LAS VOCES DEL SILENCIO. (Dedicado a Gik)
…¿Alguna pregunta más?
- Si no le es molestia, me gustaría saber cómo se hizo guardián de los libros prohibidos.
- Bien, no tengo problemas en contárselo si a la mayoría le interesa saberlo. Veamos, que levanten la mano las personas...No me han dejado terminar la frase.
Mi abuelo era propietario de la tienda de libros más grande de toda la ciudad y varias personas trabajaban para él durante todo el año. Al vivir cerca de ella, se pasaba allí horas y horas.
Sabía dónde poder encontrar cualquier libro que los clientes le pudiesen solicitar.
Me gustaba ver cómo deslizaba las escaleras por los largos raíles. Este sistema hacía posible coger cualquier libro de las altas estanterías estuviese a la altura que estuviese.
El local es tan grande como un museo. Sus techos altos ayudan a que su apariencia sea aún mayor. Está situado en el mismo corazón de la ciudad. El terreno donde está construido vale millones y millones. Pero mi abuelo no necesitaba dinero. Lo que realmente quería era el contacto con los libros, el poderlos disfrutar, el poderlos sentir entre sus manos. Me decía que muchos de ellos eran como tesoros esperando ser descubiertos por alguien que ignoraba los poderes que estos contenían.
La tienda se llama LAS VOCES DEL SILENCIO.
Como vivíamos cerca de la casa de mis abuelos y, por lo tanto, cerca de ella, en cuanto podía les pedía permiso a mis padres para ir a visitarlo.
Mi abuelo siempre me recibía con los brazos abiertos.
Hacía que le contase brevemente cómo me encontraba y seguidamente me aconsejaba lo que podía leer. Primero fueron cuentos con muchos dibujos y pocas letras, más tarde había tantos dibujos como letras. Luego los dibujos dejaron paso sólo a las letras. Ellas eran mis compañeras de aventuras.
El tiempo fue pasando, pero no por ello dejé de ir a visitar al abuelo. Él siempre me buscaba algún sitio tranquilo donde poder estudiar sin que nadie me molestase. Por aquél entonces me quedaba ya poco para poder acabar mi carrera pero…
Aquel día recuerdo que tenía la tarde libre y la quise aprovechar para estudiar, los exámenes finales estaban a la vuelta de la esquina. Llegué pronto a la tienda y por primera vez en muchos años no encontré en ella a mi abuelo. El encargado me dijo que no le pasaba nada, que simplemente había tenido que ir a solucionar algún asunto. No quedé satisfecho con sus explicaciones por lo que le llamé al móvil. Después de hablar con él y asegurarme que no sucedía nada, que simplemente había ido a hacerse una revisión rutinaria, me quedé tranquilo.
Me acomodé en el despacho porque era el lugar más silencioso aquel caluroso día. Resultó que el tiempo se me pasó volando y no me di cuenta que estaban cerrando la tienda hasta que ya era demasiado tarde. Me quedé sin luz por un momento. Enseguida pude conseguir encender una de las muchas largas velas que mi abuelo guardaba en el despacho junto a varias cajas de cerillas. Deposité una vela en un candelabro, encendí otra por seguridad y también la coloqué sobre otro candelabro que dejé en la mesa del despacho.
No quise molestar al abuelo ni tampoco a mis padres. Llamé a mi casa por teléfono y les dije que me había quedado en casa de un amigo para poder estudiar mejor. Busqué unas monedas en el bolsillo de mi pantalón. Saqué una botella de agua de una máquina de bebidas. De otra saqué un bocadillo de pan de molde. Era casi como una aventura poder estar dentro de aquella inmensa tienda llena de libros, sin más luz que las llamas de las dos velas. Me puse entonces a buscar un plato para poder cenar más cómodo.
La verdad es que no sabía por qué pero me atraía mucho la idea de pasar la noche acompañado de tantos libros, de tantas y tantas hojas que atesoraban secretos solo desvelados a quienes fuesen lo suficientemente atrevidos como para leer sus interioridades. Libros y libros escritos por personas que tenían algo que contar, algo que transmitir.
