La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Lista de Foros / Literatura :: Crítica / Umbral, la tentativa infinita de Juan Emar - [F:5:5702]


Quilapan,17.03.2006
Como el espacio literario-virtual es tan grande y da para comentar todo tipo de obras, he querido una vez más ofrecer un grano de arena para difundir la obra de uno de los más importantes personajes de la cultura chilena, Juan Emar. Espero sea de interés para los que quieran conocer más sobre este escritor. En este espacio ya se han subido textos interesantes sobre Emar; el que más interesante encuentro de los que conozco es el ensayo , escrito por Pablo_Rumel. En el ciberespacio hay también suficiente información, de la que mi pequeño artículo no quiere ser sino una aproximación personal.

BREVE RESEÑA: Alvaro Yañez Bianchi nació en Santiago en 1893, el mismo año que el poeta Vicente Huidobro, quien sería su mejor amigo y, al igual que Emar, hijos ambos de familias aristocráticas. La diferencia sutil estriba en que Huidobro era de familia de título nobiliario, de la Casa del Marqués García Huidobro; Emar en cambio, era hijo de Eliodoro Yañez, un abogado que llegó a ser senador y candidato a la presidencia de Chile, además de ser el fundador del diario La Nación. El padre de Emar crió a su hijo primogénito con la intención de que siguiera sus pasos y así alcanzara el único logro que don Eliodoro no pudo obtener: ser el Presidente de Chile (ya me imagino a Juan Emar dirigiendo los destinos de Chile). Pero Alvaro, a quien le llamaban 'Pilo', descubrió de muy niño su vocación para las artes, y empezó a tomar clases de pintura. Se sabe que llegado a cierta edad juvenil, Pilo le dijo a su padre: ''Yo no he nacido para trabajar, no soy bueno para hacer negocios; y como usted tiene tanto dinero, va a tener que mantenerme... y en París''. Personalmente puedo afirmar tras algunas lecturas sobre la vida de Juan Emar, que la vida que él tuvo, junto con su aguda sensibilidad, lo llevó a desarrollar un rechazo a esa vida tan apegada a los márgenes y convenciones, sabiendo ya en la familia en que había nacido: Juan Emar era un hombre depresivo, 'neurasténico' como él mismo dijera, y esa depresión está estrechamente ligada con su percepción artística que desarrollará después y sostenidamente. Esto puede explicar su decisión de irse a París. Allá se impregnó de la cultura europea, se codeó con muchos gestores de las corrientes vanguardistas de la posguerra, con los chilenos que iban para allá también. Esto fue clave a la hora de que Emar decidiera llevar de regreso a Chile la buena nueva de las vanguardias que revolucionarían las convenciones y concepciones estéticas, que mientras en Europa estaban avanzadas, en Sudamérica y en Chile en particular, se hallaban anquilosadas en un medio tan estrecho que era dominado por el academicismo artístico defendido por las ideas conservadoras de la época, ligados sin lugar a dudas con las políticas de gobierno aristocráticas. Esto significó que Juan Emar se opuso a las escuelas que imperaban entonces, o sea, la Escuela de Bellas Artes, la Crítica Oficial encabezada por Alone -crítico literario derechista-, y al criollismo literario que hacía énfasis en la naturaleza, en la vida apacible del campesinado, en la belleza de las mujeres y del paisaje, sin hacer ninguna crítica social, sin innovar en punto alguno en las expresiones artísticas.

El único trabajo formal que tuvo Juan Emar fue el de columnista en el diario La Nación, entre 1925 y 1927, donde periódicamente escribía sobre todas las disciplinas del arte, o sea, literatura, música, pintura, escultura, arquitectura, siendo ésto un ejemplo de su amplio dominio estético, crisol de los demás ámbitos sociales e históricos de que se impregna el arte.

Juan Emar hizo varios viajes a Europa, en especial a París; para ese entonces ya había comenzado a escribir notas y pequeños textos; al tener una idea mayor de su Obra, uno se da cuenta de que practicamente escribió siempre pensando en pequeños ensayos, ejercicios de laboratorio que después resumiría en el colosal Umbral que dejaría inconcluso al seguir escribiéndolo hasta el día de su muerte.

Su personalidad es algo que hay que conocer para comprender el alcance de su escritura. Al ser hijo de una familia rica, de mucha influencia, personalmente pienso que le afectó en el sentido de que Emar no era el tipo de individuos aptos para la política, para los negocios, en donde hace falta ser entrador, fuerte de carácter, etc; Emar era todo lo contrario, al final era un gran místico cuyos intereses se hallaban mucho más allá de las 'pompas vanas del mundo'. De allí su afán de desarrollar en su escritura una estética que, sin rayar en lo burdo ni menos en lo panfletario, logró cuestionar profundamente los cánones sobre los que se hacía arte; en el fondo él buscó en su escritura otra manera de vivir, otros valores, trató de resaltar las virtudes del ser humano que se hallan apresadas por culpa de la banalidad, del egoísmo con que se vive; por eso su estética desarrolla otras lógicas, le da acogida al absurdo, a lo irreal absoluto, a lo solamente posible en la imaginación y en la literatura. Pruebas magistrales de ello son los tres primeros libros que publicó en 1935: Miltín 1934, Un año, Ayer, que son anti-novelas que transgreden la normativa hasta entonces entronizada en la literatura, lo que le permitió cometer la ruptura con el criollismo, ruptura nunca antes cometida en nuestro país. Estas anti-novelas no tienen comienzo ni final en el sentido que no se valen del típico argumento lineal para estructurar una historia; su único hilo conductor o espina dorsal es el Yo que cuenta la historia; se vale de recursos pitagóricos o numéricos para establecer el nuevo orden con que escribe; establece situaciones extrañas y a veces imposibles de darse en la realidad con todos sus protocolos y posibilidades, a la vez que impregna a sus personajes un marcado afán de cuestionamiento filosófico acerca de la vida, del por qué de las cosas, de las más insólitas.

Juan Emar desafió con una inteligencia única la amplia esfera de vida en la que se mueve el hombre, y lo hizo sin recurrir a la política burda, fue de más en más encriptando su postura sobre el misticismo que indaga sobre la vida, el devenir, literatura sobre la literatura, etc.

Esto le significó que la crítica no se pronunciara sobre su obra, o sea, lo relegó a su más absoluta indiferencia. Pero Juan Emar siempre siguió escribiendo. En 1937 publicó su libro de relatos 'Diez', en el que vuelve a mostrar todos los elementos que conforman su escritura, mas esta vez, en relatos fantásticos rayanos en la alucinación. Lo numérico sigue presente, en tanto ordena los diez textos en Cuatro Animales, Tres Mujeres, Dos Lugares y Un Vicio, lo que es igual a 'Diez'. Hay quien se refirió a este libro como 'La Máquina matemático-sensible'.

La mayoría de la crítica, después de el rescate de Juan Emar tras sucesivas y felices reediciones, conviene en que 'Diez' es el mejor libro de los que publicó en vida.

Mas mientras vivió, Juan Emar siguió escribiendo y llegó el momento en que desapareció de la escena artística, no se supo más de él. Así a mediados de la década del '50 regresa definitivamente a Chile y se radica en el Sur, en uno de los tantos fundos rodeados de naturaleza en que siempre buscó refugio. Allí se dedicó exclusivamente a la escritura de la obra más ambiciosa de que se tenga registro en la literatura chilena: Umbral, texto al que cualquier denominación le queda chica: es novela, diario de vida, alucinaciones fantásticas, memorias, obras no finalizadas, piezas de teatro, cartas, autobiografía, biografía de muchos personajes que saca de sí mismo y de lo que le tocó vivir; todo esto escrito en más de 5.000 páginas mecanografiadas que al publicarse finalmente en 1996, dio como resultado 5 tomos ordenados en 4 pilares y un dintel, que confirman su orden pitagórico-místico. Umbral es la escritura de todos los días, es la vida misma que va más allá a 'regiones un poco peludas' como él mismo se refiriera. Nuna quiso publicarlas en vida para que no fuese afectada por esa crítica que quiso acallarlo, sin resultado.

Juan Emar comenzó a escribir Umbral en 1942, y en la medida que avanzaba fue gestando un proyecto que le permitiría habitar su propia escritura, un refugio para poder escapar del mundo donde se encontraba y que le era hostil: elaboró, con mapa y todo, una ciudad ficticia, San Agustín de Tango, donde se hallan todos los elementos de su escritura llevados a un nivel de perfección conceptual, donde resume en los nombres de las calles, de las plazas, etc, todos los símbolos de la cultura que le tocó vivir, ya que él fue un extranjero en todo lugar, tanto en Chile como en París; impregna su ciudad con símbolos religiosos, culturales, en donde al final terminó viviendo. San Agustín de Tango es una ciudad que en ese sentido es pionera del Comala de Pedro Páramo y de Macondo de 100 años de soledad, en cuanto a un espacio amplio donde poder desarrollar un mundo propio a través de la escritura.

Por eso se habla de la tentativa infinita de Juan Emar, por eso Umbral es la más desmesurada y ambiciosa obra de ficción chilena que nos abre las puertas a un modo de concebir la literatura y no sólo eso, sino que 'otro modo de vivir', como su mismo autor dijera. Sin duda la obra de un escritor a la altura de 'en busca del tiempo perdido' de Marcel Proust y del 'Ulises' de James Joyce.
 
Quilapan,18.03.2006
Literatura :: Crítica/El Unicornio, de Juan Emar
 
Aspacia,18.03.2006
Muy interesante tu texto y gracias por compartirlo.
 
loretopaz,22.03.2006
Me gustó mucho esta biografía, es una reseña agradable de leer, llena de comentarios apropiados y simpáticos. Menos mal que no siguió los pasos de su padre (en realidad creo que no hubiera podido hacerlo!). Pienso que su obra va mucho más allá en profundidad, creatividad, en el tiempo, (hoy Eleodoro Yáñez es para mí sólo el nombre de una calle…), recién se está comenzando a publicar, y me imagino que pocos deben ser los que han leído Umbral completo. Yo me lo reservo para más adelante, quiero lerlo con calma, de a poco, para disfrutarlo, quizás en varios años…

Es verdad que un escritor se conoce al leerlo, pero el saber de su vida ayuda a comprender su obra desde otro enfoque. Gracias por este escrito.
 
Quilapan,31.05.2006
'En fin, volví a entrar en el gran taller de Rubén de Loa. Es un taller de primera calidad. Allí estaba Rubén, sentado, fumando pipa, una tela frente a él por tierra. Lo acompañaba Vitelio Doñihue, paseándose de un lado a otro. Nos saludamos. Luego la conversación siguió el rumbo que, al parecer, nuestra llegada había interrumpido. Decía Rubén:
- Hay dos bellezas, Vitelio, no lo olvides: dos bellezas. Una de ellas es la estática; la otra, la dinámica. Recuerdo siempre mi llegada, en barco, a Santos y Río de Janeiro. ¡Qué belleza, qué belleza estática! Contemplándola la descubrí, la formulé, mejor dicho, en Santos; luego la verifiqué en Río. es una belleza asentada, permanente sobre la Tierra. Allí está. Es el fruto de esos sitios. ¿Que lo es de muchos más? Por cierto. Esta belleza tiene mil puntos de asidero sobre el planeta. En cambio la belleza dinámica... ¡ah!, es otra cosa. No es ésta el fruto de ningún sitio, es una belleza que pasa y pasa, corre, vuela desaforada tocando puntos y más puntos terrestres, estando en todas partes sin estar en ninguna. ¡Felices quienes la ven! Envidio a quienes la divisan siquiera. Me envidio a mí mismo porque la he divisado a veces. He divisado lo que está en todo lugar. Al encontrarme con ella he tenido una reconciliación con el mundo entero. Es la belleza de las lindas mujeres, de Perpetua Mamoeiro y... ¡de Lucila! ¡Lucila Volcán! Como lo es también de un rufián cualquiera, o de una encrucijada de casas, o de un mar a mediodía.'

Umbral, Tercer Pilar: San Agustín de Tango, Tomo I.
 
loretopaz,02.06.2006

Gracias, Quilapán. No he leído nada de Umbral, y es una buenísima manera de entrar de a poco en esta gran obra que nos ofreces a quienes admiramos a Juan Emar.

El planteamiento de Rubén es realmente hermoso, me gustó de verdad. En una prosa excelenta expone cosas, sentimientos, o más bien sensaciones de momentos fugaces que a veces vivimos pero que cuesta mucho presentar a través de un razonamiento ordenado en frases como él lo hace. Se puede utilizar la poesía para expresar este tipo de impresiones, me parece que es el medio más adecuado para ello, por esto mismo, el ejercicio al que se libra Emar es tanto más admirable.
 
Quilapan,22.10.2006
Estoy transcribiendo un texto sobre Emar que acabo de concluir así que aprovecho de subir este foro para que se interiorice el que quiera. salucita!
 
Quilapan,22.10.2006
Bien, aquí está el ensayo que he escrito aprovechando que he hecho una pausa en la lectura de ese mastodonte que es Umbral; lo dejo aquí a quien le pueda interesar.

 
albertoquilapan,07.11.2006
Algunos accesos hacia la creación en el Umbral de Juan Emar

Presentación

No por nada Pablo Neruda escribió en el prólogo a la edición de ‘Diez’, en 1970, que estábamos ad portas de la obra de ‘este antecesor de todos’. Pero la soberbia que le podríamos objetar a su afirmación tiene su justa compensación en el hecho que tamaño título se lo forjó a sí mismo el autor de Umbral no para ornar su memoria con cualquier laurel, menos con el que la crítica oficial de Alone condecora en vida a sus prosélitos: el reconocimiento y la veneración de sus contemporáneos, la gloria terrenal y todas las divisas que ello comporta. Semejante acto de renunciación ha de granjearle seguros detractores a todo escritor que pretenda así hacerse un lugar en el jet set literario, donde por A B C motivos muchas veces la literatura pasa a un lugar secundario, ocupando su trono la voluptuosidad del escritor de ver ensalzado su propio ego. Es ésta la clave que nos permite acercarnos con inmejorable disposición al Umbral del que ahora vamos a tratar –y antes de seguir he de consignar que este análisis tal vez deba ser considerado sólo de manera parcial debido a que detengo mi lectura más o menos en la mitad de la obra es decir, al final del tomo III del Tercer Pilar- para referirme a algunos aspectos que se han desplegado durante la obra y que, creo, han de acompañarme en lo que sigue.

I.- El arte no es de este mundo.

Juan Emar trazó su escritura de muchas maneras. Una de ellas fue la de establecer en sus personajes los reflejos de su alter ego u otro yo; así, no tenemos un solo alter ego oponiéndose al autor sino muchos otros yo que van encarnando en personajes claramente definidos, muchos de los cuales van siendo concebidos con su respectivo compañero es decir, se establece un antagonismo entre sus personajes que sirve de resorte para construir las situaciones que nos relata un alter ego que resalta sobre los demás, porque se opone al mismísimo Juan Emar. Es este personaje Onofre Borneo, quien a petición de su amigo Lorenzo Angol se resuelve a escribir su biografía, y por extensión, de todos sus amigos comunes, que sostienen la cosmogonía de Umbral con sus propias vidas. En este análisis nos concentraremos sólo en algunos personajes que nos develarán ciertos móviles importantísimos de la obra en cuestión.

