"Yo, te tomo a ti como esposa, para amarte y cuidarte, desde este día en adelante,
en tiempos buenos y malos, en la riqueza y en la pobreza, en enfermedad y salud, hasta que la muerte nos separe".
Eso tenía que recordar, ¡Sólo eso se me pidió!,
mas mi voz quebrada y mis nervios, impidieron mi matrimonio.
Entonces repetí aquellas dulces palabras una y mil veces, para presentarme una hora despues, una ves más, a la nueva-vieja ceremonia.
Había algo tan mágico en esas palabras que mi boca repetía sin cesar, que la última vez,
hasta el piso llegó a temblar.
Y al levantarse de la tierra, ella me dijo:
"Acepto".
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