Un bastión de su serena belleza perdura en su cómplice casi ceguera. Cuántas veces esta callada tarde se ha puesto los lentes y se los ha vuelto a quitar, dándole prisa a sus trémulos dedos, antes que se aquietara su borrosa imagen en el espejo del baúl que hace ya dos estaciones abre todos los días para clasificar sus recuerdos por orden de llegada. De su tablero de ajedrez, sólo quedaron los alfiles, y la reina sin rey. Pero ya no le importa si va quedándose sola en el juego. Hoy, si no la obnubila, la solaza el jaque, le plantea nuevas ganas de concebir la estrategia para salir victoriosa. Se acomoda los lentes, otra vez, con rabiosa paciencia. De otra forma no podría leer a placer sus primeras cartas de amor, firmadas todas por el mismo remitente, aquellas que la impulsaron a lucir los primeros vestidos de seda y a estrenar el corsé que le restaba discreción a su airosa silueta. Acomoda sus cabellos canos, muy despacio. Aunque el tiempo no le sobra deja que el sol se deslice por el tobogán de sus días idos, renuncia a sus lentes en ademán elegante y con la mirada extasiada de sueños le regala su perfil al horizonte mientras finge que no la veo.
In Memorian F.P.E.
19 de setiembre de 2004.
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