De vez en cuando - sin falta en su cumpleaños -, ella era su pastel. En el terso cuerpo de Samanta nunca se hubiesen podido colocar las velas que contaban la edad de él, sin embargo le gustaba, sentía una excitación exquisita cuando la barba blanca de Gildardo la recorría toda y su septuagenaria piel la embestía acompasada con mil historias. Su sexo experto y curtido en el canto de doncellas le afinó muchas veces la voz de la pasión y la hizo enloquecer. Ahora sí me explico sus habilidades para entonar las notas altas y bajas de nuestras ‘sexfónicas’ tardes en la casa sobre el árbol. Gildardo murió la semana pasada a los setenta y dos, mi prometida - Samanta -, a los veinte, se quedó huérfana de profesor de música. Yo, extrañaré sus clases maestras. |