Juan Emar renuncia a la vida terrenal –la de los goces mundanos- para escribir su gran libro, que entraña un magno intento por liberar o emancipar al arte de todos los prejuicios a que esta existencia nos encadena y que limitan al arte, reduciéndolo a un simple medio con el cual seguir procurándonos los placeres y satisfacciones que la vida nos exige, para lo cual se nos conmina al uso de una sola lógica, la racional, de donde surge la estética oficial de la crítica. Hay un intento desesperado a la vez que lleno de convicción por iluminar ‘esa región’ desde donde la voz del arte nos habla, una región más allá de la vida de todos los días, y que es preciso escuchar con atención para comprender que el arte no está al servicio del hombre, sino que es el hombre quien debe estar al servicio de ese arte que, por estar en las alturas, adquiere los alcances de una divinidad.

Para iluminar estos móviles, Juan Emar se vale –entre otros muchos recursos que no voy a enumerar aquí- de las premisas de las ciencias espirituales u ocultismo, ya sea incorporándolas deliberadamente como rasgos de algunos de sus personajes –Lorenzo Angol, Florencio Naltagua- ora otorgándole una profunda sensibilidad a personajes que representan el prototipo del artista, como el pintor Rubén de Loa, ora en pasajes menores a cargo de personajes sabrosos como don Artemio Yungay.

II.- La Matriz de una lógica distinta

Hay un símbolo cuya intención es establecer un paralelo con esta vida, una realidad que corra a la par con la de esta cotidianeidad: una matriz para la creación, que así como en esta vida en que nacemos, crecemos y cumplimos un ciclo, a su vez tenga que nacer y, para que nazca, experimentar su gestación. Esta gestación puede experimentarse tanto en placer como en dolor y dará a luz una lógica distinta, o en realidad abre un ámbito para que mil lógicas posibles nazcan en feliz oposición a la lógica de todos los días. Porque dicha matriz precisa nada menos que de una fecundación al revés.

Esto se lo explica don Artemio Yungay a Onofre Borneo en una conversación sobre un antiguo amor del primero, cuya ex compañera le escribe una carta llena de despecho al saber que ya no es la musa que alguna vez inspiró sus escritos. Porque en Umbral casi todos los personajes escriben. Veamos el primer pasaje donde don Artemio explica el proceso en que es el hombre quien es fecundado por la mujer, siendo aquél quien queda preñado en su mente con lo que será su futura idea o intención de arte. Pero antes aclaremos un punto del pasaje que nos permitirá comprender tal idea: cuenta don Artemio cómo cierta vez caminaba por el campo en un lindo día de sol, cuando se encontró frente a una casita en cuyo techo flameaba una banderita chilena. El cuadro le pareció a don Artemio tan adorable que en frente a la bandera se sentó a escribirle un poema. Pero otro día pasó por ahí mismo, un día nublado y lluvioso. Entonces la banderita ya no era linda, entonces no produjo inspiración alguna y don Artemio no pudo escribir nada. Bien:

‘‘El fluido pasa, Rufina, mas, Rufina, el fluido es invisible, insonoro, inodoro, impalpable, insípido, pero hace de cada objeto un instrumento que tiembla con vibraciones capaces de ser cogidas por nuestros sentidos. Nosotros los artistas sólo tenemos una finalidad: buscar, coger el fluido. Nosotros consideramos objetos, personas, paisajes, ruidos, sucesos, bestias, campanas, sólo como pantallas, como barreras que al fluido atajan para revelarlo. Si por barreras, si por pantallas el fluido no pasa en un momento dado, ese no pasar es la única muerte que nosotros reconocemos, sobre la única que firmamos una defunción’’ (Primer Pilar, El Globo de Cristal, tomo II, página 291).

El fluido corresponde a la sustancia seminal inorgánica con que la mujer preña la mente del artista. No siempre este fluido halla el momento propicio para la fecundación; pero cuando lo halla:

''En otros puntos se juntan y son arrastrados en vertiginosas corrientes. Y entonces, mente adecuada que encuentran, la fecundan sin siquiera gritar: ¡Agua va! Entre tantos y tantos hombres que atraviesan, ¿cómo no ha de haber más de uno que esté en estado? Tiene que haberlos, Rufina. Estos sienten, como el paseante anterior, un llamado, un tintineo pero en vez de seguir su marcha o reposo, se agitan, se sienten solicitados, necesarios, y… acometen’’ (Primer Pilar, tomo II, página 296).

Así queda terminada la primera parte del proceso gestador de la creación del artista, experimentando el goce de la fecundación.

Lo que sigue es la consideración del alumbramiento de esta creación que, tal como cuando la mujer pare, implica dolor. Para crear pues, es necesario parir. Este siguiente aspecto lo analizaremos ahora en las palabras de un personaje cuyo rol es protagónico: Lorenzo Angol, que como alter ego de Juan Emar encarna el desarraigo del autor al ser él, Lorenzo, quien escribe sobre sus viajes y estadías en Europa, así como de su recogimiento espiritual en la Bóveda de su fundo al sur de Chile. Si bien Lorenzo Angol toca también el tema del parir para crear, lo aborda volviendo a transgredir la lógica desde el inicio, lo que nos mantendrá intrigados hasta que la explicación de este proceder se vaya aclarando. Entonces, como Lorenzo, podremos decir:

''Abrí, pues, y ¡ahí estaba! La certeza absoluta y clara de que en este mundo de la cabeza se pare primero sin previa cópula y este parto trae luego, cerca o a distancia, pronto o más tarde, un acto de fecundación’’ (Segundo Pilar, El canto del chiquillo. Recuerdos de viaje de Lorenzo Angol, página 1107).

Como vemos, aquí nos encontramos con el mismo símbolo alumbrador de la matriz, pero disponiendo primero del dolor de parir para entonces y sólo entonces proceder al placer de fecundar es decir, de crear. Y es este concepto uno que no está lejos de emparentarse o influenciarse con los preceptos del Creacionismo. Líneas más abajo es el propio Lorenzo Angol quien vuelve a afirmar:

‘‘Acabo de decir: ‘Se pare primero’. Aclaremos: ¿qué es parir? Es echar al mundo a otro ser que se independiza, se individualiza y crea un nuevo destino propio sembrando por todos lados causas y efectos nuevos. Así cuando fuimos paridos, todos. (…), un ser nacido que se desprende de nosotros y que zarpa a vivir su vida con esas causas y efectos nuevos desparramándolos a diestra y siniestra’’ (Segundo Pilar, página 1107).

En estas ideas parece que estuviéramos viendo el mismo manifiesto de independencia de la madre naturaleza que Huidobro se despacha en ‘Non Serviam’; mas no nos engañemos, pues cuando penetramos a fondo la matriz creadora de Juan Emar admitimos que, si bien ésta se vale del creacionismo, está lejos de rechazar, como Huidobro, los demás postulados vanguardistas a los que el autor de Altazor se opuso: surrealismo, dadaísmo y futurismo.

Nos dice Lorenzo Angol que primero se pare y luego se fecunda. Ya lo hemos oído decirnos qué y cuándo se pare. Sigamos escuchándolo completar su idea:

‘‘El parto es otra cosa. Pero volvamos a la cabeza encinta: ha sido perforada, ya no es sola ni errante ni menos enloquecida en busca de finalidad. Ahora, al sentirse gestadora de un nuevo ser, golpea en ella la necesidad del más profundo recogimiento. Ahora, en el fondo de sus entrañas pensantes, siente que debe aislarse para concentrarse en el fruto que, desarrollándose, lleva dentro. Ahora, por aquí y por allá, en los sitios más insospechados, se abre una nueva Bóveda para recibir un nuevo huésped y adormecerlo ante el ajetreo de la vida despertándolo ante el mundo de la meditación solitaria. A esa Bóveda ese hombre se dirige’’ (Segundo Pilar, página 1108).

Así se cierra este nuevo círculo que, mirado con ojos terrenales, nos sabe a una suerte de involución: necesidad de recogimiento… adormecer ante el ajetreo de la vida… despertar a la meditación solitaria… Sin embargo no hay tal involución, no puede haberla cuando consideramos el proceso total que, si bien parte a la inversa al ser la mujer quien fecunda y el hombre el que pare, continúa con el sereno acto de fecundación con el cual aparece la obra de arte, esa criatura libre del atavismo de la lógica racional y, en tanto libre, susceptible de crear su propio mundo, su propia esfera de causa y efecto por donde habrá de moverse. Y esto he querido destacarlo acaso como un preámbulo a las concepciones metafísicas en que la escritura de Juan Emar se irá envolviendo, se irá mezclando en la paleta de colores del pintor Rubén de Loa, en quien se cumple un nuevo eslabón de las implicaciones ocultistas que pueblan Umbral.

III.- La dinámica de un arte en constante búsqueda.

La más clara y esencial diferencia que podemos hacer entre la ciencia y el arte es que mientras la primera está basada en la rigidez de las fórmulas, la segunda, como hemos visto anteriormente, discurre a través de una lógica que ella misma va construyendo sobre su marcha, no estando nunca sujeta a ningún concepto o prejuicio estético. Al menos, esto es lo que podemos entrever al iniciarnos en el mundo de Juan Emar. Y como este trabajo sólo quiere demostrar mediante pequeños pasajes algunas ideas sobre la creación que preocuparon al autor de Umbral, hemos de proseguir nuestra exposición valiéndonos del prototipo del artista que, sin temor a equivocarme, encarna otro importante alter ego de Juan Emar: el pintor Rubén de Loa.

Debemos recordar que la pintura fue la otra disciplina a la que el autor se dedicó con especial ímpetu, ya que formó parte del grupo pictórico Montparnasse, cuya misión fue la de asimilar las corrientes vanguardistas de la Europa después de la guerra del 14 e incorporarlas a nuestro país, donde fueron el primer foco de oposición a la Academia de Bellas Artes, que encabezaba la defensa de una estética conservadora, criollista y anquilosada en el medio nacional. Es precisamente este carácter de difusor de las innovaciones estéticas el que asume el pintor Rubén de Loa, cuya visión adelantada se impregna de la misma sensibilidad y recogimiento del ocultista Lorenzo Angol, por lo que la visión del pintor entraña también, indirectamente si se quiere, las nociones de esta ciencia espiritual.

El Tercer Pilar de Umbral presenta ya en sus páginas iniciales un espacio para el debate de las ideas sobre arte, en esa gran ciudad que es San Agustín de Tango. Dicho espacio es el taller de Rubén de Loa, al que confluyen sus amigos con quienes discutirá sus convicciones estéticas, que lo sitúan muy lejos de la aprobación de los críticos oficiales. Allí Rubén de Loa comienza haciendo una metáfora sobre las distintas maneras de concebir la belleza, las que expondrá a su amigo Vitelio Doñihue:

‘‘Hay dos bellezas, Vitelio, no lo olvides: dos bellezas. Una de ellas es la estática; la otra, la dinámica. Recuerdo siempre mi llegada, en barco, a Santos y Río de Janeiro. ¡Qué belleza, qué belleza estática! Contemplándola la descubrí, la formulé, mejor dicho, en Santos; luego la verifiqué en Río. Es una belleza asentada, permanente sobre la Tierra. Allí está. Es el fruto de esos sitios. ¿Que lo es de muchos más? Por cierto. Esta belleza tiene mil puntos de asidero sobre el planeta. En cambio la belleza dinámica... ¡ah!, es otra cosa. No es ésta el fruto de ningún sitio, es una belleza que pasa y pasa, corre, vuela desaforada tocando puntos y más puntos terrestres, estando en todas partes sin estar en ninguna. ¡Felices quienes la ven! Envidio a quienes la divisan siquiera. Me envidio a mí mismo porque la he divisado a veces. He divisado lo que está en todo lugar. Al encontrarme con ella he tenido una reconciliación con el mundo entero’’ (Tercer Pilar, San Agustín de Tango, tomo I, página 1242).

Este pasaje contiene ideas tan profundas como radicales en cuanto a lo que Juan Emar entiende como belleza y, por ende, como verdadero arte, el arte que ha de trascender. A diferencia de la belleza estática, cuyos ‘miles de puntos de asidero sobre el planeta’ simbolizan los distintos conceptos que quieren arrogarse la superioridad por encima de los demás, generando así la competencia que trastoca el sentido del arte, la belleza dinámica no pertenece a nada ni a nadie en particular, por eso ‘está en todas partes sin estar en ninguna’; esto quiere decir que lo verdaderamente importante es la belleza en sí, que ‘está en todo lugar’, y no el individuo que la estatiza, la entroniza y profita de ella. La belleza dinámica corta definitivamente las cadenas que restringen y limitan al arte, siendo así posible hallar belleza donde antes estaba prohibido. La belleza dinámica requiere un giro total en la actitud del ser humano, aquella carente de beligerancia donde se está dispuesto a amar todo y a experimentar esa ‘reconciliación con el mundo entero’ que nos confiesa Rubén de Loa.

‘El arte es búsqueda y búsqueda’ es una frase que Juan Emar pone más adelante en boca de Rubén de Loa cuando éste ya ha adoptado en sí la verdad de la belleza dinámica, lo que le permitirá extender su búsqueda hacia miles de puntos distintos.

Ahora nos queda adentrarnos en algunos puntos sobre esta búsqueda, que encarnada en Rubén de Loa discurrirá sobre varios asuntos que atañen al compromiso del hombre con aquella remota región del arte; las tentaciones de la sociedad y el capitalismo que amenazan a su obra, convirtiéndola en un mero negocio a través del cual conseguir beneficios materiales, acceder a una jerarquía social más elevada, etc. Elementos todos a los que Juan Emar opone una actitud espiritual emancipada de tales pretensiones; porque para él los artistas son médiums en los que aquella región superior del arte revela su mensaje y que necesariamente deben renunciar a todas las finalidades individualistas que nos impone la sociedad, la felicidad mundana primero que todas, porque para el hombre Juan Emar la felicidad primera es muy otra: ser un verdadero artista es decir, ese médium, un apóstol, renunciando a todo lo demás.

A continuación veremos un pasaje en que Rubén de Loa habla sobre un aspecto de la búsqueda en el arte reflejado en la actitud del ser humano que ha hecho conciente en sí mismo la voluntad de no limitarse a nada que obstruya su tarea:

‘‘No debe el artista tener ideas preconcebidas y decirse: ‘voy a hacer gracia, voy a hacer dramatismo, voy a hacer alegoría, y otras cosas por el estilo’. Debe el artista decirse únicamente: ‘voy a hacer plástica’. ¡Nada más! Luego, esta plástica, le dirá si él es gracioso o si es dramático o si es alegórico o lo que sea. Así su obra realizará aquello de ‘conócete a ti mismo’. De igual modo debe proceder ante el natural. No debe buscar con una idea en la cabeza. Debe buscar, lo repito, plástica y tan sólo plástica’’ (Tercer Pilar, tomo I, página 1252).

