El caracol se deslizaba por los campos de lechugas, fatigado por el peso de su caparazón, maldecía su propia existencia,
Miro hacia su derecha y pudo ver un conejito que saltaba entre los matorrales que habían cerca del campo de lechugas, y se imagino saltando, libre, ligero como una pluma, y se puso a llorar triste,
De repente cruzo su camino con una babosa que estaba comiendo, la babosa le miro y le dijo con voz altiva, - ¡Caracol! ¿Por qué lloras?, tu al menos te puedes permitir pagar una hipoteca y seguir deslizándote en busca de comida.
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