No encontré ningún plato de plástico en el cajón donde el abuelo guardaba sus cosas. Alguna vez hacía años le había visto sacarlos de allí. Era en la época en que merendaba con él. Sin embargo mis manos descubrieron algo, era un llavero. Nunca antes había visto uno tan antiguo, porque saltaba a la vista que estaba hecho hacía mucho tiempo. Era precioso, de plata y trabajado hasta el más mínimo detalle. Un hombre sostenía entre sus manos un montón de libros. Realmente era una obra de arte. Dicho llavero contenía solamente una llave. El sólo hecho de tocarla me proporcionó una sensación mágica, nunca antes sentida. Me extrañó que mi abuelo nunca me hubiese hablado de ella, más tarde entendí el por qué. La llave contenía una etiqueta y me sorprendió leer en ella:
“Esta es la llave que guarda los libros prohibidos”.
Con uno de los dos candelabros en una mano, y la llave en la otra, empecé a buscar la cerradura.
Lo hice por los lugares que menos conocía del local sin conseguir ningún resultado. Después por los que frecuentaba poco, y más tarde por cualquier sitio. Busqué y busqué, busqué y volví a buscar y nada de nada. Desistí. Quizás esa llave no abría nada, pensé. Quizás era como una puerta sin ninguna pared que le acompañase.
Me sentí muy desilusionado y cansado. Dejé la llave y el candelabro sobre la mesa de madera del despacho y me senté en una silla de ruedas. El hambre se me había ido de excursión. El nulo éxito de la búsqueda me había alterado los nervios. Comencé a deslizarme sobre ella para intentar quitarme la tensión acumulada del momento con tan buena suerte que al pasar rápido junto a la llama de la vela que tenía más cercana, ésta se extinguió. Entonces fue cuando llamó mi atención un haz de luz rojo y potente que salía de la llave.
Recuerdo que en ese momento sentí que el cuerpo me pesaba. Sentía que podía estar ante algo realmente importante, pero si así fuese, no entendía cómo mi abuelo no me había dicho nada al respecto. ¿Al respecto de qué?
La luz roja que emitía la llave indicaba hacia un lugar que no había registrado antes. Allí no había nada que registrar. Era una simple pared blanca únicamente vestida por un reloj de pared. Cogí el otro candelabro y fui hacia allí. Descolgué el viejo reloj que solitario descansaba más de la cuenta. Sus manecillas se habían olvidado hacía ya tiempo de que su función era la de dar las horas. Me acordé entonces de lo que mi abuelo me dijo una vez: Aunque un reloj esté parado, por lo menos una vez al día y por una décima de segundo, está en hora.
Al hacerlo descubrí en la pared un pequeño orificio. Metí en él la llave y ante mi sorpresa coincidió a la perfección. Vi asombrado cómo se empezó a mover la pared. Di apresuradamente unos pasos hacia atrás. Recuerdo que casi se me cae el candelabro. Al abrirse la pared, la llave dejó de emitir su haz de luz. Avancé despacio y descubrí una enorme estancia llena de libros que por su aspecto deberían de ser antiquísimos. Me quise aventurar a coger uno de aquellos maravillosos ejemplares y justo en ese preciso instante oí un ruido que me mantuvo en alerta por breves momentos. Afiné mi oído todo lo que pude mientras notaba que el miedo iba poco a poco conquistando mi asombrado cuerpo.
De golpe me descubrí intentando dejar todo como lo había encontrado y sin perder tiempo me escondí en el único sitio que en ese momento se me ocurrió, debajo de la mesa. Habían encendido algunas luces, pero no todas. Vino a mi memoria un día que el abuelo me acompañó a la tienda. Me había dejado los deberes en ella y los necesitaba para poderlos entregar al día siguiente. Ese día encendió muy pocas luces, sólo las necesarias para llegar hasta mi olvidada bolsa. Recuerdo que le dije que había mucha diferencia entre la pocas luces que había encendido entonces comparándolo con la iluminación de la tienda cuando ésta estaba abierta en horario comercial.
Escuché pasos, se acercaban. Me sentí agarrotado. En mi frente hicieron su aparición lágrimas de un cuerpo que sudaba excitación. No me pareció que fuese sólo una persona la que venía en mi dirección. Oía voces. Definitivamente supe que eran dos y que entraban en el despacho. Por suerte no percibieron mi presencia y fue cuando…:
- No se preocupe por nada, aquí estaremos tranquilos. – Oí que mi abuelo le decía a alguien.- Me tranquilizó oír su voz y estuve a punto de salir de mi improvisado escondite pero los acontecimientos anteriores hicieron que permaneciera allí, intentando casi ni respirar.
