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Inicio / Cuenteros Locales / AbdahllahRicardo / El último amor de Isidoro Bosnio

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El último amor de Isidoro Bosnio.

El Miércoles de Ceniza de 1999, después de rezar un par de plegarias en memoria de un amigo muerto exactamente cincuenta años atrás, Isidoro Bosnio salió de la catedral y atravesó el Parque Santander. Todos los días, con un portafolio debajo del brazo, cruzaba el parque una y otra vez, haciendo diligencias como sólo las podía hacer alguien que llevaba cuarenta años recorriendo las oficinas públicas. Isidoro, con su sombrero pequeño y su paraguas debajo del brazo, era más viejo que casi todos los edificios altos y que muchas de las instituciones donde pasaba sus días. La gente lo quería y como casi todo se lo regalaban, hacía muchos años había dejado de subir sus tarifas de mensajero. No pagaba el café con que desayunaba, ni el cuarto donde vivía amontonado entre los papeles de las vueltas que no se hicieron. Pero ese día Isidoro, casi sin cabello pero sin una sola cana, tendría una buena razón para actualizar sus precios. Milena Orozco, vestida con blusa roja, falda escosesa y botas cortas, estaba parada en la entrada del edificio La Triada, el más nuevo del centro. Era nueva como el edificio y sus ojos parecían ventanales de cristal. Joven y real. Indudablemente esperando a alguien, pues no dejaba de mirar su reloj de pulsera y golpear rítmicamente el suelo con cierta impaciencia que, mientras Bosnio cruzaba el parque y esquivaba los taxis para alcanzarla, se convirtió en resignación. Como se sabe, la gente sólo le habla a los desconocidos cuando hay nieve, quizás por eso ella se sorprendió. Pero no fue descortés y por primera vez en muchos años Bosnio no se sintió tratado como un abuelo. Se quitó el sombrero y besó su mano. Ella sonrío y fue como si su sonrisa hubiera estado esperando mucho tiempo para salir. Intercambiaron nombres. Él preguntó si ella esperaba a alguien y ella dijo que ya no, que ya era tarde. Para Bosnio era inexplicable que alguien le incumpliera una cita a una muchacha así. Dijo que trabajaba en una oficina del piso trece y Bosnio dijo que él más o menos trabajaba en todas las oficinas, llevando papeles y razones. Que cualquier cosa él estaba para servirle. Se despidieron. ¿Cuántos años puede tener ?. dieciocho, ventidos, Sólo sé su nombre, un nombre de seis letras, el resto son suposiciones. Podría ser una gerente o una practicante. Debe ser una practicante porque tiene mirada inocente y cómo se vería su mirada inocente en mis ojos cansados. Tal vez fue gentil porque me le parecí a alguien. A su padre. No, a su abuelo. Quizá su abuelo usa sombrero. No, no era esa gentileza. Era algo diferente. Trabaja en una oficina del piso trece de La Triada pero nunca antes la había visto, debe ser nueva. Debe trabajar en la del doctor Aguas o en la de Gómez, el contador. La visitaré un día de estos. La visitaré de hoy en ocho. Mañana. Cerca del mediodía para que ya no haya nubes lluviosas que la hagan pensar que soy un ser de invierno. La visitaré un par de veces al día sólo para verla, para escucharla.


El funcionario # 365B, uno de los que le encargaba favores a Bosnio, estaba sentado en su oficina. Hablaba por teléfono y parecía tenso. Cuando Bosnio entró, le señaló una carpeta con papeles que debían ser entregados en varias oficinas del centro y sin dejar de hablar con ese del otro lado de la línea (debía ser un empleado de menor nivel, porque #365 B daba órdenes) sacó un billete igual al de todos los días. Isidoro tomó el billete y los papeles pero no se movió ; #365B tuvo que esperar hasta el final de su llamada para darse cuenta que Isidoro seguía ahí.

“¿Señor ?”
“Disculpe, ahora dupliqué mi tarifa”
El oficinista lo miró de arriba a abajo y sonrío. Amablemente preguntó
“¿Y eso por qué”
“Por las flores. Ahora necesito comprar flores”
“¿Una dama, señor Bosnio ?”
“La Dama, la más bella de las damas”
“No puedo creerlo. Después de 7 décadas de soltería”
“ No tanto eso sino de falta de amor”

