Te dibujé, pero creo que tenías otro rostro, tampoco el pelo era el mismo. Tenías brazos y piernas, en eso sí coincidía mi dibujo con la realidad.
A fuerza de imaginarte te había hecho un fiel retrato con claroscuros como cuando dan sol y nubes en el parte meteorológico. No te llamabas, sólo eras y, en realidad, quién sabe qué eras aparte de un dibujo poco fiel y con falta de expresión. Por dibujarte, te dibujé hasta ideas y sentimientos rodeándote, pero todos saben que los dibujos no tienen de eso. Las cochinitas en mi barriga me dijeron al oído que ese dibujo hecho con ceras gordas y puesto al microscopio nunca se vería claro, así que decidí dibujarte con el dedo y me saliste mucho más realista, tanto que me parece haberte oído decir mi nombre, ¿lo dijiste?.
Eres más alto de lo que pensaba, quizás creciste al salir del papel, es lo que le ocurre a las personas cuando dejan de ser dibujos, que agrandan. Voy a probar a hablarte, tal vez me compense más empezar a dialogar con pinturas vivas y dejar de hacerlo con el papel…
|