- Estoy seguro de ello, tengo muy buenos informes suyos. Sé que siempre ha cumplido a la perfección y somos conscientes de su importante trabajo a lo largo de casi toda su vida. – Dijo la otra persona. Su voz me hizo saber que no la conocía.- Aún así tengo que comunicarle algo sumamente importante.
- Creo que ya sé lo que me quiere decir. Intuyo por sus palabras que el tiempo pasa sin remedio y que llegó la hora de mi sustitución. – Oí que mi abuelo decía en un tono algo apenado pero a la vez consciente de la situación.
- Sí, bien, esa es una de las tres cosas que venía a decirle, pero déjeme antes que le entregue este libro. Será el último libro que guardará siendo el guardián de los libros prohibidos.- Supongo que mi abuelo lo debió coger.
- Es un ejemplar precioso.- Le oí decir.
- Y único, como usted muy bien sabe.
- Había oído hablar mucho sobre él, pero al no estar entre los que guardo, creí que era más una leyenda que una realidad.- Yo tenía unas ganas locas de salir de debajo de la mesa y admirar aquella obra de arte, pero por el bien de todo el mundo creí que lo mejor era permanecer escondido.
- Bien, pasemos al punto número dos. Luego ya se encargará de archivarlo.- Oí que le decían a mi abuelo.- Nos consta que hay una serie de personas muy interesadas en saber si realmente existen los libros prohibidos. Piensan visitarle próximamente. Tenga mucho cuidado cuando le propongan comprar libros muy antiguos. Son muy astutos y cualquier despiste que usted pueda tener puede ser una prueba concluyente para ellos. Cuando eso suceda y usted les convenza de que esos libros no existen será el momento de que usted, cómo podríamos llamarlo, se jubile.
- ¿Y si no convenzo a esos personajes?
- No se preocupe. Con la experiencia acumulada que ha atesorado durante tantos años haciendo de guardián, dudo que sea para usted una dificultad.- Le dijo la voz de aquel misterioso hombre a mi abuelo.- Lo que tiene que hacer es venderle alguna de las joyas antiguas que tiene en la tienda, esas que a pesar de ser libros muy interesantes para los coleccionistas, carecen de valor para nosotros, más que nada por su contenido. Bueno, qué le voy a decir a usted que no sepa.
- El punto tres está claro que es mi sustitución. No voy a saber qué hacer si tengo que dejar la tienda.- Oí decir a mi abuelo.
- No. Tranquilo, no se trata de que deje la tienda si no quiere…
- Sí, la dejaré. Sé que cuando ya no se es guardián uno ya no puede leer los libros prohibidos, y no podría estar aquí pensando que ya no podré leer nunca ninguno más. Cambiando de tema ¿Quién será mi sustituto?
- Pues de eso le quería hablar. Por más que hemos buscado una persona que diese con el perfil que deseamos, la verdad es que no la hemos encontrado y queríamos saber si usted nos podría recomendar a alguien.- El oír eso hizo que casi saliese de mi escondite para prestarme voluntario, pero ¿Y mi carrera? ¿Quería pasar mi vida allí? ¿Quería leer los libros prohibidos? Sí, en ese momento supe que sí que quería hacerlo. Mi abuelo empezó a contestarle.
- Sí, quizás podría ser que conociese a una persona que podría estar interesada en ser el nuevo guardián, pero, no sé, tal vez su familia…aunque, qué digo, si ya es mayor de edad…- En ese momento salí de debajo de la mesa ante la sorpresa de los allí presentes.
- ¿Se puede saber que narices haces aquí? – Dijo mi abuelo con cara de pocos amigos, aunque rápidamente la cambió para dar paso a aquella cara que me era tan familiar. Al otro hombre parecía que le había dado un patatús, aún mantenía la boca abierta y no podía dar crédito a lo que allí estaba pasando.
- Verás abuelo, es que vine a estudiar y me quedé encerrado, no quise molestar a nadie y decidí quedarme aquí.
- Pero hijo ya sabes que para mí no es molestia…
- Abuelo, después de lo que he escuchado no pienso presentarse a esos exámenes porque espero ser yo la persona en la que estabas pensando.- Miré al señor misterioso y éste con cara de querer saber la respuesta, miró a mi abuelo.
