A veces creo sentir tu mano que me toca,
tu voz que me susurra
o alguna melodía con la que danzas sola
abrazando la nada.
Te percibo
como se percibe el día
cuando las sombras pactan
su estadía nocturna.
La cadencia y el ritmo me adormece y te sueño,
entera,
burbujeante,
preparándome el lecho
donde he de reposar mi cuerpo fatigado,
respirando mi ropa,
la que he de usar cuando florezca el día
diluyendo las sombras.
Braceo hasta tu orilla
en un mar de opaca gelatina,
y me esperas callada,
impertérrita,
en luz.
Nuestro encuentro será en mojados sollozos,
el mío un alarido
pavor e incertidumbre,
el tuyo una secreta y melódica nota
que ponga en mis oídos ese nombre
con que al fin me nombras,
que hoy oigo repetido
entre brumas espesas.
Cuando llegue
me abrazarás despacio
con temor a romper
este pequeño cuerpo
que navega en tu seno,
madre.
|