EL CUADRO
La habitación era desnuda. Un amigo le regaló el cuadro y decidió colgarlo frente a su cama. Postrado por la enfermedad, el cuadro parecía un pretexto del consuelo.
Memorizó cada uno de los detalles: el borde del río, la ciudad, quizá el Sena. A lo lejos la iglesia antigua, la torre y el reloj, tonos azules y grises. El matiz del atardecer y todos los vientos acariciando la copa de los árboles. También un farol y el hombre sentado al frente, de espalda al río y con una pipa en la mano.
El cuadro fue su amanecer y dormir se antojó la última imagen de su retina.
Tiempo después, el sueño fue su cuadro y la enfermedad la olvidó entre los ruidos del río y el tañido de una campana. Por esas fechas, la ilusión también lo llevó a fumar en pipa y su alma moribunda subió con el humo que lo envolvía.
Al final y agarrado a las sábanas, gritó entre dientes que él era el hombre del río, sentado, sano y con una pipa que ahuyentaba su dolor de vivir.
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