#365B le dio otro billete e Isidoro lo agradeció. Compró flores en el parque y se las llevó esa tarde. La encontró en el piso trece, afuera de las oficinas, y la invitó a tomar un café en la plazoleta del primer piso. Tuvo toda la intención de pagar pero la cajera no aceptó “Tranquilo, señor Bosnio, usted sabe que aquí no tiene que pagar su café”. A ella le encantaron las flores, dijo que eran sus favoritas . Luego caminaron por el parque, él llevaba las flores pero ella no dejaba de decir que le habían encantado. Acordaron encontrarse más tarde para ir a cine. Él la esperó (tuvo que dejar algunos tramites incompletos para estar a tiempo) y ella llegó a la ahora exacta. Todo mundo parecía estar a favor de Isidoro, la vendedora de boletos del cine se equivocó y cobró una sola entrada lo que le permitió a Isidoro comprar crispetas y gaseosa. Aprovechando los cortes de las películas, evidentemente el proyeccionista era nuevo en su oficio, Isidoro se acercaba para oler su cabello. Era el olor que nunca había encontrado, el olor ausente que le había hecho ganar fama de soltero disipado en sus años de juventud y de viejo solitario últimamente. La película era muy rápida y él no la entendió, pero en un par de ocasiones Milena se aferró a su brazo. Salieron del viejo teatro del Parque Centenario y caminaron subiendo por la calle 33. Él le ofreció su brazo esperando que, ahora que la película había terminado, ella aún deseara estar cerca. Ella tomó un taxi en la Carrera 27. Isidoro regresó a su cuarto, se quitó los zapatos y se recostó a mirar el techo. Hubiera querido no dormir pensando en ella o soñarla, pero al cuerpo no se le puede engañar como a los hombres y simplemente se quedó dormido en un sueño profundo y estático.


(Día siguiente, oficina de #365B. Isidoro luce ciertamente feliz y renovado)

Oficinista: Señor Bosnio! ¿Cómo estuvo su cita?
Isidoro : Estuvo bien, fuimos a cine
Oficinista : Vamos progresando, entonces.
Isidoro : Voy a esperarla para invitarla a comer.
Oficinista : Vamos bien, señor Bosnio.
Isidoro : Quisiera pedirle un favor

Idea del oficinista :
No me queda duda, Isidoro Bosnio debió ser guapo en su juventud, pero nunca se casó y hace años se le veía solo. No todo su vida lo había estado y a veces hablaba de sus amigos intelectuales de finales de la década del 50, de los que no volvía a saber hasta que el anuncio funerario de cada uno de ellos iba apareciendo en el diario local. Ayer me pidió dinero para comprar flores y hoy para una cena. Se ve feliz.

Conocí a Milena Orozco exactamente hace una semana y cuando la vi supe que era ella, era la mujer que había esperado toda mi vida. Estuvimos en cine, luego fuimos a cenar y tomamos juntos una cerveza. Hace años no tomaba cerveza. Hace años no iba a cine tampoco. #365B me dijo que debía haberla invitado a un teatro que no fuera de los del centro pero ella disfrutó la película. Las cosas han cambiado desde mis días y #365B me ha hecho sugerencias. Quiere conocerla y yo quiero que la conozca. Ayer la esperamos pero ella tardó un poco y llegó sólo un par de segundos después de la partida de #365B. Salimos a escuchar música. Supuse que ella, reina de los ángeles quisiera decirle, preferiría un lugar moderno, pero le gusta el tango. Ella es joven, es hermosa, el cabello, negro ala de cuervo, le cuelga hasta la cintura. A pesar de su juventud le gustan las mismas cosas que a mí. La gente nos mira extraño y a veces murmura, pero no me importa. Me siento bien y los que me conocen dicen que me ven un poco mejor y que estoy comiendo más que antes. Caminamos mucho por el centro y ella siempre nota cuándo me pesa la fatiga, entonces me abraza, toma un taxi y se va. La adoro porque sabe partir. No sé dónde vive. No me lo ha dicho. Tal vez vive con su familia y no puedo acompañarla. Pensé que ella querría grandes cosas, pero no. Tal vez luego, cuando ella crezca un poco y yo no exista, ella cambie de parecer y sueñe viajes y un pintor joven que la pinte desnuda sentada sobre una piedra en medio de un río cristalino y una casa lujosa en un bosque a las afueras de una gran ciudad, por ahora estoy yo, un viejo que hasta que la conoció vivía del recuerdo de mujeres lejanas.

