El rico sabor de las aterciopeladas Pomarrosas es algo inolvidable.

El Sol se estaba ocultando. La gente del pueblo, como todas las tardes,
se reunió al pie del noble árbol al centro de la plaza para
dejar pasar el tiempo entre risas maliciosas acompañadas de
comentarios malsanos acerca de cualquier persona. Así
transcurría la vida normal. Sin embargo, esa tarde calurosa de
Agosto, el árbol plantado al centro de la reunión
maldiciente, comenzó arrojar sus pequeñas frutas rojas, lo
que causó un asombro tan grande que hubo quien dijera que era gracia
de los duendes. Era mejor ocultarse antes de que algo peor pasara. No se
dijo más. El pueblo se ocultó escoltado por la noche.
Al salir de sus casas después de lo de anoche, las miradas
atónitas de los habitantes, vieron la enorme alfombra roja de las
Pomarrosas (nombre que reciben las frutas caídas del noble
árbol) por lo largo y ancho del pueblo. La gente se inquietó
por lo que se resolvió agruparse de inmediato en la plaza. “Si el
árbol dejó caer las Pomarrosas habrá que recogerlas”
propuso alguien. Son demasiadas. El pueblo entero no alcanzaría a
comerlas, por lo menos hasta dentro de un mes. Fue entonces, cuando
decidieron almacenarlas y olvidar lo ocurrido. Ninguna persona contó
que al día siguiente sucedería exactamente lo mismo y al
día siguiente y al día siguiente.
El almacén improvisado para tal fin estaba por reventar. Era
necesario encontrar otra solución. De pronto, una voz joven propuso,
sin detenerse en miramientos: “Cortemos el árbol” La propuesta
conmocionó al grupo. Hubo un momento paralizante. El inocente mozo
sintió un dolor avergonzarte. Los habitantes le dieron la espalda.
Quedó solo frente al árbol y con su impertinencia
haciéndole sombra.
Esa noche el joven apenado, cuando hubo de dormir, pidió al Cielo
encontrar una solución justa para todos. Con ese deseo en mente se
entregó a la quieta oscuridad. Al instante, acudió un
sueño. Se veía a la gente del pueblo agrupada.
Discutían el asunto. Entonces sonó una voz diciendo:
“Repartámoslas a otros pueblos vecinos”. Así se hizo. Por un
tiempo, los habitantes del lugar se tomaron la tarea de hacer algo
provechoso. No hubo rincón de la región que no probara el
contagioso sabor de las frutas rojas, incluso llegó al paladar del
Alcalde, máxima autoridad del lugar, lo cual le pareció tan
grato, que rápidamente convocó a sus asesores para descubrir
el sitio del que provenían las frutas. Sus queridos y complacientes
colaboradores trajeron a su presencia un enorme mapa, indicándole un
punto lejano a cualquier geografía conocida. Ese era el lugar.
Una verdadera sorpresa recibió el pueblo cuando el Alcalde,
máxima autoridad del lugar, llegó a visitarlos. Fue movido
por el anhelo de conocer el origen de tan inigualables frutas rojas. La
gente se deshizo en halagos. Se condujo al Ilustre Señor a la
modesta plaza. Al centro de las miradas, apareció el noble
Árbol, pegado al cielo luminoso y en medio de las expectativas de
los habitantes. Estos vieron con la llegada del Alcalde, máxima
autoridad del lugar, una salida. Ahora vendría el crecimiento y la
bonanza de la población. Las frutas caídas que una vez les
sorprendieron, ahora se convertían en las primeras monedas del
enorme tesoro que se avecinaba. Para el recién llegado era
maravilloso. No podía dejar de pensar en las tiernas frutas. El
asombro era abrumador. No podía creer que tenía frente a
sí al árbol de las frutas divinas. Fue en ese momento que
prometió delante de todos los habitantes de la tierra de las
Pomarrosas que traería grandes beneficios. Con este juramento, el
inocente joven se despertó alegre. Es necesario contar su
visión al pueblo entero. “Es una señal” “Es una señal”
“Es una señal” gritaba por doquier. La gente emocionada
emprendió la tarea tal cual el sueño del muchacho. Al poco
tiempo, el Alcalde, máxima autoridad del lugar, se encontraba frente
al árbol prometiendo bienestar a la tierra de las Pomarrosas.
Sin embargo, esa misma noche acudió al joven otro sueño
promisorio. Él vio al pueblo bellamente adornado. Las casas se
habían convertido en inmensas mansiones. Miles de personas los
visitaban con el deseo de probar las Pomarrosas. Todo era grandioso. El
árbol trajo consigo el tesoro prometido.
El muchacho emocionado apresuró el paso para contárselo a
las personas. De seguro que se encontraban al centro de la plaza. No
obstante, cuando llegó al sitio, el árbol de las Pomarrosas
había desaparecido. El Alcalde, máxima autoridad del lugar,
lo arrancó de raíz para trasladarlo a la Capital. En la plaza
sólo quedó un enorme hueco vacío.


Caracas, Venezuela
Octubre 1995
 



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