Escribía un cuento larguísimo que ya tenía pretensiones de novela y al cual trataba de encaminarlo por la segura senda del epílogo. Esa mañana, sentado en uno de esos fríos escaños del Cerro Santa Lucía, meditaba y mientras lo hacía, me distraía observando esas miniaturas de autos y microbuses que cruzaban raudos, varios metros más abajo, la Alameda. Me parecía que me estaba entrampando en la temática, que todo resultaba demasiado obvio y rebuscado. La inspiración no aparecía ni por el norte, ni por el sur, ni con el aire, ni con la neblina que comenzaba recién a correr sus tenues visillos de rocío. Enfrascado en la creación, estaba a punto de doblegarme cuando se acerca un chicuelo de unos diez años para preguntarme con su voz cristalina, lo siguiente: -¿Quiere que le cante una canción por cien pesos, señor? Me pareció curiosa la oferta y me sonreí. El pequeño insistió y yo, un poco para sacármelo de encima le entregué lo solicitado. El sol apareció justo cuando su afinada voz de tenor, le puso notas vibrantes a ese paisaje cristalino. La situación se tornó irreal. Tanto que alcanzó para que acudieran a mí las esquivas musas dictándome un final inesperado que me dejó más que satisfecho. El pequeño, hizo una reverencia y se fue por donde vino. Un día de estos, quizás me envalentone y transcriba esa creación que empecé una tarde cualquiera y que la terminé a medias con ese entonado rapazuelo. |