Para que la risa tenga entrañas hay que retorcerse de dolor y tirar con las dos manos hacia fuera, sacarla de dentro, aunque más que sacarla diría arrancarla de cuajo y hacer un nudo fuerte a la altura del esternón para que cuando llegue ese estado de antieuforia que te obliga a reptar, la logre hacer frente de una forma ridícula e ineficaz, pero en un acto de valentía tal, que las mismísimas lágrimas se confunden entre la desolación y la absurdez de la risa floja.
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