Conocerse a sí mismo. Creo ver resumida en esta frase una de las premisas de la escritura de Juan Emar, empresa que no habría sido posible de haber sabido qué iba a escribir. Y esto independientemente del género literario al que el artista se dedique, porque la narrativa al menos requiere de cierta estructura para contar la historia (aunque el mismo Juan Emar sostiene que simplemente es incapaz de escribir de la manera convencional, como quien, por ejemplo, hace descripciones sicológicas de un personaje). En el siguiente pasaje se vislumbra la misma preocupación de Rubén de Loa sobre esta actitud de búsqueda, enfatizando su crítica hacia aquellos artistas que anhelan alcanzar un estilo propio, primero porque el hallazgo de dicho estilo es el comienzo de la imposibilidad de emprender la búsqueda –puesto que con un estilo se corre el riesgo de repetir una misma fórmula-, y segundo porque al ser un artista reconocido por su estilo se expone a ser sobornado por esa sociedad que, al reconocerlo en todos sus trabajos, transformará su arte en una mercancía, con lo cual su obra no podrá realizar entonces la búsqueda que le ofrece el infinito:

‘‘En pintura no se trata de alcanzar un estilo propio, una manera propia, sino, por el contrario, de huir de cada manera y de cada estilo que empieza a hacerse propio. ¡Cuántos tienen como ideal que una tela de ellos sea reconocida a lo lejos y al primer vistazo! Este es el mal. Hay que huir de una tela reconocible. El arte es búsqueda y búsqueda. ¿Qué podemos saber sobre lo que se va a encontrar? ¡Oh, felices tiempos los de los conquistadores! ¡Cada paso a un desconocido! ¡El misterio alrededor de uno! Entonces… caminar, caminar. Cada encrucijada es el comienzo de un infinito.

‘‘Los pintores prefieren hoy tener un estilo. Los mercaderes de la pintura así lo exigen. ¡Que se sepa, a primera vista, que aquella obra es de usted y no de otro! ¡Aprenda usted un oficio y hágalo hasta caer desfallecido! Entonces, a través de bellezas sin fin, de sorpresas que me atisban, de secretos que se me iban a conferir, entonces paso, sin verlos, sin parar mientes en ellos, paso y sigo repitiendo el estilo que he adoptado, ¡mi estilo!, para que la gente diga sin vacilar: ‘Un cuadro de Fulano, un cuadro de Zutano…’¡Horror!’’
(Tercer Pilar, tomo I, página 1275).

Horror que no nos impedirá preguntarnos ¿es acaso tan nefasto que un artista logre su propio estilo? Sí y no. Porque unos cínicos seríamos si negásemos que el mismo Juan Emar selló su estilo propio, quizá el estilo de no tener ningún estilo definido; o tal vez sea una metáfora agresiva que se opone a ese estilo que lucra con el arte. Lo que de todos modos pienso que hay que considerar es la circunstancia en que Juan Emar forjó su escritura, pues entonces como ahora, y como siempre, el modelo nacional ejercía una violenta discriminación silenciosa sobre aquellos artistas que no se alistaban en las filas de la Academia, aquel foco artístico de la burguesía desde donde se regulaban los criterios estéticos convenientes al pensamiento conservador. Por lo que, creo, necesario es comprender cuán afectado se sintió el mismo Juan Emar al hallar ese muro infranqueable para su obra, lo que lo llevó a emprender su búsqueda dentro de una espiritualidad que lo ayudaría, como él dijera, a ‘librarme de esta maldita tierra’, derivando en ese ostracismo radical en que pasó sus últimos 30 años, sin los cuales Umbral nunca habría visto la luz.

Alberto Quilapan
Valparaíso, 21 de Octubre del 2006.
 
yihad,07.11.2006
Umbral: Yo he venido aquí a hablar de mi libro!!!
 
albertoquilapan,07.11.2006
bueno el texto anterior lo hice con mucho cariño para quienes se interesen en esta escritura, a mi Umbral me ha cambiado la vida ¡y eso que todavía no llego a la mitad! Pero allá la veo y una mezquina luz chisporroteó en mi mente...

Crónica hecha ficción de lo vivido unos días atrás

Realmente nunca esperé volver a ver a mi amigo Emiliano Alcides, después de esa horrorosa noche del 8 de Agosto del 2027 en Valparaíso en que me sentí que había quedado incomunicado para siempre; yo sólo escuchaba a lo lejos los rumores de que la ciudad se había convertido en un montón de islas informes, mas ¿cómo comprobarlo con mis propios anteojos si yo había quedado encerrado en medio de los anaqueles de mi librería ‘Apoteosis’? Recuerdo que me encontraba una mañana meditando en tan terrible asunto cuando oí unos golpes, como quien llama a una puerta, venir por debajo del suelo. Me incorporé sobresaltado por entre medio de las páginas y procedí a retirar la alfombra; entonces vi la compuerta de madera que comunicaba con el sótano abandonado y pregunté:

- ¿Quién vive?

La voz del mundo entero pareció replicar:

- C’est moi, monsieur! C’est moi!

No bien abrí la compuerta con su crujido de viejos goznes cuando unos ojos sonrientes me saludaban desde la oscuridad. Pronto el humo que anegaba mi Apoteosis se asemejó a un fumadero de opio. Pronto, la amistosa voz añejada en roble francés me transportó a un rincón del bar ‘La Pupila Insomne’ junto a sus alegres y tristes comensales. Pronto, el sombrero que coronaba el cacumen de quien hacia mí su amistad profesaba me retrotrajo hacia el gris de las calles de Paris.

- ¡Buenos… días, tardes, noches? - ¿pero cómo saberlo si, ya en este encierro, perdido había toda noción de claridad y o u obscuridad? - ¡Buenas tenga usted, monsieur Gilbert Moulin!

- ¡Muy buenas, mon ami Quilapàn! ¡Sabía, yo sabía que aquí y no en otro lado se hallaría usted! – me saludó Moulin, tras lo cual se despojó de una linterna adosada a su sombrero y arrojó a un lado un set de herramientas compuestas por una pala y una picota.

- ¿Qué hace usted con esa pala y ese casco de minero? – pregunté estupefacto. Díjome:

- ¿Y cómo cree que he llegado hasta acá?

Era cierto. Nadie, desde aquella noche nefasta para Valparaíso, ni podido ni querido visitado me había en la ‘Apoteosis’. Monsieur Gilbert Moulin me explicó con suma seriedad su industria para dar con mi librería. Me reí. ¡Jajajajaja! Le pregunté enjugándome las lágrimas de hilaridad:

- ¿De Valparaíso dice que ha venido a visitarme? ¡Jijijiji! ¡pas posible mon ami! ¿o me va a decir usted que también se ha quedado encerrado en su casa sin percatarse de que Valparaíso ha meses que sucumbió víctima del más brutal y justiciero terremoto?

Pero antes de terminar yo mi pregunta, monsieur Moulin meneaba su cabeza negando, con una malévola sonrisa de niño bailándole en los labios.

- Usted parece que ha olvidado mi llegada ataviado de minero – me dijo mirándome y sacudiéndose su abrigo azul eléctrico -. Le repito y le confirmo que he llegado de Valparaíso merced a mi acabado conocimiento de los muchos y muchos túneles que sin importar tiempo ni calendario conectan la ciudad con su pasado, presente y futuro, con este punto, aquél y el de más allá.

Sentí que tras oír esto, la sangre se me helaba y a mis ojos se precipitaba la visión final de la muerte. Afortunadamente monsieur Gilbert Moulin desenfundó algo de su abrigo con lo que me abaniqué el rostro para recuperarme. Era un calendario, el calendario de una panadería de la que yo también era muy asiduo y que ofrecía sus servicios en el año de ¡¡1967!!

- Pero ¿qué hace usted con un calendario de 1967? ¡cómo tanto cachureo! – le pregunté casi gritando, ofendido en mi inteligencia.

Me contestó tranquilo, encendiendo su pipa:

- Es que de allá vengo, mon ami, del añorado Valparaíso de 1967, cuando yo cursaba entonces mis estudios de contabilidad. Allá he decidido radicarme; usted sabe, yo tampoco termino de acostumbrarme a la vida actual, en estas islas que sólo son islas y donde ya no es posible nombrar a Valparaíso.

Después recuerdo que monsieur Gilbert Moulin me contó que, para dar con mi librería, no había hecho más que recordar su antigua ubicación a una cuadra y media de la Avenida Argentina, tras lo cual se precipitó en pleno día de pleno año de 1967, a cavar un agujero más o menos en la mitad de la avenida; ubicó las cloacas anacrónicas e inmortales que enhebran el gran subterráneo hacia todos los Valparaísos, y, haciendo uso de sus antiguos conocimientos de cálculo infinitesimal, se arriesgó en cavar un nuevo atajo o conducto que traerlo pudiera hasta el abandonado presente de mi librería.

- ¡Y aquí me tiene mon ami, en el Valparaíso del 2027! ¡Voilá!

- ¡En lo que fue Valparaíso, querrá decir! –porque yo, pese a la alegría de volver a ver a mi amigo, en fin a alguien, no lo podía creer.

Más tarde nos pusimos a conversar sobre otras cosas, nos servimos un café y hablando de libros y más libros nos acercamos a mi escritorio. Moulin ponderó un tremendo libro abierto en una página designada con cuatro dígitos, contando varios más que los que se cuentan al final del Quijote. Vale.

- Sigo leyendo las biografías de mi amigo Onofre Borneo con más devoción que nunca –le dije-. Justo en esta página hay un pasaje del que me gustaría hablarle, monsieur. En este pasaje mi amigo Borneo se engolfa en una conversación sobre lo que él supone es el deber de todo artista: recogerse del mundo para escuchar la voz de aquella región del arte que nos dicta en nuestro silencio la obra en sí. Porque nosotros no debemos apoderarnos del arte
sino todo lo contrario. El pasaje trata de un recuerdo de Onofre Borneo acerca de Fra Angélico, un pintor medieval que se encontraba en plena faena creadora. Yo sólo recuerdo una frase que me ha quedado grabada a fuego en mi menguada mente, monsieur:

‘Fra Angélico pintaba en trance. No corregía nunca.’

- ¡No corregía nunca! ¿Se da usted cuenta? A veces dudo y hasta reniego con asco de lo que pienso a menudo: No corregir nunca quiere decir respetar el rito sagrado que se impone entre el artista y la obra; un significado intrínseco de la creación que debe ser espontáneo, donde el artista ha de caer en el trance a que está predestinado. Debe pintar lo que se le dicta en ese instante de delirio. Lo que viene después, las correcciones, las aspiraciones de crear un estilo propio o una perfección, ¡pas posible!, ¡caprichos que nos comen por adentro como la peor droga! Pero como le digo, a veces dudo y reniego de mí mismo.

Mi amigo no dijo nada ante la exaltación con que yo citaba las frases del libro; pero yo con todo lo que lo conozco supuse que en su silencio ponía en entredicho tales convicciones al ascender a los cielos shakespeareanos de los que él es un resuelto arcángel con trompeta y todo, y oropeles. Por mucho que niegue su purismo al calor de nuestra conversación.

- Monsieur Gilbert Moulin piensa –me dije para mi silencio- que de ser la escritura en trance y sin poscorrección la verdadera voz superior del arte, el célebre dramaturgo habría escrito tantas y tantas obras como imposible fuera leerlas todas en vida.

Y entonces se hizo entre ambos un silencio como sobre rieles, porque al adivinar yo cuáles serían los pensamientos del arcángel guardián del padre fantasma de Hamlet, que lo escribió, me puse a meditar que tal vez…; no, ¡de seguro!, eso es, de seguro que en esa época no fue ni con mucho necesaria una innovación del arte hasta llegar al extremo de una creación en trance, y que por lo mismo era desconocida y sólo vería la luz siglos más adelante, concretándose en las ideas que yo le había compartido a Moulin; pero de súbito me asaltó la idea de que Fra Angélico pudo muy bien ser anterior a Shakespeare, con lo que mi hipótesis del desarrollo del arte a través del tiempo se derrumbaba como quien sopla una velita. Entonces ante tal silencio no pude más y preferí concluir que no había forma ni motivos para superponer una concepción de arte sobre la otra.

Así y nada le dije a Gilbert Moulin que esa reflexión me había incentivado a anotar todo cuanto me pareciera relevante en el suceder cotidiano, y que lo más probable era que pronto anotaría el feliz rencuentro entre ambos, librándome después de meses de esta terrible soledad que de cuando en cuando se cierne sobre la librería.

- He decidido hacer un viaje –le dije desde el escritorio-. Afortunadamente o no ni la telefonía ni la Internet han sucumbido todavía y hace poco me llegó la invitación de Emiliano Alcides para ir a habitar por unos días la nueva apacible morada que en Coquimbo ha encontrado. Un barco fantasma.

A lo que Moulin nada contestó pues ya estaba muy de narices hojeando las páginas de ‘El Diablo’ de Giovanni Papini donde según parece espera encontrar alguna respuesta de redención a ciertos móviles que el ha sentido impulsarse en su interior por obra de Belcebú.

Entonces y sin decir nada cogí mis alforjas y partí en lancha rumbo al Norte hacia el Coquimbo de Octubre del 2006, confiado en que Moulin no tendría más que deshacer su camino hecho a picota y pala cuando regresar quisiera al Valparaíso de 1967.

------------------------------------------------------

De madrugada la lancha tocó tierra en la amplia bahía de Coquimbo. Minutos después un bostezo de orangután o de Chewbacca- cuyas repeticiones se debieron claramente a una intención de arte pro-zoomórfica- me indicaron allá en un cerro la latitud exacta en que se hallaba la nueva morada de Emiliano Alcides. Descendió éste aún bostezando con ojos entrecerrados, ejecutando por las escaleras un zigzag entre el cerro y la playa, el cerro y la playa, hasta que cerro y playa fueron un solo punto y Alcides se detuvo y con sus anteojos circulares –que encontró por cuéa a luka y vende en $50 mil- me saludó riendo sin maldad.

- Espero que el viaje no te haya agotado más de lo conveniente –me dijo- porque para llegar a la Margot hemos menester practicar el mismo zigzag entre cerro y playa que, no lo dudo, me viste hacer recién.

- ¿La Margot? –preguntéle de inmediato-. No me digas que ahora habitas ¡en el amor de una mujer!

- Nada de eso, Kilafláite- dijo riendo (o rió diciendo, da igual)-, es que así se llama la casita en que ahora vivimos con Aurora. Lleguemos arriba y verás. En efecto ascendimos con calma, tranquilidad y parsimonia y todo lo cual cabe realizar sin mayor priesa, y así el zigzag entre playa y cerro se fue dibujando tras nuestros pasos.

