Lágrimas que ahogan palabras,
esas pobres caprichosas
cuya voz es olvidada.
Sin rumbo ni destino
sólo viajan por anchos ríos,
se chocan contra las viejas rocas
y reposan en lagos de suspiros
donde encuentran su calma.
Por cada lágrima derramada
hay una vida destrozada
y bajo ese aliento de destrucción,
gaseado viento huracanado,
casa del sol naciente,
porque no tuvo la culpa
Pontchartrain los abraza.
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