Diciembre del 2999. A punto de llegar a la fecha señalada por la última profecía, aquélla que aún el tiempo no había conseguido someter al escarnio de los escépticos. El mundo se acabaría al llegar el 1 de enero del 3000. Eso decía la profecía.
Pero ése día llegó al fin, y el augurio, una vez más, no se cumplió. El mundo giraba sobre sí mismo, el mundo no se había acabado. Lástima que los escépticos no se pudieran reír, cagarrutas mudas navegantes del Universo. Lástima de ese giro en sentido opuesto. |