Fuimos dos diminutos puntos del orbe allá en la cima del cerro coquimbano, y la distancia se hizo, inequívoca, extendiéndose hacia la playa que ahora divisábamos allá lejos. Emiliano Alcides cerró un ojo para calcular algo y ayudado por la garra petrificada de su índice, que él dice usa para tocar guitarra, me indicó en la letanía. Miré:

- Allá puedes ver recalado tiempo ha el buque Margot Maria Stengel –me dijo Alcides-, que le ha dado con razón el nombre a nuestra casa. Te lo repito, no fui yo quien por capricho bauticé así a la casa sino la casa misma la que ha reclamado tal nombre para sí.

Yo miraba la fachada de la casa y, aparte de su color sandía pálida –pensé que emulaba el óxido propio de un viejo buque en altamar- no hallé más motivo para distinguirla de las demás. Y como si Alcides hubiese leído mi mente en ese instante, dijo:

- Hay que entrar.

Lo primero que llamó mi curiosidad fue la risilla de una viejecita muy pícara que supuse era la ama de llaves que acudía presta a recibirnos. No había nadie tras la puerta. Y Emiliano me dijo que era la puerta que daba un chirrido de lo vieja que estaba. (Entonces y sin saber yo por qué me acordé que la compuerta de mi librería también dio un chirrido cuando llegó monsieur Gilbert Moulin, y me pregunté qué libro estaría leyendo temblando de miseria ante los renglones amarillos, o durmiendo con la boca abierta, el libro entreabierto en sus manos)

Pero yo puedo asegurar que ese ruido se parecía más a la risa de una vieja traviesa que al quejido de una puerta que se abre.

Enseguida todo se trastocó alrededor, y los sentidos percibieron la atmósfera interior de un buque: el constante vaivén, la oscuridad de sus gabinetes conectados por estrechos pasadizos. No había duda: estábamos dentro del Margot Maria Stengel. Alcides aclaró la sala descorriendo la cortina que ocultaba una ventana ojo de buey. Por ella miramos: ante nuestra vista se ofrecía la playa de Coquimbo; me dieron ganas de saltar por esa ventana hacia la arena. Desde la playa veíamos también los cerros y pudimos distinguir la misma casa color sandía a la que habíamos ingresado. Un sobresalto me invadió: ¿Cómo era que desde el interior habitábamos un barco náufrago en la bahía y al traspasar la puerta nos hallábamos en lo alto de Coquimbo?

- Es lo mismo que me pregunto yo –dijo Alcides-. El hecho es que, desde que comenzamos a habitar esta casa me dio la impresión de haber ingresado a un buque cuyas paredes me susurran su nombre: Margot… Margot…

Le dije:

- Al menos el centro te queda a unos cuantos pasos si sales por la ventana.

- No se puede. Estas ventanas ojos de buey están selladas al buque. Además el zigzag entre playa y cerro es una práctica asaz saludable.

En eso estábamos cuando un rumor desde la cocina se dejó escuchar. Era Aurora Tulahuén que nos invitaba a la mesa con una bandeja surta de los más variados manjares a base de cannabis; había mate, ensaladas, leche y pan hechos de esa planta.

- Nada mejor para el constante mareo de a bordo en nuestra casa –dijo Aurora-. Otro mareo más alucinógeno y confortable.

Desayunamos los tres, aunque Emiliano apenas probó bocado.

- La semana pasada asistimos a un congreso internacional de gastronomía canábica –me comentó Aurora- y Emiliano abusó tanto de su estómago que no bien llegó a casa vomitó matas enteras, el budín de semillas y el canapé de cogollos.

- Ahora te enseñaré la cubierta de la Margot –me dijo Alcides-, y conocerás al pintor Zoroastro Rodríguez.

Algo increíble descubrí en el acceso a cubierta, algo así como el eslabón perdido que explicaba esa extraña sensación de estar habitando dos lugares tan distantes como una casa en un cerro y un buque varado en la playa: la popa de la Margot estaba engastada a unas rocas desnudas que la anclaban al cerro en esa parte de su estructura. Mas si uno se precipitaba a la ventana ojo de buey que filtraba la luz de esa mañana, veía uno la orilla de la playa, las olas galopando sin descanso, y el cerro más allá coronado por la Cruz del Tercer Milenio.

- Desde que miré esa Cruz he sentido resucitar en mí el más puro espíritu cristiano. ¡Ah! Pero no aquel cristianismo entronizado en los oros del Vaticano, sino aquel ferviente anhelo de paz subterránea de las catacumbas –díjome Alcides continuando nuestro camino a cubierta-. Paz, querido Kilafláite, que no puede sino ser una sola con la total y completa satisfacción de la libido indicada por Freud. Satisfacción ésta que no puede llevarse a cabo más que mediante la milenaria práctica del Kamasutra. Práctica que como auténtica ofrenda al Jesús Cristo ha de culminar en el absoluto renunciamiento a todo principio de placer mundano. Placer pues, digno de aunarse en armonía con los Diez Mandamientos. Es por eso que junto con Aurora hemos querido rendir testimonio de nuestra feliz conversión aquí en la Margot, con imágenes que den prueba de nuestra voluntad. Mi amigo Zoroastro Rodríguez se encuentra ahora en cubierta, ocupado en los primeros trazos que ilustrarán las distintas posturas de este Kamasutra Cristiano, tales como ‘No matarás – Cara a cara’; ‘No desearás a la mujer de tu prójimo – Salvaje’. En fin, para iniciarse en este apostolado menester es practicarlo al pie de la cama. ¡Ea! ¡Subamos!

Subimos. La Margot se abandonaba a su cadencia, ancladas a las rocas del cerro coquimbano. Hasta que llegamos a cubierta, que no era sino la más alta y espaciosa habitación de Alcides y Aurora. En la muralla que miraba hacia la playa se abría una ventana ornada de un cortinaje azul cobalto. Sobre el trozo de pared en que se alargaba el visillo, el pintor Zoroastro Rodríguez practicaba los trazos de una nueva postura del Kamasutra Cristiano. Al vernos, dijo el eximio pintor:

- ¡Qué dicha he hallado pintando vuestra cubierta! ¡Si me siento como el mismísimo Roberto Matta ante los muros de Algarrobito! Contemplad, Emiliano, cómo este gozoso Via Crucis de dos cuerpos desnudos cargando la cruz del placer se va haciendo a lo largo de vuestra recámara. ¡Si hasta parece que siento bajar de los cielos el orgasmo redentor! Ah, ya lo sabréis amigos, cuando dé final a estas figuras, ¡ya lo sabréis!

Así habló Zoroastro Rodríguez. Y por la ventana, poco a poco, vimos cómo la noche se remontaba hacia nosotros, sobre las olas.
---------------------------------------------------

Desperté en una recámara lateral que Alcides había dispuesto para descansar del ajetreo del viaje. Después de todo cualquiera ha de terminar exhausto si se viaja por mar desde el Valparaíso del 2027 al Coquimbo de octubre del año 2006. Nos reunimos todos a desayunar en el gabinete central de la Margot. Luego nos dispersamos. Con Emiliano Alcides franqueamos la puerta de calle y, por primera vez desde mi ingreso ayer a ese verdadero buque, nos volvimos a encontrar en lo alto del cerro.

- Vamos a la Universidad de La Sirena –me dijo Alcides-. Tengo que ver un asunto para nuestra revista de arte y luego visitaremos a la compañera Meche Recova. En la Universidad de La Sirena nos metimos a una gran sala de diseño gráfico donde mi amigo fue a buscar los afiches para la convocatoria de la revista Fe Mata que él dirige junto a la poeta Alpa China.

¡Qué afiches tan únicos, tan… rupturistas! Decenas, docenas de tazas de wáter apiladas en un cementerio cualquiera. De las bocas de los wáters emergen los bustos de Neruda, la Mistral; Bolaño, Cortázar. Sería largo enumerar aquí. Porque no sólo de extensión vive la escritura experimental, sino también de la aguda pluma ensangrentada de nuestro Señor Belcebú. Matamos el tiempo en la cafetería de la Universidad conversando un café. De pronto…

- ¡Mira! –Dice Alcides- ¡Son los Trovarios!

De verdad eran ellos, el Juan Carlos Labrín que había organizado el encuentro aquí mismo el año pasado, y el Pablo León… ¡pero qué cara la del muchacho ese! Y hay gente que es feliz con tan poco.

- Tampoco –dijo Pablito León con la mueca más natre que, usted esclarecido lector, se digne hacer ante el espejo-.

Desde nuestra mesa escuchamos a Juan Carlos que le indicaba al Pablo un perro olisqueando debajo de las mesas y le dijo:

- Ahí po, hijo, él estudia psiquiatría aquí en la Universidad.

Los Trovarios se rieron, pero no mucho. El perro se echó por allí.

- Claro que ahora no atiende. Tenís que pedir hora pa más tarde.

Yo terminé mi café y Alcides aspiró otra bocanada de aire; luego dijo vamos a ver a la Meche Recova y lo seguí. Llegamos donde una flaca muy chora metida en una cola de sirena. Claro, la Meche Recova, si me acuerdo haberla visto en el Trovarios del año pasado; se puso a conversar con nosotros, parece que salió de un ensayo porque venía dando saltitos dentro de una cola de sirena igual que los niños cuando hacen carreras de sacos, así, y dijo que iría a la noche a la Margot a visitarnos; y ¿qué hacís metida en esa cola de sirena? Le preguntó Alcides.

- Es que estamos en el taller de persuasión, tú cachái, de cómo convencer a los auditorios de lo que estái exponiendo, y estamos viendo los cantos subliminales con que las sirenas fascinaban a los navegantes, el profe dice que mientras más inconsciente más al hueso es el tarascón.

- Pero qué increíble –dijimos a coro con Alcides; conversamos algo más y luego la Meche regresó al taller dando más saltitos.

Por lo que entre tantos afiches con wáter y escritores, y tanto perro siquiatra y trovadores y sirenas, con Alcides nos encaminamos a un restorán que los yoghis tienen allá cerca de la U de la Sirena. El menú para estudiantes venía en una bandeja: ensalada de meditación aliñada con elongación del espíritu; de plato de fondo había arroz con paz salteada en aceite de renunciamiento, y además nos dieron un vasito con agüita de hierba de la planta azul de la beatitud. Una digestión digna del Cielo a sólo 6 gambitas, te paso el dato si tu película es vivir 100 años (no escribas como escribo yo).

En el fondo del restorán nos hacía señas el cantautor Amílcar Compaña y nos sentamos a su mesa. Ustedes que leyeron el menú se imaginan cuán nutritivo ha de haber estado. Tanto, que yo esa tarde hubo un momento en que dudé haber comido tanto. Después de eso nos fuimos a beber cerveza y a escuchar las canciones de Amílcar Compaña en una picá del centro, la Maruja Pécora. Compaña se entusiasmó y nos acompañó –por algo se llama así- hasta esa noche en la Margot en que también nos visitó la poeta Alpa China que, como llegó muy tarde no pude escribir más sobre ella; también apareció la Meche Recova con unos amigos que andaban con un taca-taca a cuestas, transmitiendo todo el rato, hasta que Alcides ponderó la propedéutica actual y hasta ahí no más llegó el carrete; además ya era de día nuevamente y yo regresé sin más al retiro bibliófilo de mi librería.

Dedicado a Emiliano Alcides,
Coquimbo – Valparaíso,
17 de octubre del 2006.
 
yihad,07.11.2006
 
albertoquilapan,07.11.2006
bueno el texto anterior lo hice con mucho cariño para quienes se interesen en esta escritura, a mi Umbral me ha cambiado la vida ¡y eso que todavía no llego a la mitad! Pero allá la veo y una mezquina luz chisporroteó en mi mente...

Crónica hecha ficción de lo vivido unos días atrás

Realmente nunca esperé volver a ver a mi amigo Emiliano Alcides, después de esa horrorosa noche del 8 de Agosto del 2027 en Valparaíso en que me sentí que había quedado incomunicado para siempre; yo sólo escuchaba a lo lejos los rumores de que la ciudad se había convertido en un montón de islas informes, mas ¿cómo comprobarlo con mis propios anteojos si yo había quedado encerrado en medio de los anaqueles de mi librería ‘Apoteosis’? Recuerdo que me encontraba una mañana meditando en tan terrible asunto cuando oí unos golpes, como quien llama a una puerta, venir por debajo del suelo. Me incorporé sobresaltado por entre medio de las páginas y procedí a retirar la alfombra; entonces vi la compuerta de madera que comunicaba con el sótano abandonado y pregunté:

- ¿Quién vive?

La voz del mundo entero pareció replicar:

- C’est moi, monsieur! C’est moi!

No bien abrí la compuerta con su crujido de viejos goznes cuando unos ojos sonrientes me saludaban desde la oscuridad. Pronto el humo que anegaba mi Apoteosis se asemejó a un fumadero de opio. Pronto, la amistosa voz añejada en roble francés me transportó a un rincón del bar ‘La Pupila Insomne’ junto a sus alegres y tristes comensales. Pronto, el sombrero que coronaba el cacumen de quien hacia mí su amistad profesaba me retrotrajo hacia el gris de las calles de Paris.

- ¡Buenos… días, tardes, noches? - ¿pero cómo saberlo si, ya en este encierro, perdido había toda noción de claridad y o u obscuridad? - ¡Buenas tenga usted, monsieur Gilbert Moulin!

- ¡Muy buenas, mon ami Quilapàn! ¡Sabía, yo sabía que aquí y no en otro lado se hallaría usted! – me saludó Moulin, tras lo cual se despojó de una linterna adosada a su sombrero y arrojó a un lado un set de herramientas compuestas por una pala y una picota.

- ¿Qué hace usted con esa pala y ese casco de minero? – pregunté estupefacto. Díjome:

- ¿Y cómo cree que he llegado hasta acá?

Era cierto. Nadie, desde aquella noche nefasta para Valparaíso, ni podido ni querido visitado me había en la ‘Apoteosis’. Monsieur Gilbert Moulin me explicó con suma seriedad su industria para dar con mi librería. Me reí. ¡Jajajajaja! Le pregunté enjugándome las lágrimas de hilaridad:

- ¿De Valparaíso dice que ha venido a visitarme? ¡Jijijiji! ¡pas posible mon ami! ¿o me va a decir usted que también se ha quedado encerrado en su casa sin percatarse de que Valparaíso ha meses que sucumbió víctima del más brutal y justiciero terremoto?

Pero antes de terminar yo mi pregunta, monsieur Moulin meneaba su cabeza negando, con una malévola sonrisa de niño bailándole en los labios.

- Usted parece que ha olvidado mi llegada ataviado de minero – me dijo mirándome y sacudiéndose su abrigo azul eléctrico -. Le repito y le confirmo que he llegado de Valparaíso merced a mi acabado conocimiento de los muchos y muchos túneles que sin importar tiempo ni calendario conectan la ciudad con su pasado, presente y futuro, con este punto, aquél y el de más allá.

Sentí que tras oír esto, la sangre se me helaba y a mis ojos se precipitaba la visión final de la muerte. Afortunadamente monsieur Gilbert Moulin desenfundó algo de su abrigo con lo que me abaniqué el rostro para recuperarme. Era un calendario, el calendario de una panadería de la que yo también era muy asiduo y que ofrecía sus servicios en el año de ¡¡1967!!