- Por supuesto que hablaba de ti hijo, pero es que aún…
- Tranquilo abuelo, entre lo que os he oído decir y el hallazgo del llavero…
- ¿Cómo? ¿Has visto el llavero? – Empezó a reaccionar el hombre. Al menos ya no mantenía la boca abierta y de ella salían palabras articuladas.- Bien, si usted cree que su nieto es la persona adecuada no hay problema, pero si no es así creo que estamos ante un hecho que nunca antes ha acontecido. Creo recordar que en los viejos escritos de la antigua constitución dice que si alguien ajeno a la misma tiene verdaderas pruebas sobre que los libros prohibidos existen, lo mejor que se puede hacer es eliminarlo.- Lo dijo en un tono que no permitía discusión. Se notaba que ya se había rehecho de la situación. Su mirada dura me taladraba buscando en mí una respuesta.- ¿Qué más sabes?
- Lo que sé es que tras esa pared se esconden unos libros que parece ser que son prohibidos. ¿Qué dicen esos libros para que estén prohibidos? – Pregunté.
- Primero nos tienes que confirmar si quieres ser el nuevo guardián. Como parece ser que tu abuelo confía en ti como su sucesor, tienes que ser tú quien decida si quieres serlo o prefieres ser eliminado. – Me dijo aquel misterioso hombre del que ya estaba empezando a pensar que quizás sólo lo era en apariencia.- Si es así, lo sabrás todo sobre ellos y no podrás decirle nunca a nadie nada de lo que en ellos está escrito. Es nuestra forma de pagarte por tan duro trabajo, además percibirías un sueldo mensual que hará que por mucho que vivas nunca puedas pasar penurias.
- Abuelo ¿Tú qué me aconsejas?
- Nunca he estado muerto, al meno que yo sepa.- Me contestó. Lo que sí te puedo decir por experiencia propia es que me gustaría estar en tu pellejo para poder leer los libros que el tiempo no me ha permitido.
- Eso es que vale la pena. Sí, quiero ser el guardián de los libros prohibidos.- Al decirlo recuerdo que me sentí importante. - Y ¿De qué tratan?
- Bueno, yo ya me voy, les dejo en familia. Tiene un mes para enseñarle cómo funciona todo. Pasado ese tiempo abandonará para siempre LAS VOCES DEL SILENCIO y acuérdese de la visita que le he mencionado antes. Tiene que conseguir que esas personas se convenzan de que los libros no existen.- Dio un apretón de manos a mi abuelo y luego me lo dio a mí mientras me decía.- Confiamos en ti muchacho. Pronto tendrás noticias nuestras. Estamos acabando el libro en el que se contestan todas las preguntas que los humanos se hacen.
- ¿Es usted humano? – Me atreví a preguntar.
- ¿Qué importa eso? Lo realmente importante es que cumplas con tu misión, nuevo guardián.- Me dijo dándome la espalda y encaminándose hacia la salida de la tienda.
- Hijo. Siento que las cosas hayan ido así.- Me dijo mi abuelo mientras uno de sus brazos rodeaba mis hombros.- Pero me siento muy orgulloso de ti.
- No te preocupes.- Le dije.- Estoy ansioso porque me enseñes qué es lo que debo hacer.
- Bien. Vamos allá.- Dijo tomando el llavero.- Esta parte ya te la sabes. Cuánto voy a echar de menos estas lecturas. Mira hijo, éste es el libro índice, en él tienes que anotar los libros nuevos que te vayan entrando ya que es, podríamos decir la clave para encontrar rápido lo que busques o busquen. Tienes que anotar el título y el lugar donde lo guardas. Por supuesto tienes que tener los libros en riguroso orden.
- Abuelo ¿Y todo esto no sería más fácil con ordenadores?
- Por supuesto, hijo, pero resulta que se hace así desde que existe la escritura, Además estoy seguro que así podrán mantener el secreto durante el tiempo que ellos crean oportuno.
- ¿Quiénes podrán mantener el secreto?
- No lo sé.
- ¿No lo sabes?
- No. Qué importa quienes son y de dónde vienen, lo que importa es que no se le hace daño a nadie y se preservan conocimientos que la gran mayoría de personas no están preparadas para saber. –Contestó mi abuelo sabiamente.
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