Entre los ayudantes de Dios existía un cocinero celestial, este se encargaba de mantenerle exquisitos platos de comida a su señor.
Pero paso que un día, Dios se le dio por caminar por todas las partes y rincones del cielo, así fue como dio con la cocina y mientras observaba y probaba sus futuros platos, meditaba sobre el porque sus hijos humanos se habían olvidado del amor genuino, la amistad incondicional y la paciencia espiritual. Caminaba de un lado a otro con sus manos en los bolsillos, dio un alarido y entre dientes deseo crear un nuevo tipo de humano, fue así como sin proponérselo creo un mágico polvo que sostenía entre sus puños y al sentir una extraña picazón, saco rápidamente sus manos regando el polvo por todas partes, incluso, accidentalmente sobre los granos de arroz que se cocían.
Nadie presto atención a esto, dios por pena y el cocinero por falta de tiempo para cocinar de nuevo. Así fue, como una vez servido su ración de arroz celestial, dios intento separar a un lado los que aparecían empolvados, cayéndose uno de ellos al suelo suave y esponjoso del cielo, rebotando hasta la orilla misma del cielo, cayendo desde luego hasta el duro suelo de la tierra.
El sol y la humedad, hicieron germinar a aquel mágico grano del cual surgió una delgada, hermosa y desnuda alma de mujer, inmediatamente fue vestida por los pétalos y hojas que soplaba el viento, y su piel se torno blanca como la de un grano de arroz que le había dado origen.
Empezó así su caminar por tierras extrañas y aunque su esencia le hacia huir de ellas, camino durante horas terrenales de un alado a otro del bosque, preguntándose mil cosas.
Hasta que se topo entre el camino a un hombrecito, que cargaba un saco a su espalda, caminaba de un árbol a otro del camino, pero observo que siempre se agachaba a sembrar algo, y así sucesivamente en cada árbol.
Ella muy curiosa se le acerco y le pregunto, que hace sembrando cosas que no se ven al pie de cada árbol, el le observo con gran asombro y encanto, y sonriéndole le dijo: estos son granitos de arroz celestiales, que siembro al pie de cada árbol para hacerles crecer como a ti te vi nacer, esplendorosa, bella, amable, única en tu especie y mágicamente celestial.
Pero quien eres tú, como es que sabes tanto de mi-pregunto ella-, yo soy el cocinero celestial de Dios, y ahora tu ángel guardián, y tu mi pequeño granito de arroz, eres la madre de una nueva raza de seres humanos que heredaran la tierra prometida….
Carlos Alberto Diaz Reales
Septiembre 12 del 2005 |