- Pero ¿qué hace usted con un calendario de 1967? ¡cómo tanto cachureo! – le pregunté casi gritando, ofendido en mi inteligencia.

Me contestó tranquilo, encendiendo su pipa:

- Es que de allá vengo, mon ami, del añorado Valparaíso de 1967, cuando yo cursaba entonces mis estudios de contabilidad. Allá he decidido radicarme; usted sabe, yo tampoco termino de acostumbrarme a la vida actual, en estas islas que sólo son islas y donde ya no es posible nombrar a Valparaíso.

Después recuerdo que monsieur Gilbert Moulin me contó que, para dar con mi librería, no había hecho más que recordar su antigua ubicación a una cuadra y media de la Avenida Argentina, tras lo cual se precipitó en pleno día de pleno año de 1967, a cavar un agujero más o menos en la mitad de la avenida; ubicó las cloacas anacrónicas e inmortales que enhebran el gran subterráneo hacia todos los Valparaísos, y, haciendo uso de sus antiguos conocimientos de cálculo infinitesimal, se arriesgó en cavar un nuevo atajo o conducto que traerlo pudiera hasta el abandonado presente de mi librería.

- ¡Y aquí me tiene mon ami, en el Valparaíso del 2027! ¡Voilá!

- ¡En lo que fue Valparaíso, querrá decir! –porque yo, pese a la alegría de volver a ver a mi amigo, en fin a alguien, no lo podía creer.

Más tarde nos pusimos a conversar sobre otras cosas, nos servimos un café y hablando de libros y más libros nos acercamos a mi escritorio. Moulin ponderó un tremendo libro abierto en una página designada con cuatro dígitos, contando varios más que los que se cuentan al final del Quijote. Vale.

- Sigo leyendo las biografías de mi amigo Onofre Borneo con más devoción que nunca –le dije-. Justo en esta página hay un pasaje del que me gustaría hablarle, monsieur. En este pasaje mi amigo Borneo se engolfa en una conversación sobre lo que él supone es el deber de todo artista: recogerse del mundo para escuchar la voz de aquella región del arte que nos dicta en nuestro silencio la obra en sí. Porque nosotros no debemos apoderarnos del arte
sino todo lo contrario. El pasaje trata de un recuerdo de Onofre Borneo acerca de Fra Angélico, un pintor medieval que se encontraba en plena faena creadora. Yo sólo recuerdo una frase que me ha quedado grabada a fuego en mi menguada mente, monsieur:

‘Fra Angélico pintaba en trance. No corregía nunca.’

- ¡No corregía nunca! ¿Se da usted cuenta? A veces dudo y hasta reniego con asco de lo que pienso a menudo: No corregir nunca quiere decir respetar el rito sagrado que se impone entre el artista y la obra; un significado intrínseco de la creación que debe ser espontáneo, donde el artista ha de caer en el trance a que está predestinado. Debe pintar lo que se le dicta en ese instante de delirio. Lo que viene después, las correcciones, las aspiraciones de crear un estilo propio o una perfección, ¡pas posible!, ¡caprichos que nos comen por adentro como la peor droga! Pero como le digo, a veces dudo y reniego de mí mismo.

Mi amigo no dijo nada ante la exaltación con que yo citaba las frases del libro; pero yo con todo lo que lo conozco supuse que en su silencio ponía en entredicho tales convicciones al ascender a los cielos shakespeareanos de los que él es un resuelto arcángel con trompeta y todo, y oropeles. Por mucho que niegue su purismo al calor de nuestra conversación.

- Monsieur Gilbert Moulin piensa –me dije para mi silencio- que de ser la escritura en trance y sin poscorrección la verdadera voz superior del arte, el célebre dramaturgo habría escrito tantas y tantas obras como imposible fuera leerlas todas en vida.

Y entonces se hizo entre ambos un silencio como sobre rieles, porque al adivinar yo cuáles serían los pensamientos del arcángel guardián del padre fantasma de Hamlet, que lo escribió, me puse a meditar que tal vez…; no, ¡de seguro!, eso es, de seguro que en esa época no fue ni con mucho necesaria una innovación del arte hasta llegar al extremo de una creación en trance, y que por lo mismo era desconocida y sólo vería la luz siglos más adelante, concretándose en las ideas que yo le había compartido a Moulin; pero de súbito me asaltó la idea de que Fra Angélico pudo muy bien ser anterior a Shakespeare, con lo que mi hipótesis del desarrollo del arte a través del tiempo se derrumbaba como quien sopla una velita. Entonces ante tal silencio no pude más y preferí concluir que no había forma ni motivos para superponer una concepción de arte sobre la otra.

Así y nada le dije a Gilbert Moulin que esa reflexión me había incentivado a anotar todo cuanto me pareciera relevante en el suceder cotidiano, y que lo más probable era que pronto anotaría el feliz rencuentro entre ambos, librándome después de meses de esta terrible soledad que de cuando en cuando se cierne sobre la librería.

- He decidido hacer un viaje –le dije desde el escritorio-. Afortunadamente o no ni la telefonía ni la Internet han sucumbido todavía y hace poco me llegó la invitación de Emiliano Alcides para ir a habitar por unos días la nueva apacible morada que en Coquimbo ha encontrado. Un barco fantasma.

A lo que Moulin nada contestó pues ya estaba muy de narices hojeando las páginas de ‘El Diablo’ de Giovanni Papini donde según parece espera encontrar alguna respuesta de redención a ciertos móviles que el ha sentido impulsarse en su interior por obra de Belcebú.

Entonces y sin decir nada cogí mis alforjas y partí en lancha rumbo al Norte hacia el Coquimbo de Octubre del 2006, confiado en que Moulin no tendría más que deshacer su camino hecho a picota y pala cuando regresar quisiera al Valparaíso de 1967.

------------------------------------------------------

De madrugada la lancha tocó tierra en la amplia bahía de Coquimbo. Minutos después un bostezo de orangután o de Chewbacca- cuyas repeticiones se debieron claramente a una intención de arte pro-zoomórfica- me indicaron allá en un cerro la latitud exacta en que se hallaba la nueva morada de Emiliano Alcides. Descendió éste aún bostezando con ojos entrecerrados, ejecutando por las escaleras un zigzag entre el cerro y la playa, el cerro y la playa, hasta que cerro y playa fueron un solo punto y Alcides se detuvo y con sus anteojos circulares –que encontró por cuéa a luka y vende en $50 mil- me saludó riendo sin maldad.

- Espero que el viaje no te haya agotado más de lo conveniente –me dijo- porque para llegar a la Margot hemos menester practicar el mismo zigzag entre cerro y playa que, no lo dudo, me viste hacer recién.

- ¿La Margot? –preguntéle de inmediato-. No me digas que ahora habitas ¡en el amor de una mujer!

- Nada de eso, Kilafláite- dijo riendo (o rió diciendo, da igual)-, es que así se llama la casita en que ahora vivimos con Aurora. Lleguemos arriba y verás. En efecto ascendimos con calma, tranquilidad y parsimonia y todo lo cual cabe realizar sin mayor priesa, y así el zigzag entre playa y cerro se fue dibujando tras nuestros pasos.

Fuimos dos diminutos puntos del orbe allá en la cima del cerro coquimbano, y la distancia se hizo, inequívoca, extendiéndose hacia la playa que ahora divisábamos allá lejos. Emiliano Alcides cerró un ojo para calcular algo y ayudado por la garra petrificada de su índice, que él dice usa para tocar guitarra, me indicó en la letanía. Miré:

- Allá puedes ver recalado tiempo ha el buque Margot Maria Stengel –me dijo Alcides-, que le ha dado con razón el nombre a nuestra casa. Te lo repito, no fui yo quien por capricho bauticé así a la casa sino la casa misma la que ha reclamado tal nombre para sí.

Yo miraba la fachada de la casa y, aparte de su color sandía pálida –pensé que emulaba el óxido propio de un viejo buque en altamar- no hallé más motivo para distinguirla de las demás. Y como si Alcides hubiese leído mi mente en ese instante, dijo:

- Hay que entrar.

Lo primero que llamó mi curiosidad fue la risilla de una viejecita muy pícara que supuse era la ama de llaves que acudía presta a recibirnos. No había nadie tras la puerta. Y Emiliano me dijo que era la puerta que daba un chirrido de lo vieja que estaba. (Entonces y sin saber yo por qué me acordé que la compuerta de mi librería también dio un chirrido cuando llegó monsieur Gilbert Moulin, y me pregunté qué libro estaría leyendo temblando de miseria ante los renglones amarillos, o durmiendo con la boca abierta, el libro entreabierto en sus manos)

Pero yo puedo asegurar que ese ruido se parecía más a la risa de una vieja traviesa que al quejido de una puerta que se abre.

Enseguida todo se trastocó alrededor, y los sentidos percibieron la atmósfera interior de un buque: el constante vaivén, la oscuridad de sus gabinetes conectados por estrechos pasadizos. No había duda: estábamos dentro del Margot Maria Stengel. Alcides aclaró la sala descorriendo la cortina que ocultaba una ventana ojo de buey. Por ella miramos: ante nuestra vista se ofrecía la playa de Coquimbo; me dieron ganas de saltar por esa ventana hacia la arena. Desde la playa veíamos también los cerros y pudimos distinguir la misma casa color sandía a la que habíamos ingresado. Un sobresalto me invadió: ¿Cómo era que desde el interior habitábamos un barco náufrago en la bahía y al traspasar la puerta nos hallábamos en lo alto de Coquimbo?

- Es lo mismo que me pregunto yo –dijo Alcides-. El hecho es que, desde que comenzamos a habitar esta casa me dio la impresión de haber ingresado a un buque cuyas paredes me susurran su nombre: Margot… Margot…

Le dije:

- Al menos el centro te queda a unos cuantos pasos si sales por la ventana.

- No se puede. Estas ventanas ojos de buey están selladas al buque. Además el zigzag entre playa y cerro es una práctica asaz saludable.

En eso estábamos cuando un rumor desde la cocina se dejó escuchar. Era Aurora Tulahuén que nos invitaba a la mesa con una bandeja surta de los más variados manjares a base de cannabis; había mate, ensaladas, leche y pan hechos de esa planta.

- Nada mejor para el constante mareo de a bordo en nuestra casa –dijo Aurora-. Otro mareo más alucinógeno y confortable.

Desayunamos los tres, aunque Emiliano apenas probó bocado.

- La semana pasada asistimos a un congreso internacional de gastronomía canábica –me comentó Aurora- y Emiliano abusó tanto de su estómago que no bien llegó a casa vomitó matas enteras, el budín de semillas y el canapé de cogollos.

- Ahora te enseñaré la cubierta de la Margot –me dijo Alcides-, y conocerás al pintor Zoroastro Rodríguez.

Algo increíble descubrí en el acceso a cubierta, algo así como el eslabón perdido que explicaba esa extraña sensación de estar habitando dos lugares tan distantes como una casa en un cerro y un buque varado en la playa: la popa de la Margot estaba engastada a unas rocas desnudas que la anclaban al cerro en esa parte de su estructura. Mas si uno se precipitaba a la ventana ojo de buey que filtraba la luz de esa mañana, veía uno la orilla de la playa, las olas galopando sin descanso, y el cerro más allá coronado por la Cruz del Tercer Milenio.

- Desde que miré esa Cruz he sentido resucitar en mí el más puro espíritu cristiano. ¡Ah! Pero no aquel cristianismo entronizado en los oros del Vaticano, sino aquel ferviente anhelo de paz subterránea de las catacumbas –díjome Alcides continuando nuestro camino a cubierta-. Paz, querido Kilafláite, que no puede sino ser una sola con la total y completa satisfacción de la libido indicada por Freud. Satisfacción ésta que no puede llevarse a cabo más que mediante la milenaria práctica del Kamasutra. Práctica que como auténtica ofrenda al Jesús Cristo ha de culminar en el absoluto renunciamiento a todo principio de placer mundano. Placer pues, digno de aunarse en armonía con los Diez Mandamientos. Es por eso que junto con Aurora hemos querido rendir testimonio de nuestra feliz conversión aquí en la Margot, con imágenes que den prueba de nuestra voluntad. Mi amigo Zoroastro Rodríguez se encuentra ahora en cubierta, ocupado en los primeros trazos que ilustrarán las distintas posturas de este Kamasutra Cristiano, tales como ‘No matarás – Cara a cara’; ‘No desearás a la mujer de tu prójimo – Salvaje’. En fin, para iniciarse en este apostolado menester es practicarlo al pie de la cama. ¡Ea! ¡Subamos!

Subimos. La Margot se abandonaba a su cadencia, ancladas a las rocas del cerro coquimbano. Hasta que llegamos a cubierta, que no era sino la más alta y espaciosa habitación de Alcides y Aurora. En la muralla que miraba hacia la playa se abría una ventana ornada de un cortinaje azul cobalto. Sobre el trozo de pared en que se alargaba el visillo, el pintor Zoroastro Rodríguez practicaba los trazos de una nueva postura del Kamasutra Cristiano. Al vernos, dijo el eximio pintor:

- ¡Qué dicha he hallado pintando vuestra cubierta! ¡Si me siento como el mismísimo Roberto Matta ante los muros de Algarrobito! Contemplad, Emiliano, cómo este gozoso Via Crucis de dos cuerpos desnudos cargando la cruz del placer se va haciendo a lo largo de vuestra recámara. ¡Si hasta parece que siento bajar de los cielos el orgasmo redentor! Ah, ya lo sabréis amigos, cuando dé final a estas figuras, ¡ya lo sabréis!

Así habló Zoroastro Rodríguez. Y por la ventana, poco a poco, vimos cómo la noche se remontaba hacia nosotros, sobre las olas.
---------------------------------------------------

Desperté en una recámara lateral que Alcides había dispuesto para descansar del ajetreo del viaje. Después de todo cualquiera ha de terminar exhausto si se viaja por mar desde el Valparaíso del 2027 al Coquimbo de octubre del año 2006. Nos reunimos todos a desayunar en el gabinete central de la Margot. Luego nos dispersamos. Con Emiliano Alcides franqueamos la puerta de calle y, por primera vez desde mi ingreso ayer a ese verdadero buque, nos volvimos a encontrar en lo alto del cerro.

- Vamos a la Universidad de La Sirena –me dijo Alcides-. Tengo que ver un asunto para nuestra revista de arte y luego visitaremos a la compañera Meche Recova. En la Universidad de La Sirena nos metimos a una gran sala de diseño gráfico donde mi amigo fue a buscar los afiches para la convocatoria de la revista Fe Mata que él dirige junto a la poeta Alpa China.