Isidoro, a pesar de las muchas mujeres que tuvo en su juventud, sabe poco de ellas. Quizás porque sus amantes nunca pasaron con él más que un par de noches. (tal vez fue marinero o soldado, alguna profesión errante, en todo caso algunos de sus amigos recuerdan que vivió una temporada en Escocia. ). Alguna vez le dijo a #365B que nunca había amado a nadie. Hoy el oficinista, mucho más joven que él y aún así ya casado y divorciado, le prestaba dinero para que comprara una botella de vino y una caja de chocolates. Isidoro no escribió un diario sobre estos hechos, pero si lo hubiera escrito iría así :

Marzo 5

Todos los días me levanto pensando en ella, en sus ojos de delfín, en su manera de hablar y en cómo escucha mis historias, ninguna de ellas reciente o particularmente interesante. La espero a la salida del edificio de oficinas donde trabaja y caminamos y vamos a cenar o vamos a cenar y caminamos. Milena siempre insiste en pagar pero, por supuesto, no puedo permitírselo. Siempre toma el taxi en la carrera 27. Estiro la mano, el taxi se detiene, abro la puerta, ella sube y seguimos hablando y no cierro la puerta hasta que el taxista se muestra incómodo por la tardanza. Cuando se va me pongo a pensar que la amo y que está bien que la ame en los últimos días de mi vida. Que ella soportará el escándalo y lo olvidará cuando yo ya no esté.



Marzo 12

Es cierto que he vuelto a sentirme vivo en los últimos días de mi vida. Cuando camino por la calle siempre voy pensando en su nombre, en la primera vez que nos vimos y en la segunda vez y en todas las veces que nos hemos visto. En la manera cómo mueve los labios, en sus mejillas, en su cuerpo escondido bajo la ropa. La invité a mi cuarto y vendrá esta noche. Vendrá perdonándome por anticipado mi vejez y mi pobreza. He limpiado todo y arrojado muchos recuerdos a la basura y me sorprendió encontrar tantos años convertidos en un montón de papeles amarillentos y fotografías desteñidas. No recuerdo los nombres de las mujeres de algunas de las fotos, aunque a veces recuerdo los lugares. No amé a ninguna. No volví a saber de ellas. No me importa, Milena Orozco, el último regalo que me hizo el destino, llegará en un par de horas y la espero con impaciencia.

Isidoro despertó mucho antes, pero no quiso moverse para no perturbar el sueño de la joven que dormía su lado. Sobre la mesa de noche había aún media botella de whisky y medio paquete de cigarrillos y medio cigarrillo que no se había consumido del todo. Ella no había fumado, él sí, aunque hacía años no lo hacía. Todo era nuevo en esa madrugada. Isidoro la amaba. En la penúltima noche de su vida había logrado desnudar a la mujer que amaba. Ella despertó tarde y partió a la oficina. Isidoro salió a caminar. Era una mañana fría y lenta. Caminó en medio de los vendedores de hierbas y frutas de la 34 y se sorprendió de que le tomara tantos años encontrarle la belleza al asunto. Todo era nuevo y magnifico. Las ruinas del antiguo mercado y el fuego que las había consumido y los árboles que habían nacido entre las ruinas. El viejo temible que vestido de negro y con sombrero vendía cuchillos al voltear la esquina de la carrera 15 y los vendedores de pescado seco. Isidoro subió las escaleras del mercado del centro saludando a los desconocidos y tomó jugo de frutas y mirando por un balcón sonrió por fin a la ciudad. Luego visitó a #365 B, le contó la historia sin muchos detalles, llevó un par de documentos de una oficina a otra, se quedó mirando un culebrero y un payaso con una perra maromera en el Paseo del Comercio. La esperó, la recordó con el temor de empezar pronto a olvidar los detalles de la última noche, compró flores de nuevo y le escribió un poema con rima que uno de los viejos poetas del centro revisó y aprobó. Milena salió a las 6 y 43 de la tarde. Fueron a comer y luego a tomar un par de cervezas a una cantina vieja y luego al cuarto de Isidoro. Se desnudaron y más tarde se quedaron dormidos. Aunque ella no podía escucharlo él, Isidoro, a sus setenta años pasados, le dijo de corazón que la amaba.

Al día siguiente el hijo de la dueña del inquilinato lo encontró sonriente. Entre él y los demás inquilinos lo vistieron y cubrieron y en su funeral, dos días después, aún conservaba la sonrisa. Lo importante era no morirse sin haber amado, había pensado Isidoro el Miércoles de Ceniza, y con fidelidad cabal a ese pensamiento había amado hasta la muerte en los últimos días de su vida. El hecho de que Milena Orozco nunca hubiera existido más que en su imaginación carece completamente de importancia.

Texto agregado el 26-08-2003, y leído por 1481 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2008-05-19 04:16:02 hola...me encantoo, como todoo lo que escribes, buenoo un placer...un saludito de "lizeth de la lluvia" :) asesina666
2007-03-08 04:02:56 Lindo muy lindo, me encontre todo el tiempo pendiente de la historia, no se cansa uno en ningun momento , eso importa. felicitasiones ouacosta
2005-11-28 04:37:33 Un cuento.Eso mismo.Teso. lamovidaliteraria
2005-04-17 20:33:59 excelente trabajo Zoamy
2004-09-10 14:16:40 Te dy 5 estrellas por tu cuento fabuloso guaguita
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