Nevaba. Se acercó lentamente y me pidió un peso. Era delgada, frágil, con cara de inocente y ropa carísima pero sucia y vieja. Le pregunte que hacía una niña como ella a las dos de la mañana en un crucero sin alumbrado. Me contestó que la habían abandonado. Había visto y oído tantas cosas iguales o peores, que no me importó. Saqué de mi pantalón varias monedas, tomé una y se la di. Ten niña, le dije, tu peso |