¡Qué afiches tan únicos, tan… rupturistas! Decenas, docenas de tazas de wáter apiladas en un cementerio cualquiera. De las bocas de los wáters emergen los bustos de Neruda, la Mistral; Bolaño, Cortázar. Sería largo enumerar aquí. Porque no sólo de extensión vive la escritura experimental, sino también de la aguda pluma ensangrentada de nuestro Señor Belcebú. Matamos el tiempo en la cafetería de la Universidad conversando un café. De pronto…

- ¡Mira! –Dice Alcides- ¡Son los Trovarios!

De verdad eran ellos, el Juan Carlos Labrín que había organizado el encuentro aquí mismo el año pasado, y el Pablo León… ¡pero qué cara la del muchacho ese! Y hay gente que es feliz con tan poco.

- Tampoco –dijo Pablito León con la mueca más natre que, usted esclarecido lector, se digne hacer ante el espejo-.

Desde nuestra mesa escuchamos a Juan Carlos que le indicaba al Pablo un perro olisqueando debajo de las mesas y le dijo:

- Ahí po, hijo, él estudia psiquiatría aquí en la Universidad.

Los Trovarios se rieron, pero no mucho. El perro se echó por allí.

- Claro que ahora no atiende. Tenís que pedir hora pa más tarde.

Yo terminé mi café y Alcides aspiró otra bocanada de aire; luego dijo vamos a ver a la Meche Recova y lo seguí. Llegamos donde una flaca muy chora metida en una cola de sirena. Claro, la Meche Recova, si me acuerdo haberla visto en el Trovarios del año pasado; se puso a conversar con nosotros, parece que salió de un ensayo porque venía dando saltitos dentro de una cola de sirena igual que los niños cuando hacen carreras de sacos, así, y dijo que iría a la noche a la Margot a visitarnos; y ¿qué hacís metida en esa cola de sirena? Le preguntó Alcides.

- Es que estamos en el taller de persuasión, tú cachái, de cómo convencer a los auditorios de lo que estái exponiendo, y estamos viendo los cantos subliminales con que las sirenas fascinaban a los navegantes, el profe dice que mientras más inconsciente más al hueso es el tarascón.

- Pero qué increíble –dijimos a coro con Alcides; conversamos algo más y luego la Meche regresó al taller dando más saltitos.

Por lo que entre tantos afiches con wáter y escritores, y tanto perro siquiatra y trovadores y sirenas, con Alcides nos encaminamos a un restorán que los yoghis tienen allá cerca de la U de la Sirena. El menú para estudiantes venía en una bandeja: ensalada de meditación aliñada con elongación del espíritu; de plato de fondo había arroz con paz salteada en aceite de renunciamiento, y además nos dieron un vasito con agüita de hierba de la planta azul de la beatitud. Una digestión digna del Cielo a sólo 6 gambitas, te paso el dato si tu película es vivir 100 años (no escribas como escribo yo).

En el fondo del restorán nos hacía señas el cantautor Amílcar Compaña y nos sentamos a su mesa. Ustedes que leyeron el menú se imaginan cuán nutritivo ha de haber estado. Tanto, que yo esa tarde hubo un momento en que dudé haber comido tanto. Después de eso nos fuimos a beber cerveza y a escuchar las canciones de Amílcar Compaña en una picá del centro, la Maruja Pécora. Compaña se entusiasmó y nos acompañó –por algo se llama así- hasta esa noche en la Margot en que también nos visitó la poeta Alpa China que, como llegó muy tarde no pude escribir más sobre ella; también apareció la Meche Recova con unos amigos que andaban con un taca-taca a cuestas, transmitiendo todo el rato, hasta que Alcides ponderó la propedéutica actual y hasta ahí no más llegó el carrete; además ya era de día nuevamente y yo regresé sin más al retiro bibliófilo de mi librería.

Dedicado a Emiliano Alcides,
Coquimbo – Valparaíso,
17 de octubre del 2006.
 
madrobyo,07.11.2006
¿Emar sera mejor que Cortazar y Borges?
 
albertoquilapan,12.11.2006
Sigo subiendo pasajes de Umbral que me han deslumbrado, pasajes que acabo de leer. He ido descubriendo que Juan Emar, al igual que James Joyce en su Ulises, recoge los episodios más brillantes de la tradición literaria universal para fusionarlos en un crisol que caracteriza su escritura. Por ejemplo en el siguiente pasaje retoma el tema del Infierno de la Divina Comedia de Dante, agregándole elementos de la cultura chilena, la idiosincracia local, etc:

''Lorenzo se expresó con furia:
-¡Este es el antro de la corrupción! Aquí, Lucifer, prepara usted a los que a la Tierra han de ir a corromper y a tratar de derrocar al verídico Dios. Aquí se preparan los luchadores del Mal que han de luchar en contra de los luchadores del Bien. Es aquí uno de los lados del terrible maniqueo. ¡Estamos en el reino de Manes, de Manes! ¡Estamos en el reino de Zaratustra!
Lucifer, entonces, dijo:
-Cada cual hará aquí la interpretación que mejor le parezca. ¿Seguimos nuestra visita, Marul, flor entre las flores? ¿Seguimos nuestra visita, Pradelia, futura bien aventurada? Y vosotros, caros adolescentes, ¿seguimos?
Lorenzo dijo entre dientes:
-Muéstrenos usted el Infierno y daremos por terminada esta visita.
Lucifer se inclinó y dijo:
-Bien.
Un nuevo silbido estridente y aparecieron volando y vinieron a posarse junto a nosotros cuatro arpías de bellísimos rostros de doncellas con cuerpos de grandes águilas. Nos subimos en ellas. Ambos diablos tomaron la delantera y empezó nuestro vuelo por aquellas, en realidad, interminables cavernas.
¿Cuánto rato habremos cabalgado sobre estas arpías? Pasábamos por oscuros precipicios, por hondos despeñaderos, por galerías negras y plateadas, galerías ora angostísimas ora extremadamente anchas. A veces, en medio de esas tinieblas de plata, brillaba una pequeña luz. Junto a ella y sobre una mesita de tres patas, veíamos a un viejo o a un diablo o a un ser deforme que trabajaba afanosamente. Apresuré mi arpía hasta colocarme cerca de Lucifer y, mostrándole a uno de estos seres. Le pregunté:
-¿Qué hacen estos entes solitarios sobre sus mesas? Parece que se entregaran a un rudo trabajo.
Lucifer, sin siquiera volverse hacia mí, me respondió:
-Envían a la Tierra la orden que hay que defender.
-¿Y qué dice tal orden?
-Dice: ''Todo lo que ignoro lo niego''. Tal es mi mandato. Así los aferro a sus sentidos y así hago fáciles presas contra el engañoso Dios.
Al pasar cerca de uno de ellos le preguntó:
-¿Niegan tus súbditos como se ha de negar?
-¡Oh, sí, niegan y niegan! -respondió éste-. No quieren saber más que lo que dicen sus sentidos. Para todo lo restante, ¡niegan y niegan con exaltación!''

-Umbral, Tercer Pilar, San Agustín de Tango, tomo IV, página 2019.

 
albertoquilapan,03.01.2007
amigos quiero seguir subiendo algunos petit buchè que me quedan dando vuelta; son muchos y los pocos que aquí subo tienen suerte porque los he leído hace poco y han coincidido con un ánimo suficiente como para transcribirlos y compartirlos aquí. Creo sinceramente que una escritura así, innovadora y liberadora, merece ser recomendada. Servidor de usted!!

'Yo pensaba en otras cosas. El centro de mi mente estaba en otras cosas. Pero... ¿hay un centro en nuestras mentes? Tal vez hay uno. Es lo que Anacleto Ibacache ha de perder a menudo. De ahí sus terribles neurastenias. Hoy, creo, debe decirse 'neurosis'. ¡Son formidables los progresos de la medicina! Neurastenia-neurosis... Anacleto, según me dijo cierto día, tenía un mal. No, tenía una manía. Debe, en el fondo, ser lo mismo: mal-manía; como neurastenia y neurosis. En fin: él o ella es ponerse a pensar demasiado en el futuro. De este modo ¡olvida el presente! Pues se pone a cavilar en esto: ''Después que pase esto... ¿qué irá a sucederme...?''. Entonces construye andamiajes para protegerse en ese futuro. Llega el futuro y el futuro ¡es completamente, es totalmente diferente! ¡Ja, ja! ¡Todo un proceso mental perdido! Es algo obvio que proyectarse hacia el futuro...
Yo pensaba en otras cosas. Pues yo tuve una vez una novia. La amé como se ama a una novia. ¿Es mucho amar o es poco amar? ¡Una novia! Me decía siempre: ''Quiero que te des entero a mí, entero, enterito''. Yo le respondía: ''No puedo darme entero, pues necesito, por lo menos, una mitad para mí, para mi trabajo; esto no puedo darlo porque yo mismo ignoro lo que es''. Ella respondía entonces: ''No''. ¡Ah, sí, ahora recuerdo! Le ofrecí las 3/4 partes de mi tiempo. Me guardaba sólo 1/4 para mí. Ella dijo: ''No''. ¡Qué decir si le ofrezco los 2/3 de mi tiempo! Se los ofrecí. Me dijo: ''¡Jamás!''. Me exigió: ''¡Dámelo todo!''. Es claro, es algo obvio: ''Cuidas mi dinero y no cuidas mi tiempo''. Como aquella vez que fui a un almuerzo y me retiré a las 3 de la tarde. Les dije que me marchaba porque había encontrado, entre plato y plato, la solución de un problema literario y necesitaba anotarlo. ¡Protesta general! En otro almuerzo me retiré a las 2 de la tarde: tenía que vender una docena de cerdos. Pusieron el auto a mi disposición. ¡Y era toda ella gente adinerada!'

Umbral, Cuarto Pilar.
 
cramberria,28.01.2007
 
cramberria,28.01.2007
Nadie, desde aquella noche nefasta para Valparaíso, ni podido ni querido visitado me había en la ‘Apoteosis’

me ha encantado la utilización de los verbos en esa frases

!!!

 
quilapan,07.02.2007
A continuación un capítulo del primer tomo del Cuarto Pilar. En este pasaje, se vuelven a enfrentar los dos hombres que se debaten en el espíritu de Juan Emar: el narrador y biógrafo de Umbral, Onofre Borneo por un lado; por otro, Juan Emar. Onofre es el biógrafo que registra todo lo que acontece y, además, se deja llevar por el ímpetu de la juerga, de la diversión; entonces sale a remoler con su amigo Romualdo Malvilla, con quien va a bares y antros tales como El cabaré San Lito o el bar de Las Tres Chimeneas. Onofre huye de su tarea de biógrafo cuando ésta se le torna agobiante, cuando le hastía realizarla, y en cierta forma escapa de un pacto que ha acordado con su otra parte, que es Juan Emar, aquella parte del espíritu del narrador que busca sumergirse en su escritura y así dehacerse del ruido mundanal, de todo lo terrenal que le obstaculiza su tránsito hacia una completa espiritualidad, el misticismo con qué abarcar el todo.

16

Por ella caminé, presuroso. ¿Por qué? No lo sé pero el caso es que iba a cuantos mis trancos me daban. Pasaba bajo la luz de un farol y luego me sumergía en las nuevas tinieblas...hasta ser alcanzado por una nueva luz. Tinieblas, luz; tinieblas, luz. Así avanzaba yo por esa callejuela. Hasta que una voz se dejó escuchar a mi lado. Decía eta voz:
...... -¡U-uuuy! ¡U-uuuy!
..... Respondí sin siquiera volverme hacia ella:
..... - ¡No soy don Irineo Pidinco! ¡Las Guaxas nada pueden en contra mía! ¡Estoy en San Agustín de Tango! ¡No estoy en ese bosque de Guayacán!
...... La voz entonces repitió:
..... - ¡U-uuuy! ¡U-u-u-uuuy!
..... Me detuve y me volví. Grité con voz estentórea:
..... - ¿Quién vive?
..... Un sujeto avanzó con lentitud hasta mi lado. Se inclinó con toda cortesía y me dijo:
...... - Soy Juan Emar.
..... Todas mis ideas titilaron, todas se entremezclaron y quedé absorto. Tuve que hacer un esfuerzo para no caer. Estábamos entre dos faroles. Me protegí contra el muro bajo de una casa.
..... Juan Emar vino hasta mi lado, me tomó de un brazo y se expresó con voz suave, lenta, rítmica:
..... -Date prisa, Onofre Borneo. Tomba te espera desde hace ya rato allá en Fray Tomate. Cierto es, naturalmente, que estabas en Las Tres Chimeneas; cierto es que bebias gin y whisky. Al beber whisky y gin las horas cuentan menos, las horas pasan y pasan y no se sabe cómo. Así es que podemos marchar lentamente, podemos marchar sobre las horas o podemos dejar que se deslicen a su antojo. ¿No lo crees?
..... Respondí:
..... - No sé que creo. Habla si algo tienes que decirme.
..... - Quería hablar de ese gran hombre, de ese hombre que ya se encuentra más allá del bien y del mal, de aquel que es todo, todo serenidad. ¿Ves de quién quiero hablar?
..... Respondí:
..... - Sí; de Florencio Naltagua.
..... - Él repitió:
..... - Sí; de Florencio Naltagua. ¡Un hombre inmenso!
..... Repetí:
..... - Sí; un hombre inmenso.
..... - Un ejemplo para todos nosotros.
..... Repetí:
..... - Sí; un ejemplo para todos nosotros.
..... Entonces, acercándose más a mí, me preguntó:
..... - ¿Estaba Florencio en LasTres Chimeneas?
..... Respondí con ira aunque, tal vez, con algo de envidia:
..... - Florencio no frecuenta semejantes antros de bailes, riñas y llantos. Florencio no bebe, jamás bebe ni una copa.
..... Juan Emar, siempre solícito, agregó:
..... - Cómo tú, carísimo Onofre, como tú. Jamás bebes una copa ni jamás frecuentas semejantes antros de baile, riñas y llantos.
..... - ¡Yo no los frecuento, Juan Emar!
..... - ¿Quién, entonces, los frecuenta? ¡Ah, es verdad! Natales y Yumbel... Claro está: la concepción de una obra filosófica; el descanso después de la labor...
..... Caminamos un poco más, caminamos en silencio. Al fin me preguntó mirando las tinieblas:
..... - ¿Hacia dónde te encaminas, Onofre mío? Si sigues por este lado vas a ir a parar, vas a ir a parar...
..... Miré para un lado y otro, traté de orientarme. Al fin dije:
..... - No sé hacia dónde me encamino. Volvamos atrás, volvamos.
..... - Es decir -me susurró Juan Emar-, volvamos a ...pasar por Las Tres Chimeneas... ¿No es así?
..... - Es como tú quieras. No entraré en esas tabernas inmundas, no, no entraré en ellas. Pero tengo que volver atrás pues por esta calle... ¡el diablo sepa adónde iría a parar!
..... Dimos media vuelta y nos pusimos a tranquear, lentamente, con mucha lentitud. Cuestión de darle oportunidad por si algo especial tenía que decirme. Por fin lo hizo:
..... - Florencio Naltagua es un hombre inmenso.
..... Respondí medio fastidiado:
..... - Ya lo sé; Florencio Naltagua es un hombre inmenso.
..... Nuevo silencio. Al fin me detuvo y me recordó:
..... -¿ Te ves ahora saliendo de su casa, allá en la plaza de los lindos castaños, la plaza Dominus Vobiscum? ¿Te ves, Onofre...? ¡Oh, con qué euforia que te inunda íntegro! ¡Qué euforia, en verdad, magnífica! La vida entera toma otro aspecto para ti, toma el aspecto de...
..... - Como lo toma con algunos vasos de...
..... - ¿Crees tú? ¿Crees tú que Tomba cree? ¿Y Marul Carampangue? ¿Crees tú que creería? ¡No, mil veces no! Ellas no creen en esos vasos de gin, de whisky, de coñac, de ron, de pernod, de...
..... - Quiere, entonces, decir que son unas mujeres que...
..... - ¿Qué...?
..... - Nada, nada, Juan Emar, sigamos nuestra marcha.
..... Seguimos en silencio. De pronto me detuvo e hizo con la mano un gesto de recordación.
..... - ¿De qué te acuerdas? -pregunté.
..... - De ese hombre inmenso -respondió.
..... - Sí, inmenso pero... pero estamos de juerga. ¡de juerga y nada más que de juerga! Sin querer nos estamos acercando a este conjunto de bares, a Las Tres Chimeneas. En él ¿se insultan? ¡Quia! Y, dime Juan Emar, ¿no se insulta la gente en todas partes de este globo terráqueo? En él se lamentan y lloran los desgraciados y las pobres desgraciadas... Dime: ¿no hay lamentos y llantos en el orbe entero, enterito y más allá del orbe? ¡No, no y no! ¡No puedo pasar mi vida evitando insultos y llantos, no lo puedo y ¡no lo puedo! ¿Oíste? Además se baila, hay sandunga hasta reventar, hay de todo lo que uno quiera... Por ejemplo hay mujeres, ¡y qué mujeres! Por ejemplo: Etete y Sibilina y Bienvenida... ¡Ooooh, qué soberbias mujeres! ¿Carolina, dices tú? No la conozco pero, claro está, era una mujer estupenda. Y, por ejemplo, sí, eso es, por ejemplo..., por ejemplo... Hay gin, mucho gin, que no todas las veces cae bien. El gin es como el whisky. No, no cae bien; cae mal a menudo..., muy mal. ¡Ea! ¡Caminemos!
 
