No me hagas llorar
Un silencio inundaba la habitación, momentos antes todo era diversión y alegría que se convirtieron en desesperación e impotencia. Los niños lloraban, el abuelo solo miraba lo que quedaba de ella, antes llena de energía, vigorosa y radiante, ahora, sin vida, desparramada, mezclada con ese rojo frío que hacía todo más tenebroso.
Llego el momento del que querían escabullirse, llegó la abuela, debían decirle la verdad. Su esposo, con cuidado de no lastimarla contó lo que no podían callar, lo que no podían ocultar.
La abuela quería gritar, pero el grito lentamente murió en su garganta. Entre murmullos alcanzó a decir:
_ No me hagas llorar.
Y su mirada se perdió en la planta sin vida, mezclada con los pedazos esparcidos de la maceta roja y al lado, el arma homicida: la pelota de los nietos. |