Volvía a mirar por la misma ventana que había mirado cientos de veces, imaginándo esa idealización de mujer que tantos sueños había llenado y tantas líneas había inspirado. Volvía a mirarla con la tristeza de quien tiene un rayo de luz, que tiene algo precioso pero no tiene nada. Esas mariposas en el estómago que tantas veces habían renacido para recordarle que no era independiente, que no era inmune, que no era tantas cosas que pretendía. Se reconoció vulnerable, pero feliz de alguna manera.
Fueron subiendo las mariposas del estómago hasta convertirse en pompas de jabón que iban acariciando el pecho y la parte superior de la espalda, justo esos sitios que te oprimen cuando te abrazan. Justo esos sitios que te pueden hacer llorar sin derramar una lágrima. Las preguntas ya habían perdido su sentido, los “por qué”s se desvanecieron para dejar un vacío de armonía y escozor. Solo había una pregunta, la pregunta que se debe hacer el gusano cuando se hace crisálida, “cuando creía que no había nada más ahora pasa esto ¿ habrá algo después?”. Es como intentar pensar en el infinito, no le cabía en la cabeza sentir algo más que lo que sentía, lo siguiente ya era dejar de sentir eso y volver a buscar ese sentimiento en otra parte. Pero no, había caído un muro y había dejado paso a un nuevo camino. La ventana se desdoblo en infinitas partes, y dejo entrever lo que él necesitaba leer:
“Deja de caminar cuando alcances el horizonte. Deja de llorar cuando las nubes lloren por ti. Deja de sufrir cuando mueras. Porque sólo el que camina, llora y sufre, puede disfrutar el cielo de besar lo caminado, llorado y sufrido.”
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