quilapan,17.05.2007
Aprovecho de rectificar una Fe de Ratas: dice al comienzo en la reseña que el Pilo Yañez escribió las Notas de Arte en La Nación entre 1925 - 1927; debe decir: entre los años 1923 - 1925. (Al fin me decidí a corregirlo, lo sabía pero de flojo... ¡viva la inacción!)
 
quilapan,17.05.2007
Ideas

Este texto pertenece a Juan Emar y data del año 1914, cuando el autor tenía 21 años; en ese entonces llevaba diarios de vida donde anotaba sus reflexiones y 'se estudiaba a sí mismo'.


Mientras más vivo más me convenzo de la insignificancia de todo; de todo con respecto al hombre, naturalmente, puesto que dicha convicción me ha venido al comprender que hay algo grande, mucho más grande, mucho más alto.
Pero… ¿dónde está ese algo?
Nadie podrá saberlo jamás.
Me dirán:
- ¿Cómo es posible pensar así cuando vemos diariamente un mar de hombres dedicarse, de cuerpo y alma, a estudios grandes y altos, cuando es sabido que tantas cosas son grandes y altas?
Pues, así pienso.
¡Grande, alto!
Deben convenir conmigo que eso es en relación a nuestro entendimiento, que ello es grande ‘para nosotros’, alto ‘para nosotros’. Ahora, por favor, pensad un minuto:
¿Qué somos?
Unos pobres seres, vanos microbios que hacemos prodigios dentro de lo que somos capaces de hacer, como las abejas y las hormigas. Pero quedamos atónitos, sin comprender nada, fuera del radio de acción de nuestra inteligencia y del radio de acción de nuestra conciencia. ¡Nada más!
Nace un hombre y empieza su vida. Veréis qué importancia dará a los ínfimos hechos que lo rodean como ser su casa, su comida, los chismes de la comadre, las opiniones del boticario vecino. Pero dicho hombre avanza y un nuevo horizonte se le abre.
Comprende que su casa está en su país y que hay otros países más que hay que gobernar. Dirige sus fuerzas a comprender todo eso y queda admirado al ver tantas regiones superiores donde obra el hombre, regiones que antes no había ni siquiera imaginado. Le vendrán ideas e ideales; luchará convencido de la grandeza de cuanto hace.
Sigue adelante, ya sea por ese camino o por otro, como el de las ciencias o las artes o cualquier otro; en fin, sigue penetrando, sigue investigando y buscando. Nuevos horizontes se extenderán ante él. Mas cuando ya vaya a llegar a la cúspide de sus conocimientos mirará hacia atrás y se preguntará:
-¿Qué he hecho? ¿Cuánto he abarcado con mi entendimiento?
Verá que nada. Verá que todos sus conocimientos, como todos los que pueden tener los hombres, no son más que datos insignificantes sobre lo que lo rodea, datos en relación a ellos mismos y no en relación a lo infinito.
Verá también que la evolución de un hombre es la misma que la evolución de los animales. Este perro viejo y enseñado sabe más que ese otro que acaba de nacer.
Pero ¿qué sabe?
Lo que los perros pueden saber…
El que ha recorrido eso que se puede saber, verá que es nada, nada más que la facultad que tienen los seres vivientes de:
Darse cuenta, a su modo, de las cosas que los rodean.
Me preguntaréis:
-¿Cuál es entonces el non plus ultra de la humanidad, el hombre ideal? Para mí –y no os escandalicéis, hombres de acción- es aquel que se convence de que todo cuanto hacen los hombres y todo cuanto pueden hacer, es sin objeto, es pequeño, es limitado, y que, si algo hace, debe hacerse por… por hacerlo y nada más, para obedecer a ese mandato que hay en nosotros que nos induce a ocuparnos en algo…
¿Por qué, entonces, yo que creo y pienso así, por qué pienso y estudio?
Pues, para poder darme cuenta de que todo es inútil. El ignorante no lo sabe. El que piensa y medita lo comprende. Comprende que todo es inventado por los hombres, en relación a sus limitadas facultades; lo comprende desde una gran altura.
Aquí nuevamente me pregunto:
¿Gran altura?
Es en relación a los otros, nada más; así se ve como ‘gran altura’…
El hombre de convicciones fijas es un necio. Quien crea en la grandeza de las ciencias, de las artes, de la política, etc., es uno a quien su capacidad no le ha permitido ir más lejos para ver la pequeñez de las ciencias, las artes, la política, etc.
Todo es inventado por los miserables hombres, todo es convencional, del instante. Apenas se sale del pequeño círculo en que el hombre da vueltas y se entra en el Universo, en la Naturaleza, eso se ve. Se ve que no hay nada, que uno no es nada. ¡Hacer, proceder! ¿Para qué? Bien, si es por hacer algo o para poder comer. Pero nada más. ¿Es peor? Lo siento pero es así.
Por eso me pregunto:
-¿Para qué escribo? ¡Escribir…! ¡Noble literatura! ¿Qué eres?
Luego me contesto:
-Eres como todo, una cosa inventada por los hombres para entretenerse los unos a los otros, para engañarse haciéndose creer que eso es lo grande; para distraerse y no pensar en los misterios que nos envuelven, nos oprimen y nos ciegan…
Es convencional la literatura también, es pequeña, imbécil. ¡Oh –clamarán los literatos convencidos-, fíjese usted que va tras lo bello, ¡lo bello!
- ¿Qué es eso de lo bello?
Lo que satisface a nuestros ojos, a nuestro entendimiento…
Nuestro entendimiento, ¿qué comprende?
¿Comprende lo bello o lo que a nosotros nos gusta? Acordaos quiénes somos nosotros; entonces os diré:
¡Inocente, cándida literatura!
Sin embargo yo escribo y siempre escribiré; me mortificaré por escribir…
¿No es esto otra prueba de que somos unos pobres e imbéciles microbios…? Dintel (5to tomo)
 
quilapan,17.05.2007
Juan Emar en Santiago de Chile

por Enrique Vila-Matas

Nacido en 1893 en Santiago de Chile, Juan Emar pronto sintió la llamada de París, adonde viajó, con el dinero de su padre, en 1912, con la idea de 'darle a mi vida un objetivo, una misión que me hará feliz y que vaya con mi temperamento'. Y añadía: 'Chile, a mi vuelta recibirás y mantendrás al nuevo y verdadero yo'.

Juan Emar es el pseudónimo de Alvaro Yañez. Se cambió el nombre en París, donde formaba parte del grupo de amigos de Vicente Huidobro. Tomó su pseudónimo de la expresión francesa j'en ai marre, es decir, tengo fastidio, o como dicen los chilenos, tengo lata.

A su regreso en 1923 a Santiago de Chile, Juan Emar llegó con su nuevo y verdadero yo, pero tenía fastidio, tenía lata todo el rato, y en las tertulias dejaba caer ideas extravagantes para los santiaguinos. Sus amigos le ayudaban y protegían cada vez que decía algo raro, le excusaban ante la gente diciendo:

'Es que viene de París.

Ah! decían los santiaguinos. Si viene de París...

'El regreso de Juan Emar a Santiago significó una inyección de vitalidad y una influencia renovadora como nunca antes se había producido en el campo cultural chileno', dice Pablo Brodsky, estudioso de la obra de Emar. Ya a las pocas horas de su llegada, el escritor publicó un provocativo artículo en el diario La Nación, propiedad de Eliodoro Yañez (su padre), donde propagaba con desparpajo parisino las novedades artísticas de Europa y arremetía contra 'la santa comodidad' de los críticos literarios de Santiago.

Un escándalo. Los críticos atacaron al cubismo, al dadaísmo, al futurismo, al modernismo. Unos dijeron que el arte moderno que propagaba Juan Emar dejaba a su paso 'la terrible huella de la cocaína y de la morfina'; otros se preguntaban quién era el escritor Juan Emar y qué había escrito; otros finalmente decían que el famoso arte de vanguardia parisino consistía simplemente en el abuso del empaste.

Juan Emar respondió con brillantez a todo ese patético alarde de profunda ignorancia de los críticos, y se creó enemigos con una facilidad espléndida. Al principio, le divirtió contestarles y hasta empastarles en la cara el abuso de sus santas ideas cómodas. Pero pronto se cansó y acabó teniendo fastidio y expresando su deseo de perder de vista a Santiago cuanto antes, liberarse de la ciudad natal pequeña y ruin, 'donde sólo tienen cabida las bajezas, donde impera la injusticia y la mediocridad, donde nunca se premia al verdadero valer, donde los prejuicios, cual redes, atan todo movimiento de realidad'.

En 1925, en cuanto su padre le dio más dinero, decidió regresar a París a seguir preparándose para destruir los valores racionalistas y cristianos, y allí comenzó a escribir cuentos y novelas extrañas. Creyó que viviría siempre en París, pero en 1932 su padre le envió una carta en la que, recordándole que ya tenía cuarenta años, le conminaba a regresar, 'pues no será posible enviarte la cantidad que pides en tus cartas a mamá'.

A su regreso a Santiago, Juan Emar comenzó a publicar sus novelas raras, y los críticos no tardaron en vengarse de él diciendo que su obra estaba 'fuera de lo clásico, de lo usual, de lo normal, hasta de lo equilibrado [...], no creemos que el lector chileno haya leído ni entre lo nacional ni entre lo extranjero, nada parecido'.

En 1937 aparece Diez, un libro extraordinario, formado por igual número de relatos, a cual más arriesgado y sorprendente. La estructura de este singular artefacto literario está compuesta por cuatro animales, tres mujeres, dos sitios y un vicio, contemplando todo un orden y una distribución piramidal o triangular que, internamente, entregará las claves para su desciframiento.

'Maldito Gato', uno de los diez cuentos de Diez, es la cumbre de la literatura rara, tanto chilena como mundial. En este relato el narrador entra en una cueva en cuyo interior hay un gato sentado y, sobre su cabeza, entre ambas orejas, una pulga. Al sentarse frente a ellos, gato, pulga y hombre forman 'un largo, fino y agudísimo triángulo'. Me han dicho que de este cuento César Aira, el más raro de los escritores argentinos de ahora, es un gran admirador. No me extraña nada esto, pues Aira me parece un discípulo involuntario del autor chileno.

Al unirse gato, pulga y hombre 'esas tres fuerzas diferentes, las que hasta ese momento habían estado trotando desorientadas por el mundo: tres fuerzas incoherentes en el caos de la vida que, por su misma incoherencia, por su mismo desequilibrio, al hallarse errantes, contribuían todavía más a intensificar ese caos', forman de pronto una imagen estable, en perfecto equilibrio, es decir que, al cerrarse la nueva figura geométrica con la presencia del hombre, se produce un circuito y la energía circula formándose un nuevo todo, paralelo al todo macrocósmico, con una vida y un tiempo propios.

Lo mismo puede decirse de la obra entera de Juan Emar, tiene una vida y un tiempo propios, muy suyos. En ella destacan, entre otros, títulos como Ayer, Un año y Umbral, que tiene más de cinco mil páginas. Una obra asombrosa y rara. El triángulo de 'Maldito Gato' es el ojo por el cual el narrador se despide de la realidad cotidiana para alcanzar un estado de conocimien-to inédito y absoluto. La obra entera de Juan Emar es lo mismo, hay en ella un rechazo de lo cotidiano y una búsqueda de una sabiduría inédita que habría de situarnos en las puertas del Más Allá.

Juan Emar murió con su gato y su pulga en Santiago en 1964, y El Mercurio dijo: 'Una extraña personalidad que pasó por la vida como un inadaptado y un rebelde. Acaso logrará su arte imponerse algún día'.

Ya se está imponiendo, se está redescubriendo en su ciudad natal la escritura rara de este 'Kafka chileno' (así le llamó Neruda), al que yo leo con estupor pero también con una gratísima sensación de reposo y de estabilidad, sin duda porque su genio me da equilibrio y me quita fastidio, me quita lata y me quita sueño.
 
loretopaz,17.05.2007
Alberto Quilapan, hace tiempo que no venía por este foro, he leído esos bocadillos que has ido dejando, son una verdadera delicia. El capitulo 16 que subiste me atrapó desde un principio, al comienzo sólo por eso, por ser el n°16 (cosas mias), y la verdad es que no me defraudó: primero, esa alternancia de luz y sombra me trajo recuerdos de mi infancia, cuando, a veces, ya tarde, mis primos nos acompañaban hasta el paradero de buses, y jugábamos a ver crecer y achicarse nuestras sombras a medida que nos acercábamos o alejábamos de cada farol. Y Guayacán, que sólo nombra, me trasladó a ese lugar en donde pasé muchos de mis veraneos de infancia. Siempre me pasa lo mismo al leer a Juan Emar, me trae sensaciones, recuerdos olvidados, ademas de maravillarme con sus ocurrencias y planteamientos. Y finalmente, darse cuenta que esa sucesión de luz y sombra anticipa el encuentro entre las dos partes opuestas de su personalidad, el lado luminoso y el oscuro de Alvaro Yañez. La última reflexión que acabas de subir muestra que a los 21 años ya tenía esa forma tan peculiar de desarrollar sus ideas, en donde ya se perfilan su filosofía, su forma de comprender la vida. Gracias amigo cuentero, ha sido un verdadero placer, te lo aseguro.
 
mandrugo,17.05.2007
", y se creó enemigos con una facilidad espléndida".
Ja! Naturalmente una cualidad comprensible ante comentarios como: 'la terrible huella de la cocaína y de la morfina'.
 
quilapan,16.06.2007
El arte de novelar, por Braulio Arenas.

