Desde su más tierna infancia, jamás le agradó el color de sus extremidades, tampoco el de su rostro, menos de su cuerpo; ese tono marrón-verdoso que proyectaba a quienes lo veían, lo tenía fastidiado, irritado y molesto, deseaba con toda su alma haber nacido de un matiz diferente e íntimamente pensaba en un cambio de aspecto para satisfacer su ego.
Ahora sus manos, rostro y toda su humanidad es de un alegre y brillante rojo, en el restautant viaja a la mesa N° 10, en un plato junto a otros.... camarones.
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