Junio.
23. Vacío. Cartas pensadas y no escritas. La inercia es dictada esta vez por el presentimiento de ya no causar ningún efecto –excepto un comprometido gesto de alegría manifestado de cualquier forma, siempre insustancial y dramatizada– en el destinatario. Esa extraña sospecha de que el objeto del pensamiento puede arreglar su vida sin la más minúscula ayuda me pone al margen. Me relegan y me relego, me olvidan y me olvido. Amagos de sentirme insignificante, luego de creer ser el centro de todo. Tarde de jueves, día neutro. Música tenue. Cuatro personas a mi alrededor que simulan no existir. Nadie hace gestos bruscos, no oigo voces que distraen, apenas leves tosecitas de aburrimiento y algunos bostezos sonoros. Por la ventana se filtra el primer manifiesto gris de invierno... Yo quiero irme a casa. Que paren el mundo para bajarme.
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