Este tiempo nos ha traído un imprevisto regalo: el comienzo de la publicación, en Buenos Aires, de una larguísima obra de Juan Emar.

Por mucho que este escritor chileno no haya contado nunca con un vasto número de lectores, tuvo, no obstante, una minoría a su favor, los que celebraron Ayer, Miltín y Un año , publicados hacia 1935, aumentados estos títulos con los Diez , cuentos editados por Ercilla y reproducidos por la Editorial Universitaria.

El breve paso de este escritor por la literatura hacía pensar a los más desprevenidos que el suyo había sido tan sólo un destello. A la verdad, no dejaban de tener alguna razón, pues transcurrieron los años y murió el autor, sin que nunca jamás se le viera enriquecer su bibliografía con un nuevo aporte.

Sin embargo, desde entonces -desde el mismo momento de la aparición de sus libros hasta el instante de su muerte- no había dejado de escribir un solo día. De este modo, imperceptiblemente, su manuscrito fue aumentando en páginas hasta llegar a la impresionante cantidad de cinco mil folios.

Nosotros tuvimos la oportunidad de leer esa inmensa obra -no el total de ella, pero si aproximadamente una tercera parte-, convenciéndonos, una vez más, de la genialidad de su autor.

En efecto, se podría asegurar que Umbral , de Juan Emar, es un libro original de un extremo al otro, sin precedente en ninguna literatura. Todavía más, cierta vertiente suya podría señalarse como precursora del “nouveau roman” francés, siendo, en su aspecto general, una producción inclasificable dentro de cualquier género literario, pues la narración -si es que de narración novelesca se trata- se encuentra interrumpida a cada paso por otros relatos, cuando no por reflexiones que rompen, hasta el infinito, la unidad del texto.

Todo lo que hemos expresado hasta aquí, lo sabemos, no dará una verdadera dimensión de la obra, pero, afortunadamente, ya contamos con el primer volumen para remitir al lector, indicándosenos, además, que la Editorial Carlos Lohlé, de Buenos Aires, publicará a fines de este año el segundo tomo de la larga serie, con lo que se podría decir que la obra de nuestro compatriota ya ha echado a andar por un camino seguro.

Y ahora, nos preguntamos, ¿no ha sido el propio Juan Emar el que se ha encargado de suministrarnos la técnica que ha empleado para componer la obra total?

Si entendemos bien sus explicaciones (aparte de las que nos suministró personalmente), él escribía un largo período de intención novelesca, ocupando unos 30 centímetros de papel, y en seguida lo cortaba en trozos, cinco, seis, o siete trozos (según la cantidad de puntos apartes que contuviera el relato en cuestión).

En seguida, a continuación de cada uno de estos trozos, el autor procedía a escribir un nuevo texto, nacido éste de la sugestión que le procurara el fragmento cortado. Después reunía el total en una larga tira de papel, no ya de 30 centimetros, sino de un metro o de mucho más, encajando los nuevos textos tras los que le habían dado origen.

Entonces comenzaba una nueva fase, o, más bien, un nuevo corte del relato. El total reunido (por el texto original y por los textos incorporados) volvía a convertirse en un conjunto de fragmentos, los que volvían a dar paso a nuevos textos, integrados éstos al total, pero nuevamente cortados en fragmentos.

“Y la unidad se ha conservado, pese a quien pese: puesto que el total -por kilómetros que se haya desarrollado- guarda como encabezamiento el primer encabezamiento, lleva en el centro lo que era el centro y termina con su término... Es decir que, si gráficamente el relato se ha estirado en línea recta, como una serpentina que se desenvuelve, en la realidad literaria y profunda se ha englobado haciendo sonar, por afinidad, todas las notas susceptibles para un acorde mayor.”

Agreguemos que esta técnica sería inútil, así como cualquier técnica, si el contenido de la obra no estuviera animado por una gran originalidad y una gran belleza.

Y estos dos elementos son los mejores ingredientes de Umbral , del magnífico escritor chileno.

(*). Publicado en «El Mercurio», Santiago, 25 de noviembre de 1979.
 
quilapan,16.06.2007
Vuelvo a poner aquí el link al cuento 'El Unicornio', del volumen de cuentos 'Diez'.

Literatura :: Crítica/El Unicornio, de Juan Emar
 
mandrugo,16.06.2007
Asombrosa manera de construir una obra literaria, sin perder el flujo de la linfa vital que subyace en sus venas invisibles y subterráneas.
Cortando tiritas de papel después de puntos y aparte, para estirar al infinito una fuga musical que va en busca de tesoros por mundos lejanos, para traerlos, como canastos de fresas silvestres y guijarros de luz, esos que veía Beethoven indicándolos con su bastón alzado al cielo, en un punto invisible a sus contemporáneos que sólo veían a un viejo loco, borracho y sordo etcétera..., para, decía, seguir tejiendo esa obra silenciosa y anónima, que ahora está comenzando a caminar por el mundo.
 
quilapan,17.06.2007
mandrugo, dejo aquí tu pregunta y el intento que he hecho de responder a tus inquietudes respecto de la escritura de esta novela:

'¿Dónde individuarías, quilapán, en la obra de Emar esa "angustia de la influencia", que habla Bloom, y que estaría presente en todo grande autor.
Hay autores, libros, literaturas más o menos recurrentes, explícitas o veladas en Umbral?'
-mandrugo

Respuesta: No sé si entendí mal mandrugo, el término 'angustia de la influencia'; pero si se refiere a lo inevitable que resulta en un autor reflejar sus influencias literarias, podría decir que Emar acusa estas influencias más en el fondo que en la forma. En el fondo, su escritura aborda bastante el conflicto espiritual que es también tema en Dostoievski; las profundidades sórdidas del alma que explora Allan Poe, si bien trágicas, en Emar también reviste todo tipo de humor: negro, blanco y absurdo. Los fantasmas del tiempo perdido proustiano también forman parte del crisol de su escritura, aunque no puedo decir mucho pues no he leído a Proust, pero es evidente que se influenció de él. La gratitud con que escribe me recuerda a Rabelais; incluso aquí entra la poética de crear mundos paralelos a lo real y a la naturaleza, o sea, el creacionismo de Huidobro, junto con todo el bagaje vanguardista de la europa del período de las guerras mundiales. Especialmente se puede mencionar el interés que tuvo Emar por el ocultismo: en Umbral se hallan muchísimas referencias a esta literatura, y a autores como Rudolf Steiner, Stanislas de Guaita y Piotr Ouspensky, que le proporcionaron a Emar la substancia metafísica suficiente para poder crear un mundo propio e invulnerable a lo largo de su escritura. Y claro, no podía faltar el género policial, que coincidentemente es alimento para los grandes escritores: Emar reconoce que en el género policial también hay espacio para la filosofía; las historias de detectives parecieran agilizar nuestra mente y nutrir nuestra imaginación. Todo esto en cuanto al tipo de literatura de que se nutre la escritura de Umbral. Ahora, imagínate mandrugo, que tu intención es escribir una novela que parte teniendo la apariencia de una carta. Esto da pie para la alternancia de infinidad de textos que hacen ese abanico que menciona maravillas: obras de teatro, textos inconclusos, cartas, ensayos, diarios de vida, ciencia ficción, ocultismo, etc; todos estos textos coexisten en Umbral, casi siempre adscritos a ciertos personajes que son quienes leen o escriben estos textos. Muy importante recalcar que los personajes más importantes de Umbral son fieles alter egos del mismo Emar, 'partes mías no vividas' como él mismo dice: de aquí se comprende que, además de la apariencia epistolar, esta novela, en su forma, se trata de escribir la biografía del mejor amigo del biógrafo, del narrador principal de la novela. Es como si tú mandrugo, hicieras ficción escribiendo la biografía de tu mejor amigo llamado Sergio, que se parece mucho a ti, tiene intereses similares: partes haciendo su biografía para continuar haciendo por extensión las biografías de todos tus amigos, y de los amigos de tus amigos, y de toda una ciudad.
 
mandrugo,17.06.2007
Aquí está perfecta Quila.
 
OrlandoTeran,19.06.2007
Me parece excelente esto que subes sobre Emar. Considero que tu "fanatismo" por él está plenamente justificado. No puedo agregar demasiado, pues como sabes (a sugerencia tuya)sólo leí un libro de cuentos de él.
Te felicito por la propuesta de foro. Saludos a todos los participantes.
 
Rojosangre,19.06.2007
Salvo los textos que haz puesto no he leido a Emar, pero estos trozitos me han partido la cabeza. Las cagó, es un universo entero su obra, y como no concerlo. Hay que armarse de valor para adentrase en ella... yo creo que con el que tengo alcanza...
 
loretopaz,19.06.2007
Gracias por invitarme, Quilapan, me ha maravillado la técnica de Juan Emar para escribir Umbral, que loco lo encuentro, es una perseverancia que raya en la locura, aunque por eso mismo, dotada de una inmensa cordura, indispensable para poder seguir ese hilo finisimo que extiende entre principio y fin.

Que bueno que sigas con el foro.

Mandrugo: me encanta el comentario que escribiste, un hermoso texto.


 
quilapan,19.06.2007
Les agradezco a los cuenteros su paso por este foro; por el tema mismo (hablar de la obra secreta de un escritor que pasó por este mundo hace 40 años, como 'Una extraña personalidad que pasó por la vida como un inadaptado y un rebelde.) justifico que el foro sea más bien expositivo, de un intercambio del cual surgen las impresiones y comentarios de quienes comienzan a acercarse a esta obra. Lo último que he colgado son 2 artículos de escritores de más o menos resonancia en el mundo literario: Braulio Arenas, chileno, fue integrante del grupo surrealista La Mandrágora, que recibió con entusiasmo desde un comienzo la obra de Juan Emar. Su testimonio es valioso puesto que conoció en vida a nuestro autor y frecuentó los círculos en que se defendía la impronta vanguardista en un Chile donde ha predominado lo conservador. El otro escritor es el español Enrique Vila-Matas, contemporáneo que ha sabido mirar hacia atrás en el panorama latinoamericano para desenterrar a los autores que siempre estuvieron al margen de la moda.

Después subí un comentario que escribí a modo de respuesta a una inquietud de mandrugo, quien junto con loretopaz han sido los que han ayudado a mantener la dinámica de este foro. Gracias cuenteros por su entusiasmo. Esta respuesta trata de las influencias del autor, que van apareciendo en Umbral y la manera en que determinaron su influencia.

Por ahora quiero hacer un resumen de lo que he subido para quien se interese pueda acceder a los temas sin problemas:

1- Reseña personal sobre el autor y su obra.
2- Ensayo sobre la creación en la novela Umbral
3- Texto que escribí como primer intento de aplicar algunas prerrogativas establecidas por Juan Emar y que renuevan y dinamizan el acto mismo de escribir.
4- Trozos de distintos pasajes de la novela en cuestión.
5- Artículos de Enrique Vila-Matas y de Braulio Arenas.
 
Madrobyo,19.06.2007
Shhhhhhh


Callese.

Le cuento en unos tres años cuando lo termine.
 
quilapan,19.06.2007
Vamos Madrobyo, usted ya leyó el Primer Pilar ¿verdad? Ojalá que tamaño esfuerzo no sea en vano. Vamos, anímese y si quiere cuente algo, qué le ha parecido tal aventura.
 
Madrobyo,19.06.2007
Ufa!

Agarrar a Emar es como un saco de boxeo, uno no sabe por donde empezar a pegarle, en el buen sentido; de lo poco que se me ocurre sobre la obra; (que como comprendera no pienso dedicar mi vida al buen Emar) es lo personal que convierte una obra como Diez o Ayer, desperdigando los fragmentos, haciendo algo “total”.

No sé.

Mi cerebro esta en este momento obsesionado con josedecadiz, que no da para mucho. Pero quien quita, pronto podamos conversar sobre él.
 
quilapan,19.06.2007
Jajaja!, pues sí, toma sus buenos rounds en el ring de la lectura el adquirir la disposición de ponerse a pegarle a esta obra, pero no confunda mi entusiasmo con el querer dedicarme a Emar cual si en ello me fuera la vida entera; la poca accesibilidad al libro es de por sí un impedimento a su difusión y este foro es justamente para animar a quienes buscan otro sentido en la 'literatosis', como dijera un cuentero por ahí.

Usted caballero acudió a un portal de literatosis chilensis bastante completo donde se encuentra la obra de Emar íntegra, para bajarla en .pdf . El sitio es www.memoriachilena.cl , ya algunos han merodeado por ahí, a mí me parece un excelente sitio en todo lo referente a las letras de mi país, así que lo consigno por si alguien dice 'yo!'.

Saludos.
 
Madrobyo,19.06.2007
Pero no crea que no he notado su influjo emariano, eh, eso en cuanto a la utilización de narrador "yo".

Sabes, es lo que más me gusta de Emar. Es disposición de mandar a la mierda las convenciones de "narrador"

en fin.

El link es:

http://www.memoriachilena.cl
 
quilapan,19.06.2007
Porsupuesto, el influjo lo admito y lo reconozco sin ambages, se puede notar en lo que escribo y la empresa de leer la novela íntegra creo que es para mí un gran paso para seguir buscando y nutrirme de otras corrientes.

El conocido internacionalmente Alejandro Jodorowsky ha dicho sobre Emar:

"¡Qué iban a comprender su narrativa! Ahí estaba el loco Juan Emar creando la verdadera prosa chilena. Hay que partir de él ahora, aunque nadie lo haya leído".

Yo no hago más que obedecer a este caballero.
 
maravillas,20.06.2007
"Hay que partir de él ahora, aunque nadie lo haya leído".
¿Y entendido?
Seguramente, Quilapan, a Emar, algunos, le hayan hasta leído algún que otro "pilar", en algún rato perdido, pero no lo han entendido. Tengamos mucha paciencia, Quilapan, que es la madre de la ciencia.
Y Mandrugo, sin duda, estará totalmente y, enteramente, de acuerdo.

 
Vogelfrei,21.06.2007
UMBRAL?

Puede ser Paco
 
OrlandoTeran,21.06.2007
"Seguramente, Quilapan, a Emar, algunos, le hayan hasta leído algún que otro "pilar", en algún rato perdido, pero no lo han entendido."