Descender el corazón
a la altura de los tréboles
y dejárselo comer,
sentir que alivia el hambre
y tu sangre
vivifica, redime, atempera...
que somos todos una malla
trenzada en abrazos,
que nos alimentamos
en sublime antropofagia
de corazones entregados.
Y, en la mansa digestión de los corderos,
transformarse en vida,
oculta, caliente, vivificante,
mezclada con otras sangres,
como última expresión del alimento.
Para azulada.
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