Hoy conocí a Willni Dávalos.
Sentado,
descendiendo,
en la plaza de armas.
Lo vi tan indefenso
que le di trigo
como a paloma.
Me sonrió
un kilo de alegría
en el espontáneo gesto.
Garuaba y su mirada
muerta
se abstraía en las suicidas gotas.
Kamikazes.
Menciono algo de Bukowski,
de perdedores que habían parido (y sacrificado) al mundo.
“Los ganadores son unos egoístas”, me confesó.
No quise entenderlo.
Le pregunté si leyó a Cortázar.
Tocó mi boca, con un dedo tocó el borde de mi boca.
Esa fue su respuesta.
Contaba con 16 navidades.
Yo con 14 independencias.
Sin embargo, nacimos en el 88.
Juntos.
Bajo las sobras del mar
me acarició la melánica cabellera.
No era un gran tipo.
De luto.
Enamorado.
-Te esperaba.
-Te buscaba.
Los artificiales fulgores atrajeron niños luciérnaga.
Con la noche,
él fue a dejarse tajar por el amor.
No nos despedimos.
Creo en el reencuentro.
Aún no pierdo la fe en las cosas.
Ya en casa
me senté,
descendí
y envejecí dos navidades.
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