En una esquina algo brotó
hasta que sus ramas llenaron esas murallas
viejas, grises, mías.
Se despertó mi consciencia
esa de niño, esa marcada
la que creí ya no existía.
Y me tomó Maribel...
la que por las noches curaba con su néctar
a locos ansiosos
para regalarles tibias olas de tiempo.
Fue el olor a pan tostado
o la brisa que envuelve mis piernas
quizás el humo suave que me reconoce otra vez
en horas confusas y amarillas
extrañas entre ramas de arbusto espinudo
en mi mente
en rincones abandonados de la mano de Dios
a la mano de Dios
por Dios. |